Ayer martes 19 de junio publicábamos el primer artículo de esta serie de dos sobre la figura del Porf. Antonio Jáuregui (en nuestra foto de hoy), que nos dejó hace dos años. En el artículo de hoy seguimos en la evocación colectiva que le hicimos el 4 de junio de 2007 en la sede madrileña de la Comisión Europea, y en la cual yo hablé sobre las siete columnas capitales del profesor. De las cuales ya vimos ayer las tres primeras.
El cuarto pilar en que se asentaba Jáuregui, como el oxfordiano, tuvo también un carácter muy espacial: californiano, durante siete años. En la tierra evangelizada por Fray Junípero Sierra, y donde “recuperó –como habría dicho Pío Baroja— el hilo de la raza”. En términos de profundo sentimiento de lo hispánico, como pude apreciar muy bien en una intervención conjunta que hicimos en 1997 en la Universidad Iberoamericana de México DF, cuando él llegaba de España y yo estaba en plena vuelta al mundo; de itinerario tocando las Maldivas, Singapur, Guam, Hawai y California.
El quinto de los pilares fue el que más gratificación produjo a José Antonio: europeísta de pro. En la mejor senda de nuestro común preceptor Jean Monnet, al que honró siempre desarrollando una gran labor a la cabeza de la Fundación Europea de Yuste. Que, como subrayó Ignacio Salafranca en su magistral intervención en la sesión conmemorativa referenciada, todavía no se ha reconocido en lo mucho que vale.
La sexta de las columnas capitales hay que verla en el sentido de la amistad de nuestro llorado colega. De modo que cuando uno se ganaba el corazón de José Antonio –y lo mismo puede decirse de Dorita y sus cuatro hijos—, ya podía asegurarse una fraternidad sine die. Y no simplemente estática, sino en el mayor de los dinamismos, por los proyectos que continuamente fluían de la mente de José Antonio.
La última de las siete columnas de la vida de José Antonio Jáuregui tiene un carácter más personal que las anteriores: la entrañable relación que sostuvimos durante muchos años, a lo largo de la cual en nuestra común admiración por San Francisco de Asís, yo me autodenominaba lupus bonus, y él me permitía que le calificara de lupus maximus. Para así introducirnos de tiempo en tiempo en una correspondencia generalmente en lengua latina, sobre los temas clásicos que tanto atraían al Prof. Jáuregui.
Y en esa línea, nunca olvidaré la pregunta que un día le hice, y que me contestó, como siempre, magistralmente, y con cuya trascripción pongo fin a este escrito:
El sentido de la vida no está simplemente en el azar y la necesidad, como con gran indignación para Aristóteles propusieron Leucipo y Demócrito; y como en nuestro tiempo ha repetido ad nauseam Jacques Monod, sin ninguna originalidad.
Más allá de esas circunstancias, absolutamente reconocibles desde el evolucionismo de la ciencia, todo tiene un sentido más profundo, cuyo misterio aún no hemos desentrañado.
Y en esa dirección, José Antonio Jáuregui también fue un maestro, de lo más alentador para el recorrido de una senda en la cual a la humanidad aún le queda un gran trecho por recorrer. Precisamente para comprender en plenitud lo que ya algunos tenemos la suerte de intuir: estamos aquí para algo. Como se demuestra que José Antonio Jáuregui ya estuvo para algo, con un recuerdo imborrable para todos.
Domingo, 23 de noviembre
Ramón Tamames
Grupo Cenyt
Luis Llopis Herbas
Alfonso Agís
Juan Carlos Ureta
Invermanía
Ramón Tamames
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero