En estos últimos días del año, jalonados de encuentros amicales y familiares, creo que podemos permitirnos alguna licencia, para que el blog no sea tan solemne y terminante como de costumbre. Y en ese sentido, voy a referirme al proyecto del Parque Nacional de Guadarrama, cuyos límites definitivos están aún en discusión, así como otras facetas del mismo; tales como la restricción de usos, que no debería ir más allá de lo indispensable, para preservar aprovechamientos forestales y ganaderos. Ya que lo peor sería despoblar un espacio de montaña que actualmente tiene bastante vida en su inevitable hominización.
Pero no es mi objetivo, ahora, referirme in extenso a las características del futuro parque, sino compartir con los seguidores del blog, algunas de mis experiencias guadarramistas; como decíamos en tiempos los miembros de la Sociedad Peñalara, para diferenciarnos de los alpinistas. Y al respecto, les propongo una ruta que empezaría tomando el tren en la estación de Atocha o las sucesivas hasta Chamartin (todo en Madrid, claro), para bajar en Cercedilla. De allí, a pie, se inicia la marcha por el Valle de la Fuenfría, siguiendo la célebre calzada romana, que después de 2.000 años de uso, se encuentra, en algunos tramos, en estupendo estado de conservación.
Por esa senda llegamos al Puerto de la Fuenfría, desde donde se divisa el inmenso y formidable Pinar de Balsain, de magníficos especimenes de pinus silvestris. Desde allí, siguiendo el Camino Schmidt, bordeamos la ladera norte de Siete Picos, atravesando la pradera de Navalusilla, para llegar al Puerto de Navacerrada. Seguimos luego al de los Cotos, que da entrada al más espectacular de los valles del Sistema Central (o Cordillera Carpetovetónica, que se decía antes). Lugar desde el cual puede subirse al Pico de Peñalara, el más elevado de la Sierra; o bien descender hacia Rascafría, atravesando los Pinares belgas del Paular, con una parada en el Monasterio del Paular (nuestra foto de hoy) y dedicar algo de tiempo a la meditación, para lo cual es aconsejable llevar en la mochila el libro de Pío Baroja “El árbol de la ciencia”.
El Guadarrama es para madrileños y segovianos, un auténtico don del cielo, por la belleza de su vegetación, la transparencia de sus aguas, y la facilidad también de sus recorridos. Entre los cuales sugiero, aparte del ya comentado, el que empieza subiendo a la Bola del Mundo, para desde ese promontorio deslizarse por las orillas del Manzanares en su primera infancia, y llegar a la postre a Charca Verde, donde el curso fluvial entra en su pubertad. Aunque incluso cuando atraviesa Madrid puede decirse, todavía hoy, lo de Lope de Vega: “Me rio de que me llamen río”.
Sólo me resta, queridos blogueros, desearles a todos Vds. una Nochebuena espléndida (recordando a Quien nació en el día de aquella noche), así como una Navidad para disfrutar de algo de paz, y volver después del Año Nuevo, a nuestras andadas de casi siempre.
Sábado, 11 de febrero
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
ClickTrade
Juan Carlos Ureta
Jaime Noguera
Grupo Cenyt
Institución Futuro. Think tank independiente
José Miguel Montes
Jesús Pérez
Ramón Tamames| Febrero 2012 | ||||||
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