La expresión que recoge el título, se utiliza no sólo para la rememoración del reinado de Napoleón III, que terminó en medio de toda clase de desgracias, de las que sólo emergió, con no poco coraje, Eugenia de Montijo. También se relaciona con la moda que por entonces prevaleció en Francia, especialmente en los atuendos y en los escuetos y convincentes mobiliarios que hoy se encuentran, a altos precios, en las tiendas de antigüedades y en manifestaciones como la estupenda Feriarte de Madrid.
Pero aquí y ahora, el título de este escrito viene a cuento por el segundo mandato de George W. Bush como presidente de EE.UU.
Un cuatrienio más, gracias a unas elecciones en las que consiguió arrastrar masivamente a la opinión pública. A pesar, o precisamente, por la Guerra de Irak, para lo cual apeló al patrioterismo profundo de los norteamericanos —ellos si que son los “Über alles” de hoy—, que tan útil resulta para encubrir cualquier clase de trama política e intereses más o menos espurios; en el caso que nos ocupa, una guerra preventiva con muertes masivas, merced a la cual Bush II se alzó, como dicen los castizos, “con el santo y la limosna”.
De nada sirvió la denuncia de decenas de libros y centenares de artículos sobre el trasfondo de los recovecos económicos más obscuros de la Guerra de Irak, muchos de ellos vinculados a los negocios petroleros de la ínclita familia Bush. Ningún efecto tuvieron, tampoco, las críticas a la connivencia permanente del Vicepresidente Cheney con las “empresas de reconstrucción” de Irak, como la célebre Hulliburton, de la que según parece todavía sigue percibiendo suculentos estipendios. El caso es que, triunfante en las lides de política internacional, Bush II se adentra en un segundo mandato, que las circunstancias negaron a su señor padre. Y lo hace con un aire exultante de lo que podría ser el nuevo paso en la saga familiar: el hermano Jeff, Gobernador de la Florida, se prepara en su senda for president de cara a noviembre de 2008.
Se asegura entre los politólogos de Washington D.C. y sus aledaños, que una segunda legislatura ofrece siempre al inquilino de la Casa Blanca un panorama mucho más sereno. En el que podría desarrollar mejor sus políticas, sin el agobio del espectro de una reelección, eventualidad descartada desde aquella enmienda constitucional que después de cuatro presidencias sucesivas de Roosevelt (1932-36/40-44), hace imposible vivir en la célebre mansión de la Avenida Pensilvania más de ocho años seguidos. Así, la agenda de Bush II, sobre todo la internacional —sin olvidar las “papeletas económicas internas” pendientes, como el triple déficit comercial, fiscal y de ahorro—, se presenta más despejada que en 2001. Pero no por ello exenta de peligros.
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La hoja de ruta para este “Segundo Imperio” (categoría histórica que tal vez le habría gustado a Isaac Asimov por su gran tetralogía de ciencia ficción), puede resumirse brevemente. Lo primero, será el intento de terminar la faena en Irak, a ser posible “con orejas y rabo” —ello dicho sin ninguna retranca sino simplemente en lenguaje taurino—, en la línea de la doctrina oficial panglossiana de que ese país “ya está democratizado”. En lo cual se involucra la vergonzante Unión Europea, comprometida en Bruselas antes de ayer (“Hola ¿qué tal, amigo?”), así como la propia ONU con su prometida asistencia. Y todo ello, después de lo que fue una guerra preventiva al margen de la legalidad internacional. Sin embargo, incluso con esas coberturas que se facilitan por los Chirac y los Schroeder en favor de conseguir el perdón del Imperio, el “buen fin” de las tropelías de Bush en Irak, no está ni mucho menos resuelto. Depende de la capacidad de resistir de la insurgencia, y de la eventualidad de una guerra civil entre chíitas y sunnitas, con algún ingrediente kurdo.
Otra cuestión para el Emperador en su segunda etapa, radica en qué hacer con los países del “Eje del mal”: Siria, Irán, Corea del Norte, y aparte de algunos otros para despistar (como Zimbabue), Cuba, fundamentalmente; y la Venezuela de un Hugo Chavez, que se manifiesta cada vez más antigringo. Al respecto, la eventualidad de una guerra, aun siendo improbable, por el hecho de que las capacidades logístico-militares de EE.UU. están al límite, no puede descartarse. Si efectivamente Irán y Corea del Norte pasan a disponer de armamento nuclear con despliegue suficiente para alcanzar a Israel el primero, y a Japón y Alaska el segundo.
Las otras cuestiones son comparativamente “menores” desde la óptica bushiana, por mucho que el ascenso imparable de China pueda estar creando inquietudes en los gabinetes de la CIA, y en el sancta sanctorum del “complejo industrial-militar” (Eisenhower dixit). Como también tienen menos enjundia asuntos internacionales en los que Bush probablemente va a insistir en el cuatrienio: la ayuda a África contra los cuatro jinetes de la Apocalipsis continental, la posible aproximación al Protocolo de Kioto vía G-7, y un etcétera en el que ahora no vamos a entrar.
Con menor presión de los neocons —¿una Condoleeza más estilizada, sonriente, y suavizada?—, con mayores facilidades por parte de la ONU y la UE, con una Rusia recomiéndose en la tortuosa senda del semidictador Putin, y con una China benevolente que sobre todo está “al negocio”, Bush tiene muchos triunfos en la mano para su Segundo Imperio. Pero eso no significa que ya esté asegurado que va a pasar a la “galería de los mejores presidentes de EE.UU.”. Para ello tendrá que hacer, como se decía en el Catecismo, algunos actos de contrición, asumir el espíritu de enmienda, y hasta contar sus pecados al confesor. Y todo eso, no parece muy esperable de un vaquero con las botas puestas para pisotear lo que sea.
Jueves, 16 de febrero
Ramón Tamames
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Ramón Tamames| Febrero 2012 | ||||||
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