El blog de Ramón Tamames

JKG: requiem por un gran economista

01.05.06 | 13:24. Archivado en Artículos

(La Razón)Estaba en la senda de ser centenario, 97 años ya, y, en su todavía madura ingenuidad, pensaba que en un momento u otro le concederían el Premio Nobel de Economía sin percatarse de que el Sanedrín de la Escuela de Chicago no estaba por la labor. Era demasiado popular, sus libros se vendían demasiado, e igual que a Somerset Maugham no le quisieron dar el premio de literatura, decidieron que era demasiado analítico de los problemas reales, excesivamente contrario a las fórmulas abstrusas e incluso que no sabía suficientes matemáticas. Análogamente a lo que le sucedió a Einstein, que cuando tenía que formular sus ecuaciones de la relatividad recurría a uno de sus grandes amigos y extraordinario matemático.

John Kenneth Galbraith fue uno de los grandes intérpretes económicos de nuestro tiempo. Canadiense de origen, ingeniero agrónomo de profesión inicial, cuando se hizo economista en la década de 1930 se convirtió en uno de los primeros discípulos norteamericanos de Keynes. En una época en la cual la sabiduría tradicional aún se escoraba por el fetichismo del presupesto equilibrado, considerando que el paro forzoso no pasaba de ser un accidente temporal que la fórmula del mercado resolvería en un ajuste casi automático, en las líneas de la Escuela Neoclásica. Creencia que se tradujo en millones de parados en todo el mundo, en la Gran Depresión 1929/1939.

Participó activamente en la política del New Deal de Roosevelt, y durante la Segunda Guerra Mundial fue el administrador de la Oficina de Precios para luchar contra la inflación, en una época de recursos insuficientes, para atender una demanda recrecida de medios para lograr la victoria contra Japón y Alemania; en lo que fue una tarea titánica contra los abusos de las grandes empresas, las miserias del mercado negro, y en pro de un esfuerzo de guerra que en sólo cuatro años duplicó el PIB de EE.UU. con una estabilidad financiera casi increíble.

Precisamente después de la mayor contienda de la historia, Galbraith participó con un discípulo de Keynes, E. F. Schumacher, en el estudio de los efectos de los bombardeos aliados en Alemania, comprobándose que a pesar de los ingentes efectivos aplicados a esta tarea, el III Reich había mantenido niveles de actividad sorprendentes; que nuestro hoy llorado amigo atribuyó a las excepcionales capacidades de Albert Speer, ministro de Armamentos y Municiones de Hitler.

Todas esas actividades fue entreverándolas con la actividad universitaria, en Harvard, en lo que algunos han considerado como una prolongación del «Institucionalismo Americano» que había iniciado en el siglo XIX el economista Thorstein Veblen, pero con una dinámica mucho mayor de aproximación al realismo científico basado en la lucha de intereses y en la pugna por el poder político. Algo sobre lo que también experimentó cuando fue embajador de John F. Kennedy en la India, donde realizó uno de los mejores estudios sobre la pobreza de masas.

Galbraith construyó su propio gran observatorio de la evolución económica contemporánea con tres libros de gran importancia: «Capitalismo Americano», «La Sociedad Opulenta», «El Nuevo Estado Industrial», trilogía que todavía hoy sigue siendo válida para saber de dónde venimos y a dónde vamos en la interpretación de toda una era. Como también supo difundir los conocimientos económicos a millones de lectores con sus obras, a los telespectadores que le siguieron en sus programas sobre el estado de la economía internacional, y con unas «Memorias» memorables, que seguramente se sitúan entre las diez primeras sobre la realidad del mundo en que vivimos.

Además, Galbraith, y esto no se lo han perdonado todavía muchos de los sabihondos del gremio, supo reaccionar ante las miserias de la política norteamericana de Johnson y Kissinger y se puso al frente de los «Demócratas para la Acción», a fin de tratar de que se pusiera término a la guerra de Vietnam, tan inútil como aniquiladora.

Le conocí en la Universidad de Deusto en la década de 1980, y recuerdo por lo menos otro encuentro en Madrid, con Francisco Fernández Ordóñez, en casa de María Teresa de Borbón Parma. Era un hombre físicamente alto, y extraordinario en lo psíquico. Un auténtico «héroe de su tiempo», un maestro de economistas, un servidor de las causas de la libertad y de la democracia, una figura que seguirá influyendo durante mucho tiempo en nuestras formas de pensar y de actuar. Porque como en alguna ocasión se dijo, detrás de las ideas nuestras de cada día, siempre está el pensamiento de algún filósofo o algún economista. Y en ese sentido, Galbraith, como habría dicho hoy Schumpeter, era las dos cosas a la vez. Porque ser economista sin tener al mismo tiempo un enfoque filosófico de la vida, no pasaría de ser una gimnasia estéril.

Resumiendo, se nos ha ido uno de los grandes animadores del escenario intelectual de los últimos treinta años.

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