El blog de Ramón Tamames

El cero y el infinito: los costes de Kioto

04.10.05 | 13:47. Archivado en Artículos

Mientras las resonancias del proyecto de Estatuto de Cataluña llegan al mismo Canigó que cantara Verdaguer (mi artículo de hoy en La Razón, inserto en el blog), y en tanto que ruge la marabunta (sin ningún sentido despectivo) de la marcha negra en torno a las ciudades de Ceuta y Melilla, dedicaremos el blog de hoy a un tema más amplio y aparentemente más lejano. Pero que constituye la peor amenaza para la vida de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos: el calentamiento global y lo que supone la caja de herramientas de Kioto.

Empezaré por recordar que a finales de la década de 1950, Arthur Koestler escribió una novela, que en España se tradujo por El cero y el infinito. Lo cual nos sirve para expresar los posibles límites del coste que se derivará de Kioto, o de lo que podría suceder si no hubiera Kioto. Y es que, las posiciones al respecto se sitúan entre el cero y el infinito, empezando por quienes manifiestan rotundamente que el calentamiento global es una especie de cuento de terror, y que por ello, lo más conveniente es quedarse en cero. En el otro polo, se dice que el cambio climático, si no se ataja, podrá significar una trágica alteración del medio en que vivimos, y que por ello mismo es preciso frenarlo cueste lo que cueste, es decir, tendencia al infinito.

Pero si las mediciones resultan difíciles o imposibles, podemos enfocar la cuestión con dos planteamientos que nos darán una idea de la dimensión y la naturaleza del problema: tragedia de los bienes comunes, e hipótesis de Gaia. En cuanto al primer tema, el Protocolo representa un indudable principio de racionalización, pues con él se preconiza la administración conjunta del bien común que es la atmósfera, que no tiene dueños concretos responsables y bien definidos de cada kilómetro cúbico de aire. De ahí que la idea de fijar topes de emisiones para los gases de invernadero, con el propósito de reducirlos o llevarlos a cero, es algo nuevo e importante: el arranque de una Contabilidad Internacional de la Atmósfera; aunque todavía se eche de menos a no firmantes tan significativos como EE.UU., China, India, y Australia.

En segundo lugar, podríamos decir que con Kioto, estamos ayudando a Gaia, una hipótesis enunciada por el Dr. Lovelock al final de la década de 1960, expresiva de una idea realmente luminosa: el planeta Tierra (la Gaia de los griegos) tiene un sistema de funcionamiento aún poco conocido, que incluye sus propios mecanismos de autorregulación. De modo que los grandes equilibrios se mantienen a pesar de las incidencias de la especie humana en la biosfera; salvo que esas lleguen a ser de proporciones desbordantes, las que ahora estamos alcanzando. En esa línea de pensamiento, puede decirse que el Protocolo viene en ayuda de Gaia, actualmente abrumada por las afrentas que está recibiendo de los hijos de Eva y Adán o, si prefieren, de Pandora y Prometeo. Así son las cosas.

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