(La Razón). Pocas veces en la historia de los medios de comunicación social se ha prestado una cobertura tan amplia a un episodio de origen climático, como la que hemos visto sobre los efectos del huracán Katrina, en el estado norteamericano de Luisiana y sus aledaños.
Una tierra que estuvo en tiempos bajo soberanía española, conforme al Tratado de Fontainebleau (1763), por el que Francia cedió a España el territorio de ese mismo nombre, desde el Golfo de México a la actual frontera de EE.UU. con Canadá.
A modo de compensación por la pérdida de la Península de la Florida, ocupada por los ingleses a lo largo de la “Guerra de los Siete Años”. Después vendría una difícil penetración del territorio, hasta que en 1769 un fuerte contingente de tropas es-pañolas al mando del Gobernador O’Reilly –militar irlandés al servicio de la Corona—, que sofocó la revuelta de los latifundistas franceses, organizando una especie de “Campana de Huesca”. Más adelante, en 1800, se devolvería a Francia el extenso territorio, que Napoleón, en incumplimiento de las cláusulas del Tratado de Fontainebleau, vendió a los estadounidenses por 80 millones de francos.
Pero aparte de esas evocaciones históricas, lo más destacable en el impacto del huracán Katrina, es el hecho, bien revelado por la televi-sión, de que tras las masivas evacuaciones de la ciudad –una decisión muy acertada, pues de otro modo el espectáculo habría sido todavía más dantesco—, la población que quedó a merced de los elementos, era, en un 99 por 100, gente de color; combinándose ese dato con la divisoria que hay en todo EE.UU. entre ricos y pobres, frontera que coincide casi siempre con diferencias de raza.
En las circunstancias que estamos refiriendo, se ha puesto de relieve, una vez más, que la sociedad opulenta, no lo es tanto para amplios efectivos demográficos, como demostró en su día cumplidamente Mi-chael Harrington en “La cultura de la pobreza en EE.UU.”. Porque si ciertamente se produce con suficiencia para atender todas las necesi-dades, luego, en la realidad, pervive una auténtica pobreza de ma-sas. Incluso en el país más rico del mundo, como de forma también muy acertada supo explicar en tiempos John Kenneth Galbraith.
Así las cosas, se vive en una atmósfera de derroche por parte de al-gunas minorías, en contraste con la escasez de medios públicos y virtualmente miseria por parte de quienes no se sitúan en torno al establishment: las escuelas no pueden competir con la televisión, ni con el uso desmesurado del alcohol y el abuso de las drogas; y las in-fraestructuras se deterioran hasta grados casi increíbles. Haciéndose evidente la realidad de que si bien una comunidad austera está libre de tentaciones y puede ser austera también en sus servicios públicos, en cambio una sociedad opulenta, no puede prescindir de equipa-mientos básicos bien atendidos, y de unos servicios sociales razona-blemente cubiertos. Eso es lo que se ha visto en Nueva Orleans, don-de no hubo dinero público para asegurar la firmeza de los diques, y donde a la hora de reunir contingentes militares y civiles de ayuda, resultó que gran parte de los teóricamente disponibles (por ejemplo las Guardias Nacionales de Luisiana y Misisipi), estaban casi integral-mente desplazados a Irak.
¿Y por qué ha sucedido todo eso? En gran medida, la contestación de fondo podría fijarse en que funciona el principio del máximo de rentabilidad o de lucro a corto plazo, que ha vuelto a reinar en EE.UU. de manera inexorable de la mano de los neocons que tan deslucidamente representa hoy el Presidente George W. Bush. Resulta que todo lo que no ofrezca un saneado retorno –y los antes aludidos servicios públicos y la atención a muchas necesidades sociales entran en esa categoría—, se sitúa muy al final en la escala de preferencias para invertir o realizar gastos corrientes.
El Presidente Bush ha tenido que interrumpir las vacaciones más largas de la historia política de EE.UU., dejando en su rancho el juguete preferido de sus ocios, en forma de sierra mecánica. Y la presencia de casi 200.000 soldados en Irak y Afganistán, junto con la escasez de recursos originada por esas dos guerras (que ya han significado 300.000 millones de dólares de gasto), se ha traducido en la falta de asistencia de los primeros días de la catástrofe. Todos esos problemas han salido a la luz al rugir la naturaleza contra las agresiones que se le hacen despiadadamente; en términos de ocupación de espacios que nunca deberían haber sido utilizados para la construcción de una gran ciudad moderna. O cuando las riquezas submarinas son succionadas masivamente en un área sometida a los más crudos ava-tares metereológicos de forma tan directa. En esa secuencia cabe una máxima de los ecologistas más o menos creyentes: “Dios perdona siempre; los hombres a veces; pero la naturaleza, nunca”.
Domingo, 19 de febrero
Ramón Tamames
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Ramón Tamames| Febrero 2012 | ||||||
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