El blog de Ramón Tamames

JOHN KENNETH GALBRAITH: IN MEMORIAM

05.05.06 | 12:06. Archivado en Artículos

(Estrelladigital) Con ocasión de la muerte de J.K. Galbraith el pasado 30 de abril, he tenido ocasión de releer gran parte de sus Memorias, y he podido confirmar lo que tantas veces se ha dicho, de que los libros de esta clase constituyen un material precioso a la hora de escribir la historia de un período concreto. Sobre todo –como es el caso que nos ocupa—, si a lo largo del hilo conductor del personal acontecer del autor, éste acierta a registrar lo fundamental del entorno en que se movió. En esa doble conexión, sinceramente creo que en sus Memorias logró su propósito de imbricar diacrónicamente su propia aventura personal con el tiempo que le tocó vivir.

Desde luego, como científico, Galbraith fue un economista controvertido. Sus colegas de la línea neoclásica-liberal (los Stigler y los Friedman) pregonaron, no sin malicia, que apenas pasaba de ser un divulgador de ideas más o menos erróneas; y nefastas, para ellos, por ser contrarias al buen orden y armonía de la economía basada en el mercado exaltador del fetichismo.

Pero aparte de esas querellas de economistas, el éxito editorial —esencialmente de la trilogía Capitalismo americano, La sociedad opulenta, y El nuevo estado industrial—, hoy nadie puede dudar en serio que el análisis de Galbraith ha supuesto uno de los esfuerzos más consistentes de construir una teoría válida de la sociedad capitalista de la segunda mitad del siglo XX.

En esa disección galbraithiana de la realidad, su espíritu crítico engarzó con el incisivo institucionalismo de Thorstein Veblen, al tiempo que asumió el keynesianismo, y las transformaciones habidas en el Estado y en la sociedad; sin perder de vista, colateralmente, algunos de los planteamientos neomarxianos de los Sweezy, Baran y Strachey, con quienes mantuvo durante años una amistad de la que públicamente siempre se sintió orgulloso. Anticipándose incluso, especialmente en La sociedad opulenta (1958), a no pocas de las preocupaciones ecológicas ahora mucho más extendidas.

Pero una visión como la de Galbraith, tal vez no habría alcanzado su rara profundidad si él mismo no hubiera participado activamente en la vida política norteamericana de su época, en un proceso fluctuante, que alcanzó cotas muy elevadas. Entre ellas, señalemos —dentro del esquema del New Deal rooseveltiano— su trabajo al frente de la Oficina de Administración de Precios (donde uno de sus muchos colaboradores secundarios fue el joven abogado Richard Milhous Nixon). Desde esa organización, con gran eficacia, Galbraith logró mantener una casi total estabilidad sin inflación, a pesar de que la segunda guerra mundial contempló el más veloz crecimiento en la historia económica de EE.UU.

Otros momentos álgidos de la vida pública de Galbraith, reflejados en sus Memorias, fueron su relevante participación en la campaña presidencial de John F. Kennedy, así como sus funciones como embajador de éste último en Nueva Delhi, donde investigó a fondo las raíces de la pobreza de masas.

Pero en lo que políticamente más destacó Galbraith fue en su liderazgo de la asociación Americanos para la Acción Democrática, desde la que luchó esforzadamente para poner término a la guerra del Vietnam. Que siempre consideró un trágico error; terrible para un pequeño pueblo subdesarrollado, y lamentable para la imagen de EE.UU. Actitud en pro de la paz en la que luego persistió en su repulsa de la carrera nuclear y del armamentismo.

Todos los señalados fueron momentos importantes en la vida política del gran economista, quien de forma humorística sentenció en 1974 —al igual que le pasó a Henry Kissinger— que de no haber nacido en EE.UU. se habría planteado la cuestión de ser candidato a la presidencia de EE.UU., su país de adopción.

Como escritor, Galbraith también cultivó la ficción, con su novela El triunfo, “nada del otro jueves”. Pero, en cambio, tuvo un éxito arrollador en el nuevo género de los guiones para la pequeña pantalla. De los que cabe recordar la notable serie televisiva de la BBC, de la que surgiría uno de sus libros de más atractiva lectura (La Era de la incertidumbre). Como tampoco podemos olvidar sus incursiones en la narrativa de viajes, en la que dejó plasmadas, por lo menos, su visita a la Polonia todavía comunista, y sobre todo al país más poblado del planeta, cuando todavía era un gran enigma (Viajero en China).

Ahora, cuando Galbraith nos dejó a sus 97 años, y aunque no creara lo que enfáticamente se llama a veces Escuela, lo vemos, sin duda, como uno de los maestros más inspiradores de numerosos discípulos y lectores repartidos en todo el mundo. El Premio Nobel de Economía es lo único que, merecidamente, le faltaba al emprender su última expedición.

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