Según Barry Commoner, la primera ley de la Ecología es bien sencilla: “todo está relacionado con todo”. Y efectivamente, cada vez vamos percatándonos más y más de las relaciones interconexas: los gases de invernadero generan el calentamiento global, éste influye en el contexto marítimo, y los océanos están experimentando consecuencias dramáticas sobre el propio cambio climático, realimentando así el proceso.
Todo lo anterior viene a colación por los datos que la ONU ha hecho públicos el pasado 17 de junio, oficialmente proclamado como día de la lucha contra la desertificación. Se trata de un estudio realizado por el “Millenium Ecosystem Assesment” (literalmente “Valoración Ecosistémica del Milenio”), y en el que han participado 1.300 científicos de todo el mundo, con un coste de 18 millones de euros. Sus conclusiones son una nueva revelación de cómo día a día perseveramos en la destrucción de la biosfera.
Evidentemente, el planeta tiene amplios desiertos y el área en desertificación está ampliándose, por lo cual las observaciones generales del estudio referido no representan verdadera novedad. Pero lo que sí resulta novedoso, en cambio, es que el fenómeno en cuestión puede estar acelerándose, y que gran parte de las tierras actualmente consideradas como áridas y semi-áridas —que son el hábitat de 2.000 millones de personas, casi un tercio de la población mundial—, están en vías de desertificarse. Un tema en el que los españoles nos llevamos la palma dentro de Europa, con algo más del 40 por 100 del territorio en peligro de seguir esa senda.
El Prof. Uriel Safriel, uno de los partícipes del informe que comentamos, sostiene que el avance del desierto —en áreas como el Sahara, el Cuerno de África, Mongolia, Norte de China, y extensas áreas de las Ámericas, y el propio entorno del Mediterráneo— puede ser frenado con buenas prácticas conservacionistas: no atacar la cubierta vegetal a base de roturarlo todo; no transformar tierras de pastizales en cultivos permanentes cuando no pueden soportarlos; no expoliar los acuíferos como si fueran inagotables; no incurrir en el sobrepastoreo aniquilador; no promover la salinización con riegos inadecuados y otras muchas formas de entender lo que es la producción agrícola. Pero la sobrepoblación y la ignorancia, la falta de verdadera ayuda al desarrollo rural en los países menos avanzados, hace que todo lo criticado prosiga. Y que el cambio a mejor, hoy por hoy, sea una expectativa más bien quimérica. Es lo que tratamos de reflejar en el título de este trabajo, “Vox clamantis in deserto” (y por cierto, nunca mejor dicho, porque vamos hacia él).
Uno no tiene vocación de agorero, pero en este año de sequías generalizadas y de otras miserias, se aprecia más que nunca que entre todos estamos matando la biosfera. (Este artículo se lo dedico, in memoriam, a Charles David Keeling, el científico que murió el pasado lunes, 21 de junio, que fue un auténtico pionero: descubrió, midiéndolo después, el cambio climático por la acumulación de CO2 en la atmósfera).
Jueves, 16 de febrero
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Juan Carlos Ureta
Jaime Noguera
ClickTrade
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Institución Futuro. Think tank independiente
José Miguel Montes
Jesús Pérez
Ramón Tamames| Febrero 2012 | ||||||
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