El blog de Ramón Tamames

180. Las conversaciones de la Ronda Doha: sin final a la vista

30.05.06 | 12:38. Archivado en Artículos

En diciembre de 2001, en Doha, la capital de Qatar, la Organización Mundial de Comercio, OMC) sentó las bases para una negociación comercial entre 140 países de todo el planeta (entre los grandes sólo falta Rusia), a fin de llegar a un nuevo gran acuerdo de liberalización en las transacciones internacionales en todos los ámbitos: comercio de manufacturas, productos agrícolas, movimiento de capitales, derechos de propiedad industrial e intelectual, servicios financieros, y tecnologías de la información y comunicación (TIC). De salir adelante, esa negociación —se dijo ad nauseam—, supondría un nuevo gran paso en la senda de la globalización, el mayor después de la Ronda Uruguay que se negoció entre 1987 y 1994.

Pero, como ya hemos puesto de relieve en otro escrito —de 5 de abril de 2006 en la revista electrónica Crónica Virtual de Economía, www.cronicavirtualdeeconomia.com, artículo del que dimos cuenta en este blog—, la verdad es que las negociaciones Doha, se encuentran ya en su sexto año, y no acaban de avanzar hacia sus metas. Como se evidenció con el sonoro fracaso del encuentro de Cancún en 2003, y con el semi fiasco de Hong Kong de 2005.

La razón principal de esas dificultades, lo decíamos en nuestro trabajo de abril, es que las transacciones mundiales ya están muy liberalizadas, y el coste de ir más allá no tiene compensaciones económicas suficientes para contrarrestar las dificultades políticas que plantean ciertos grupos de presión. Y así ha vuelto a ponerse de relieve en un artículo de Peter Coy en el BusinessWeek —de 22 de mayo de 2006— no sólo interesante sino también admirable, por estar escrito al margen de la sabiduría convencional, de aquello de cuanto más libre el comercio, mejor. Una proposición que ya no apoya ni el Banco Mundial, que ha reducido sensiblemente sus estimaciones de posibles ganancias de renta por la nueva apertura comercial de Doha: habría un crecimiento del PIB global de sólo 119.000 millones de dólares, algo así como un 0,25 por 100 del producto social planetario. O lo que es lo mismo, 18,3 dólares por habitante y año, una cifra, pues, absolutamente irrisoria.

Con tan magras perspectivas, el coste político, sin embargo, resultaría extraordinario. Por la resistencia que hay en Europa a desmantelar la PAC, o en EE.UU. a abandonar gran parte de su agricultura altamente sofisticada; o la producción industrial en el área del Mercosur o de la ASEAN. Además, por si todo eso fuera poco, resulta que en ninguna parte se vislumbran grandes ganancias futuras para los países en vías de desarrollo: en la industria, las ventajas de las nuevas caídas de barreras serían para China, Corea del Sur y Taiwán, países emergentes cada vez más lejos del estereotipo del Tercer Mundo. Y en la agricultura, los beneficiarios no serían más que EE.UU., Brasil, Argentina, Australia y Canadá, que no tienen nada que ver con las miserias que se pretende paliar de los países subsaharianos y centroafricanos. En pocas palabras, terminar la Ronda Doha con lo que ya está acordado, no sería ninguna tragedia. Por aquello de que otra cosa seguramente no puede ser, y como dicen los castizos, además… es imposible.

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