El blog de Ramón Tamames

438. En el cincuentenario de la muerte de Baroja (I): la tertulia casi inacabable del gran novelista

26.12.07 | 10:28. Archivado en Artículos

De Estrelladigital, del 12 de diciembre de 2007, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:

A lo largo de los últimos doce meses, ha habido una serie de encuentros, seminarios, y hasta algún congreso, sobre Don Pío Baroja, coincidiendo con el año en que se cumplía medio siglo de su muerte en octubre de 1956. Llegamos con un cierto retraso, pero ello no va a ser óbice para que en esta sección de Estrella Digital –donde hay tantos barojianos—, no destaquemos su figura, aunque sea en las postrimerías de la pentadécada que ha sido conmemorada hasta hace pocas semanas.

A ese respecto, he preparado una síntesis de lo que fueron algunas entrevistas mantenidas con el gran novelista vasco, con ciertas derivaciones colaterales de las mismas. Todo ello, en el contexto de aficiones literarias que compartí con algunos amigos durante nuestra juventud universitaria. Empezaré por recordar que en 1951, en medio de esas inquietudes como lectores, por entonces de sólo 18 años de edad, decidimos visitar a Baroja. Yo me encargué de todo y averigüé que cuando estaba en Madrid –tenía noticia ya muy completa de la existencia de Itzea en Vera de Bidasoa, Valle de Baztán—, residía en la calle de Ruiz de Alarcón número 12, cerca de la Real Academia Española y también próxima al Parque de El Retiro. Y como era conocedor de la buena relación de mi padre con el editor Ruiz Castillo –que ya estaba publicando sus Obras Completas—, comuniqué nuestro cultural propósito a Don Manuel, por si ambos podían ayudarnos. Pero mi progenitor, en una primera reacción trató de que desistiera de esa idea, casi me conminó, para que semejante visita no se produjera:

— Hijo, Don Pío es ya muy mayor, y no creo que esté para visitas. Y mucho menos de lectores tan precoces como tú y tus amigos.

— Pero, padre, tú comprenderás que si precisamente está avejentándose, puede morirse en cualquier momento, y sería bien triste no llegar a conocerle, con lo mucho que he leído de él… Así que podías decirle a Ruiz Castillo que nos procurara ese encuentro.

— ¡Ni hablar, ni hablar…! No tiene sentido, te lo repito. Don Pío está muy viejo y no recibe visitas. Olvídate del tema, que hay otras muchas cosas de que ocuparse… no sé si más o menos importantes.

Desde luego, no me di por vencido con tales reconvenciones, por lo cual me reuní con los otros dos barojianos de marras: Jorge Cela Trulock, hermano de Camilo, cuya sombra le ha perseguido toda su vida, y no para lo mejor, y José Luis Abellán, un sesudo personaje desde su primera juventud.

Los tres amigos nos pusimos de acuerdo, y un buen día nos acercamos a la casa del escritor, sabiendo que, más o menos a las seis de la tarde, se iniciaba su vespertina tertulia habitual. Llegamos al portal y preguntándonos su cancerbero a qué piso íbamos, le dije que a la tertulia de Don Pío:

— Muy jóvenes me parecen Vds. para estar con esos señores tan provectos…

— Sí, sí, es cierto que somos jóvenes, ya se ve, tiene Vd. toda la razón –asentí yo, de lo más contemporizador—, pero ya nos ha indicado Don José Ruiz Castillo, el editor de Don Pío, ya sabe, para que viniéramos precisamente hoy… Así que Don Pío nos espera…

— Bueno, eso ya está mejor, si vienen Vds. de parte de Don José, es otra cosa. Suban, suban, que Don Pío está arriba… Hace unos minutos le he subido el correo y la prensa de la tarde…

Subimos en el ascensor, tocamos al timbre, y en unos segundos se abrió puerta. Era el propio Don Pío, con un gabán negro de grueso género y tocado con una boina vasca y con una bufanda al cuello del mismo color.

Nos presentamos debidamente:

— Buenas tardes, Don Pío, somos estudiantes de Derecho, de la Universidad de Madrid, lectores suyos... Así que hemos venido a visitarle… si a Vd. no le parece mal, claro…

A Don Pío le debimos causar buena impresión con corbata como íbamos y bastante bien trajeados. Sonrió de la manera que muchos no llegaron a conocer, entre infantil e ingenua, y nos invitó a pasar:

— ¡Ah, pues muy bien! Entren, entren. Precisamente ahora vamos a comenzar la tertulia de todas las tardes… aunque ya verán que quienes aquí nos juntamos somos un hatajo carcamales… —y volvió a sonreír, esta vez con alguna malicia.

Pasamos al salón de la casa, muy acogedor, con estanterías por todas partes rellenas de libros, y el anfitrión nos indicó que nos sentáramos en un tresillo verdoso, al lado de varias sillas de madera formando corro. Don Pío se acomodó en un sillón con orejas, y situado como centro de la sesión nos presentó a los amigos que ya estaban allí:

— Aquí tienen Vds. a tres estudiantes de Derecho de la Universidad de Madrid que vienen a vernos –dijo muy sonriente-. Así que trátenlos lo mejor posible, porque son gente joven y tienen que irse pensando que somos personas bien educadas…

Esa fue la tónica del vespertino encuentro que duró algo más de tres horas, porque siempre que se trató cualquier tema, nuestros contertulios preguntaron por nuestra opinión. Debió ser que la presentación hecha por Don Pío les caló en el alma… y tal vez por la circunstancia de que el hecho de recibir a tan tiernos barojianos no era lo más frecuente en aquella tertulia.

Entre los que después fueron arribando al mentidero, recuerdo al médico personal de nuestro visitado, un señor que sin duda había prestado algún servicio duradero en Marruecos, porque iba tocado, a la usanza de algunos moros, con un fez rojo. Era hombre cuidadoso en sus expresiones, y que participó continuadamente en la conversación, a veces con temas de su especialidad, en los que Don Pío también opinaba, recordando que él mismo era doctor en Medicina.

Los otros tres o cuatro tertulianos, más o menos de la edad de Don Pío, tenían aspecto de ser ingenieros jubilados, o pintores, de esa clase de personajes de los que los dos hermanos Baroja se rodeaban habitualmente.

— ¿Y cómo está Azorín, Pío? – Le preguntó uno de sus visitantes.

— Por ahí anda. Me telefonea de vez en cuando, aunque como él es tan lacónico, no le damos mucho de ganar a la Telefónica. La última vez que vino a verme fue hace como cuatro o cinco meses, y bajamos a dar un paseo otoñal por el Retiro, que a los dos nos gusta tanto…

Baroja hablaba de Azorín con cierta ternura, y se veía a las claras que le profesaba gran afecto…

— Ahora Azorín sólo tiene ojos para el cine, hay que ver cómo le gusta… Me dice que muchas tardes se va a ver esta o aquella película él sólo, y cuando le reconocen en la taquilla, ni le cobran…

En las intervenciones de la tertulia, el espíritu que predominaba era el del escepticismo sobre las noticias relacionadas con la actualidad española. Y aunque no se manifestara de una manera explícita, en el ambiente trascendía una especie de desdén por el régimen. La palabra Franco no apareció para nada, pero sobrevolaba en el cenáculo, a pesar de que los temas más interesantes fueron de un carácter más duradero que el de la mera coyuntura.

Y creo que merecerá la pena que dediquemos una segunda entrega al tema que nos ha ocupado en esta primera. Para relatar varias ideas interesantes planteadas por Don Pío, que era un hombre imaginativo, como se demostró cumplidamente en su libro Aventuras, inventos, y mixtificaciones de Silvestre Paradox. Así pues, queridos amigos de Estrella Digital, el próximo jueves 20 –ya en plena atmósfera navideña y en vísperas del gran sorteo de la Lotería Nacional—, podrán Vds. seguir leyendo, si tienen gana y tiempo para ello, las conversaciones de tres jóvenes estudiantes con nuestro gran novelista. Y tras ellas, una serie de derivaciones que también creo interesantes.

Ramón TAMAMES

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