Veíamos ayer la primera parte de esta miniserie de dos artículos, hechos con base en el que ayer me publicó “El Economista” con el título “China ya no puede esperar más”. En la primera entrega nos referíamos al “Siglo de China”, parte del título de mi reciente libro publicado por Planeta, y criticábamos la falta de organización de nuestra política económica de cara al gran país asiático, con graves disonancias de las CC.AA. y varios organismos. Para poner de relieve, finalmente, el fuerte déficit comercial que tenemos con el Antiguo Celeste Imperio. Hoy vamos a ocuparnos de cuestiones financieras, de las empresas que invierten en China, y del “Año de España” en aquel país.
Las cuestiones financieras serán también decisivas, y los bancos y las grandes cajas de ahorro de España podrán hacer notables negocios si se preparan como la ocasión merece. Por ejemplo, en términos de apoyo crediticio a empresas españolas, o en el crédito hipotecario. Para lo cual será importante tomar decisiones en función de cómo va el mercado de la vivienda en aquel lejano país, algo que no será flor de un día. Aparte de que cuando haya licencia para ello, las entidades financieras españolas podrían entrar en los mercados bursátiles y de derivados de manera inteligente. Lo que exigirá un conocimiento muy a fondo de cómo funcionan no sólo Hong Kong, que es una bolsa muy seria, sino también los alegres corros de Shanghai y Shenzhen.
¿Por qué invierten las empresas españolas en China? Muchas de ellas para externalizar y poder seguir siendo importantes a escala mundial, como es el caso concreto de la Corporación Cooperativa de Mondragón, que necesita reducir costes para sus amplias actividades en industrias mecánicas. Por su parte, Inditex, Mango, Camper e incluso Alsa, lo que buscan en China es fundamentalmente mercado para sus bienes y servicios. Y del lado de Telefónica y del BBVA (y de lo que venga de La Caixa, Acciona, ACS, FCC, etc), lo que se pretende es situarse en el escenario, no simplemente para el indispensable wait and see, sino sobre todo para lo que vaya a hacerse, a lo grande, en el futuro.
España demostró en Iberoamérica en los últimos diez años un empuje más que notable en materia de inversión en el exterior. A lo cual ayudó, ciertamente, el idioma común y otros aspectos relevantes que no hace falta mencionar; por lo cual podría decirse que en China, no tenemos nada de eso a nuestro favor. Pero tampoco lo teníamos en Europa Oriental, y una vez que se han integrado sus países en la UE, las capacidades empresariales españolas están revelándose muy interesante en esos países hasta hace poco más que ignorados.
Lo de China requerirá de esfuerzos especiales, y el tema del idioma no es baladí, pues ni tenemos sinólogos en el mínimo stock necesario, ni los chinos cuentan aún con suficientes hispanohablantes o angloparlantes. Pero todo es cuestión de inteligencia, tenacidad, y esfuerzo, debidamente costeado con una planificación inteligente, y buscando siempre el mejor socio local para evitar las complicaciones que están viéndose en tantos casos.
Por último, lo del Año de España en China: mi impresión es que con toda la buena voluntad y el esfuerzo que pueda poner el Embajador Pablo Bravo en el empeño que se le ha asignado de coordinar ese esfuerzo, los medios son muy escasos. Y tal vez la preparación haya sido de tiempo insuficiente como para llevar lo más interesante de nuestro país a los confines de Eurasia.
Por último, me gustaría destacar la Unión Europea existe poco a los efectos de las relaciones más dinámicas con China. Cada uno de los Estados miembros de la UE va a su aire. Y entre ellos, España, donde, sin duda, hay un interés creciente por todo lo que se relaciona con el nuevo Imperio del Centro. En cuanto al papel a desempeñar —encontrar las áreas más interesantes de relación y explotarlas a fondo—, su mayor medida es una labor de las empresas. Y para muchas de ellas, China ya no puede esperar.
Miércoles, 3 de diciembre
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Grupo Cenyt
Juan Carlos Ureta
Alfonso Agís
Invermanía
Ramón Tamames
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero