El blog de Ramón Tamames

440. El deterioro de las costas españolas... Un proceso inacabable de desidia y especulación (I)

28.12.07 | 08:37. Archivado en Artículos
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De El Economista, del 17 de diciembre de 2007, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:

España tiene una longitud de costa marítima de 7.880 kilómetros, de los cuales el 24 por 100 corresponde a zonas de playa. Un litoral que se ha visto muy afectado por el fuerte incremento demográfico y, sobre todo, por la intensificación de usos del suelo para un turismo en fuerte expansión. Así las cosas, la densidad poblacional de la franja de cinco kilómetros en torno a nuestro perfil marítimo, unos 40.000 km2, representativos del 8 por 100 del territorio nacional, ha cambiado de manera espectacular: a principios del siglo XX en ese espacio geográfico se ubicaba sólo el 12 por 100 de la población del país, y en 1988 –al elaborarse la vigente Ley de Costas—, ya lo habitaba el 35, siendo ahora algo más del 40 por 100. Con una densidad cuatro veces la media nacional; parámetro que se triplica estacionalmente en las áreas más turísticas por la acogida de visitantes, estimándose que en torno al 80 por 100 del célebre turismo de sol y playa se concentra en ese limitado ámbito.

En otras palabras, los avances del turismo desde la década de 1960 para acá, han generado una gran aceleración del traslado de habitantes de las zonas interiores al litoral. Con la consecuencia de que a finales de los años 80 de la pasada centuria, un 40 por 100 de la costa española ya estaba urbanizada o tenía la calificación de urbanizable, en tanto que otro 7 estaba dedicada a instalaciones portuarias, el 3 a industriales, y un 8 a usos agrícolas; quedando el 42 por 100 restante sin asignación definida, pero siendo ya objeto de codicias especulativas de todas clases. Hoy, esos coeficientes se han agudizado, en la deriva a una fuerte crisis urbanística, denunciada a escala nacional en todos los medios, y por la propia Comisión Europea.

Los factores que han incidido tan negativamente en la conservación del escenario, resultan casi obvios: el cambio en los hábitos de la sociedad, con un mayor disfrute de ocio por casi todos, con el subsiguiente fenómeno del turismo de masas, por igual nacional y extranjero. Pero también se han dado otras causas, más o menos naturales, induciendo cambios de forma y textura en nuestras costas. Como es el fenómeno de la disminución de aportes sólidos de ríos y arroyos, en regresión muy notable por la retención de los embalses y las repoblaciones forestales. Estimándose que el 80 por 100 del hinterland, los terrenos suministradores de sedimentos, ya no transfieren áridos al litoral como en tiempos pasados. A lo cual ha de añadirse la reducción de caudal de los cursos fluviales, principalmente por captaciones en su discurrir para aprovechamientos agrícolas y de consumo urbano, en gran proporción con carácter absolutamente ilegal. Sin olvidar la destrucción de dunas litorales, las extracciones abusivas de inertes, y la ejecución de obras marítimas en las que no se tienen en cuenta los impactos, generando muchas veces barreras que bloquean los movimientos naturales de la arena a lo largo de la costa.

Se ha producido además, y de manera frecuente, la desnaturalización de amplias porciones del dominio público litoral, al reconocerse indebidamente ciertas propiedades como particulares. Y asimismo, se han privatizado una serie de áreas, vía otorgamientos concesionales. Con el resultado final de que una amplia extensión de la ribera marítima se ha visto sustraída al disfrute de la colectividad, no obstante el viejo precepto básico de nuestro Código Civil de que las costas son jurisdicción del Estado.

A todo lo anterior, deben añadirse las lamentables degradaciones físicas del espacio litoral por la destrucción de marismas y bajíos, biotopos fundamentales desde el punto de vista orgánico y biológico, a causa de planteamientos sanitarios, industriales o agrícolas. Y para mayor inri, incluso muchas de esas operaciones se hicieron con subvenciones económicas y exenciones tributarias.

A la creciente depredación de las áreas costeras, también ha coadyuvado de manera evidente la grave dejación administrativa, llegando a hacerse irreconocible, en gran número de zonas, el paisaje litoral de no hace más de treinta años, a causa de un urbanismo erector de murallas de edificios al mismo borde de las playas o de los acantilados. Con vías de transporte de gran intensidad de tráfico próximas a la orilla, y vertidos todavía sin depuración en algunas ocasiones.

En definitiva, el doble fenómeno de la destrucción y la privatización del litoral, exigía ya desde mucho tiempo atrás, una solución clara e inequívoca; acorde con la naturaleza de tales bienes, y con una perspectiva de conservación. En línea con la defensa de los equilibrios naturales, en pro del aprovechamiento racional de los recursos, e igualmente a fin de garantizar una serie de usos y disfrutes abiertos a todos, se promulgó la ya mencionada Ley de Costas, de 28 de julio de 1988, de la cual, todo lo que se decía en su exposición de motivos sigue siendo válido veinte años después. Con la particularidad de que lo que en ese texto legal se planteaba era una serie de medidas, que no se han llevado a cabo con eficacia, de modo que ahora estamos peor que antes. Como también ha de recordarse que la cuestión viene de muy lejos, pues en la época en que Manuel Fraga fue Ministro de Información y Turismo, se promulgó la Ley de centros y zonas de interés turístico nacional de 1963, para defender la línea de costa. Con base en las denuncias expuestas en el célebre Informe del Banco Mundial sobre la economía española, desde el cual se recomendaba hacer algo para poner remedio a los desatinos que ya estaban cometiéndose en el litoral español. Pero muy poco es lo que se hizo, y mucho lo que se permitió entre 1963 y 1988.

Seguiremos mañana, porque el tema es largo y merece algunas anotaciones adicionales y, naturalmente, una selección de propuestas de corrección de lo que es el deterioro continuo de la gran riqueza, en gran parte perdida, de nuestras costas.

Ramón TAMAMES

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