Iniciábamos ayer una miniserie de dos entregas procedentes del ciberperiódico Estrelladigital, que dirige Pablo Sebastián, sobre la gran pintora Tamara de Lempicka refiriéndonos a la primera parte de su andadura vital, hasta el final de los años 20 del siglo pasado.
Ya en la década de 1930, y por las vicisitudes bélicas aludidas, Tamara viajó a Nueva York, donde descubrió Harlem y otros lugares que ella reinterpretaría en sus pinturas. Y entre idas y venidas de Europa a EE.UU. se desenvolvieron los cuarenta años siguientes, en que no dejó de estar activa. Como lo demuestra su extensa obra pictórica y gráfica, de la que el Barón Raoul Kuffner fue su primer cliente, para convertirse después en su segundo marido, que dio a Támara el título de baronesa.
Los avatares relatados hasta aquí, aún dejaron tiempo a la pintora para toda una serie de historias de relaciones muy particulares con, por ejemplo, Gabriel D’Annunzio y Josephine Baker. Sin olvidar la excelente relación que siempre tuvo con su hija Kizette. Precisamente, la razón de sus frecuentes estancias en Norteamérica para visitarla, donde desde Nueva York bajó a Cuernavaca en 1974, para residir allí hasta su muerte en 1980.
Durante un tiempo, la pintura de Tamara de Lempicka estuvo semiolvidada, hasta que en 1994 gracias a la subasta de la colección de arte de Barbra Streisand en la sala Christie's de la Quinta Avenida de Nueva York, el cuadro Adán y Eva produjo sensación. Hasta el punto de que por él se pagaron varios millones de dólares.
En un intento de valoración conjunta sobre una obra que tiene tantos caracteres de arte mural, de simplificación pictórica con énfasis en los sentimientos, según dicen sus críticos más avezados, en los trabajos de la Baronesa se aprecian reminiscencias muy visibles de los cubistas franceses, y de maestros del Renacimiento como Boticcelli, Bellini, y Caravaggio, reinterpretados en una forma especial de entender la belleza como luz y color.
La sensualidad y el erotismo son elementos fundamentales de la pintura manierista, como se ha calificado tantas veces la de Tamara de Lempicka. En quien el desnudo se convierte en una faceta culminante, con actitudes frecuentemente consideradas, en su época, como lascivas; como sucedió con su cuadro de las jóvenes de Ritmo (1924), que algunos comparan con El baño turco de Ingres. Sin olvidar la cierta similitud entre la dama de la Túnica roja, con la Maja vestida de Goya. Y lo digo no sé si guiado por un iberismo excesivo.
En cualquier caso, Tamara de Lempicka consiguió su objetivo, porque como recuerda Blondel, en su ya mencionado Catálogo razonado, lo que ella quería es que "en medio de otras cien obras, se distinguieran las suyas a primerísima vista». Y ciertamente, consiguió su objetivo, con esa mezcla de claroscuro de fuertes colores, con modelados esculturales, en los que el cuerpo humano adquiere una vitalidad extraordinaria, no exenta de un movimiento, como se dijo antes, de claras intenciones sensuales.
En definitiva, el estilo Lempicka es perfectamente reconocible, por mucho que lleve la impronta de grandes maestros del pasado. Por eso cabe aplicarle la frase de Baudrillard, tan recientemente fallecido: «Lo real no desaparece en la ilusión, es la ilusión la que desaparece en la realidad».
La exposición de Caixa Galicia en Vigo, está comisariada por Eva Ruiz y Emmanuel Bréon, y diseñada por Enrique Bonet, mostrando 45 pinturas, 15 dibujos y alrededor de 20 fotografías de la artista; además de algunos objetos personales que viajaron desde Francia, EE.UU., Alemania y Bélgica, pertenecientes a colecciones públicas y privadas. De esa forma, se da una visión de la gran pintora que fue Tamara de Lempicka. Debiendo señalarse que en el estupendo catálogo, no figura, sin embargo –o por lo menos yo no la he visto no obstante haber repasado el texto y sus ilustraciones tres veces—, el mejor cuadro de la exposición, concretamente el de la dama de Túnica roja.
Viernes, 25 de julio
Ramón Tamames
Invermanía
Grupo Cenyt
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Juan Carlos Ureta
Alfonso Agís
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero