Del diario La Razón, del 25 de septiembre de 2007, reproducimos el artículo del epígrafe, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:
Los meses de verano, así se piensa casi siempre, tal vez con demasiado optimismo, son los más propios para leer. Por aquello de que el tiempo libre se amplia al aflojarse las tensiones del trabajo cotidiano. De modo que la vieja afición lectora resurge en la búsqueda de buenas novelas, y si se encuentran es como un tesoro que nunca querríamos ver agotarse.
Eso me ha sucedido este verano, y para mi ventura personal, por triplicado: Eduardo Garrigues con “La dama de Duwisib” (MR Editores), “La enfermera de Brunete” (Planeta) de Manuel Maristany, e “Inés del alma mía” de Isabel Allende (Plaza y Janés). Los tres libros me engancharon plenamente, para ocupar cada uno no menos de tres o cuatro días, dejando por entero marginada la actividad habitual.
“Una novela es un saco donde cabe todo”, explicó Pío Baroja en “Desde la última vuelta del camino”. En tanto que para Juan Valera –en sus “Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas”— lo mejor que puede hacerse, es mezclar ficción con una fuerte base de realidad. Dos circunstancias –el saco y el nexo— que se patentizan en los tres libros mencionados, al contar con un trasfondo de memoria histórica consistente.
Para empezar, “La dama de Duwisib” debería estar dedicada al Canciller de Hierro, Bismarck, al haber sido el artífice del Congreso Africano de Berlín, que confirmó la adscripción al Reich del África del Sudoeste, la actual Namibia, que Eduardo Garrigues conoce bien por haber sido allí Embajador de España. Pero pronto se reveló que ese territorio sería de difícil ocupación, por el espíritu de independencia y el valor de sus aborígenes (hereros, hotentotes y ovambos), que llegaron a hacer pensar en Berlín que todo era una aventura insensata. Hasta que en 1907… aparecieron los diamantes en la amplia zona sur de la costa del Atlántico.
El argumento es todo verídico, claro que anovelado. Con su protagonista en la norteamericana Jayta Humphreys, que casó con el oficial sajón Hansheinrich Von Wolf, para juntos viajar al protectorado alemán en el sudoeste africano. Construyendo allí el castillo de Duwisib, como centro de un latifundio para criar caballos de pura raza en medio del desierto. Y tras las largas vicisitudes que fueron sucediéndose, al final la heroína acaba percibiendo el fondo inhumano de la colonización europea, no exento sin embargo de ciertas grandezas. Y todo ello, en una ambientación psicológica en la que Sigmund Freud acaba configurándose como uno de los personajes más distantes y también más inquietantes. Un gran libro, en definitiva, que muchas veces recuerda las memorias de África de la baronesa Karen Blixen, que acabaron convirtiéndose en una gran película que casi todo el mundo ha visto.
La segunda novela de mi particular verano literario, también está ligada a una historia de base real: la siempre estremecedora guerra civil española 1936/39, con el brutal enfrentamiento de los dos bandos en el discurrir de las batallas: Guadalajara, Brunete, Teruel, Ebro, Cataluña… Todo ello, mezclando, desde la óptica de la llamada España nacional, a personajes reales con otros de semi-ficción, como “El Segador”, que en tantos aspectos parece una evocación de “El Campesino”.
La trama es viva y con frecuencia acongojante, en una mixtura de acción donde el erotismo alcanza cotas de gran fuerza, por el amorío entre los dos grandes protagonistas: el joven requeté Javier de Montcada y la Marquesa de Simancas, que toman sus propias posiciones en una contienda ideologizada como ha habido pocas. Llegándose a un desenlace lleno de imprevistos, en una especie de eterno retorno, que da al libro un cierto áurea de predestinación. Todo, con un idioma siempre más que logrado.
Por último, está la novela de Isabel Allende, que después de “La casa de los espíritus” y otras creaciones, nos ofrece ahora esta formidable rememoración de la conquista del Reino de Chile por Don Pedro de Valdivia. Siempre con Inés de Suárez, su compañera inseparable. En una de las mayores proezas de la conquista de las Américas por los españoles, quizá más concienzuda aún, por su motivación y sus propósitos, que las superiormente conocidas de Cortés y Pizarro.
La saga que nos regala Isabel Allende, es una auténtica inspiración refulgente para las letras hispanas. Y en ese sentido, “Inés del alma mía” es un documento sobre la condición humana, una epopeya en que los pueblos “mezclaron sus sangres”; como se dice al pie del gran lienzo de Guayasamín en la terminal 2 de Barajas. Nació así un nuevo país, por el enfrentamiento de araucanos e ibéricos, luego alimentado también con procedencias de otras naciones. En línea con lo que Alonso de Ercilla supo intuir en el largo poema “La Araucania”, al que Isabel Allende dedica inusuales e incisivos comentarios.
“Las novelas son para el verano”, parafraseando a Fernando Fernán Gómez, y ciertamente pueden traernos una suerte de felicidad durante los largos días de luz y las noches cortas pero cálidas. Vivimos entonces con la mente desparramada en la espléndida mezcla de ficción y realidad. Gratitud debemos, pues, a estos tres mosqueteros de la narrativa, sin contaminaciones preciosistas ni complejos mediáticos. Que han sabido revivir mundos del pasado, permitiéndonos a los lectores transcurrir por ellos, aunque sólo sea pasajeramente.
Estoy de acuerdo con vos, pero en realidad pienso que deberiamos dedicarnos a la lecturas durante todo el año, es algo que me genera mucho placer.
Soy docente y siempre espero las vacaciones para leer, pero ultimamente he podido llegar a leer novelas que me permiten encontrarme conmigo misma todos los dias auqnue sea un ratito.
Miércoles, 3 de diciembre
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Grupo Cenyt
Juan Carlos Ureta
Alfonso Agís
Invermanía
Ramón Tamames
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero