Thomas Mann, el autor de La montaña mágica, Der Zauberberg, nació en Lübeck, ciudad alemana de la antigua Liga Hanseática en el Báltico, en 1875; y murió en Suiza, Zurich, en 1955, tras una vida llena de actividad y refinamiento, pero no por ello exenta de angustias y dolor. En Los Buddenbrooks se describe la casa paterna en la tenue luz nórdica, con su fachada noble y graciosa, interiores dignos y confortables, y un jardín atrás con surtidor. En mansiones así, cobijábanse en el puerto marinero la cortesía y la dignidad, el regusto por el trabajo, la reverencia al dinero, la existencia holgada, y la severidad de costumbres de una burguesía que desde mucho tiempo atrás disfrutaba del comercio, los viajes y las ciudades pulcras y bien administradas.
El propio gran escritor comentó esos plácidos orígenes, y su formación desde niño en un ambiente tan ordenado, a José Estelrich, el prologuista de las Obras Completas en español (Plaza y Janés), cuando se conocieron en 1936. El Premio Nobel tenía por entonces 60 años, y “presentaba el aspecto de un hombre vigoroso, robusto, sano, enérgico, rápido en los gestos, firme en la voz. Se advertía en seguida, en su apostura y comportamiento, al descendiente de esa estirpe de armadores y negociantes hanseáticos, cuya seriedad, y sentido práctico se combinaba con la entereza moral y la religiosidad, todo ello compatible con la tolerancia proverbial de quienes han visto medio mundo”.
Después de cursar estudios en la Universidad de Munich, el joven Thomas, residió por algún tiempo en Roma, donde evocando su ciudad natal empezó la composición de su novela Los Buddenbrooks, que publicó en 1901, a los 26 años de edad. Con un éxito en Alemania sólo comparable al que Goethe obtuvo en su día con las Desventuras del Joven Werther. Personalmente, leí Los Buddenbrooks en mi primera juventud, y desde sus primeros compases, la obra se me presentó como una suite en varios tiempos; sugerente de la historia del Norte de Alemania durante el siglo XIX, cuando las ciudades libres intuían lo que sería la restauración del Imperio Alemán por Bismarck.
Luego, ya como economista, aprecié esa obra todavía más, al estudiar a Walt Whitman Rostow, quien supo asociar su célebre teoría de las etapas del crecimiento a la estirpe de los Buddenbrooks: una familia que en su primera generación fue de comerciantes que perseguían y alcanzaron la riqueza; la segunda, ya se venció más del lado de la idea de ocupar cargos importantes en el gobierno de la ciudad; la tercera, considerando la riqueza y el poder como metas ya suficientemente logradas, y por ello de menor interés, se dedicó a las artes y especialmente a la música.
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Llegados a la madurez, los hermanos Mann, Heinrich y Thomas, tomaron partido en la polémica que en Alemania se suscitó a raíz de la guerra 1914/1918, y que la derrota agudizó aún más. Heinrich se situó en contra de las instituciones imperiales, y del lado de los republicanos; Thomas, por el contrario, optó por servir las ideas del Imperio y del ejército. Pero tras cuatro años de pugna consigo mismo, ese defensor inicial del pangermanismo imperialista, se adhirió, en 1922, al proyecto de Weimar que tanto había zaherido. Fue a raíz del asesinato de Walther Rathenau, de origen judío, Ministro de Asuntos Exteriores de la nueva República, un cambio de actitud cuyos motivos y alcance expuso en un memorable discurso ante los estudiantes berlineses. Desde entonces, proclamó su ideal europeísta, para garantizar el desarrollo pacífico de las naciones, y frente a los nazis emergentes, proclamó su idea de una Alemania europea, en vez de una Europa alemana.
En 1929, Thomas Mann recibió el Premio Nobel de Literatura, y en la gloria de ese galardón estaba, con sus ideas a favor de la paz, cuando Hitler llegó al poder en 1933. Hubo entonces de abandonar la patria idolatrada, la existencia apacible y próspera, la casa propia y, sobre todo, el medio intelectual en que se sentía vivir, y con ello, el aire necesario para alimentar su espíritu. Buscó refugio primero en Francia, después en Zurich, y finalmente en California, con la sombra del nazismo sobrevolándole de manera permanente, tras haber sido privado de la ciudadanía alemana en 1936.
A partir de esa expatriación, la biografía de Mann se vio vinculada al destino de su país, en medio de la melée desde la que siguió los acontecimientos históricos, defendiendo el valor de las fuerzas espirituales e intelectuales puestas en peligro por la nueva barbarie endógena de su patria. Sus ensayos al respecto —en gran medida mensajes radiofónicos al pueblo alemán durante la guerra— se reunieron en el volumen ¡Atención, Europa! (Achtung, Europa!, 1938), y constituyeron, en su primera parte, una dramática advertencia a las democracias occidentales por haber permitido el desarrollo del fascismo y el nacismo.
La entrañable presencia de Goethe acompañó a Mann en su exilio, y en una de sus obras tardías, Doktor Faustus, de 1947, manifestó su última filosofía, acerba, desconsolada, y lúgubre, sobre la suerte de Alemania y de la humanidad; en un mundo cuyo orgullo se precipitaba a los abismos. En la referida novela erigió la figura del músico Faustus (Schönberg según todos los indicios), a quien el Diablo concedió los lauros del genio a condición de que renunciara al amor. El mito, tan goethiano de El Fausto, resurgió al sonar la hora de hundirse Alemania con el colapso de su cultura: “todo un agotamiento de la civilización; una victoria de Satanás”.
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La Montaña mágica, Der Zauberberg, la que se tiene por obra capital de Mann, se publicó en 1924, y como recuerda Rosa Mora en El País (9.II.05), empezó a escribirse en 1913; poco antes de la primera guerra mundial y ya publicada Muerte en Venecia. Como es bien sabido, la gran novela relata la prolongada estancia de Hans Castorp en un sanatorio de los Alpes suizos, en Davos, la estación de esquí de alto standing, que hoy sirve de sede oficial para el World Economic Forum, el Club de los ricos y de la globalización pura y dura; frente al Foro Social Mundial de Porto Alegre.
Allí mismo, con un paisaje humano bien distinto del actual, y en tiempos en que la burguesía aún se regodeaba en medio de sus más dulces encantos, Mann hizo el gran balance literario sobre la enfermedad, la muerte y el tiempo; en el curso de conversaciones inacabables entre el liberal y racionalista Settembrini, siempre opuesto al ex jesuita Naphta. Figuras, las dos, que constituían un reflejo de la dialéctica mental del autor (Ach, zwei Seelen wohnen ach! in meiner Brust!, que dijo Goethe), sentando las bases de la mejor novela del siglo XX. Como ya en la década de 1940 nos decía en el Liceo Francés de Madrid nuestro profesor de Literatura Miguel Álvarez. Viniendo a coincidir, con lo que después subrayaría el mexicano Carlos Fuentes, Premio Cervantes, quien es manifestó contundente al respecto: «si Joyce es Irlanda y la lengua inglesa, y Proust Francia y la lengua francesa, Thomas Mann es más que Alemania y la lengua alemana».
Lo que se configura en el escenario del sanatorio para tuberculosos en medio de los Alpes, acaba siendo el mejor caldo de cultivo para la iniciación intelectual y erótica de un joven ingenuo en una Europa decadente, y ya en puertas la gran guerra. Sentados en sus tumbonas, ajenos al transcurrir del tiempo, un puñado de personajes tan dispares como inolvidables, representan la condición humana con todos sus claroscuros: Joachim busca en la muerte el honor que la vida le ha negado; Wehsal, deja discurrir su inconsolable pena de amor; Clawdia Chauchat es objeto implacable de la fascinación y el deseo; y los dos ya mencionados, el ex-jesuita Leo Naphta, y el librepensador Settembrini, son como el hilo conductor de gran parte de ese coloquio inagotable.
Todo eso, y mucho más, es lo que hace de La montaña mágica una obra fundamental de la literatura. De modo que quien se aventure en sus páginas, nunca vuelve a ser el mismo. Eso es lo que precisamente me sucedió a mi, cuando estaba a punto de cumplir los 40 años; tal como registré en mi novela Historia de Elio, donde puse en boca de mi protagonista unas referencias sobre el caso.
“Para él [Elio], uno de los grandes placeres consistía en poder recogerse al calor de la lumbre en su casa en el Valle del Langa, y contemplar el resplandor de las llamas, oír crepitar los leños, y leer sin otra limitación que el cansancio y el sueño. Como le sucedió con La Montaña Mágica, cuando se adentró en ella para siempre durante tres noches seguidas, con los dos días de en medio transcurriendo casi como en un sueño, con la resonancia de las inacabables discusiones de Settembrini y Naphta. En varias ocasiones, para avanzar más rápidamente en su lectura, para desvelar la trama, saltaba párrafos e incluso páginas enteras. Pero al final, cuando ya hubo terminado el libro, volvía atrás, en busca de los pasajes no leídos, con la avidez del sediento que apura las últimas gotas de agua del fondo de un vaso”.
En cierto modo, todo lo dicho por Elio se siente en el proemio de La Montaña Mágica, en la declaración de “Intenciones del autor”, que en parte nos permitimos reproducir:
“Queremos contar la historia de Hans Castorp, no por él mismo…, sino porque su historia, por ella misma, nos parece muy digna de ser contada…. Esta historia se remonta a un tiempo muy lejano; por así decirlo, ya está completamente cubierta de una preciosa pátina y, por lo tanto, es necesario contarla bajo la forma del pasado más remoto.
…Debemos señalar que la extrema antigüedad de nuestra historia se debe a que se desarrolla antes del gran vuelco, del gran cambio que hizo tambalearse hasta los cimientos de nuestra vida y de nuestra conciencia… Se desarrolla —o, para evitar sistemáticamente el presente: se desarrolló— en otro tiempo, en el pasado, antaño, en el mundo anterior a la Gran Guerra, con cuyo estallido comenzaron muchas cosas que, en el fondo, todavía no han dejado de comenzar…
La contaremos en detalle, exacta y minuciosamente; pues ¿cuándo ha dependido lo amena o lo larga que se nos hiciera una historia, del tiempo que se requiere para contarla? Al contrario, sin temor al reproche de haber sido meticulosos en exceso, nos inclinamos a pensar que sólo es verdaderamente ameno lo que ha sido narrado con absoluta meticulosidad…
La montaña mágica es una historia minuciosa, escrita a la altura de un tiempo, y por ello, como sostiene Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, resulta la mejor introducción a la cultura del siglo XX. Porque “del mundo cerrado del sanatorio alpino, parten todos los hilos que los maîtres à penser del siglo retomarían: los temas que aún hoy siguen alimentando las discusiones están ahí, preanunciados y expuestos”.
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Ahora, La Montaña Mágica recibe en España un nuevo impulso, con la versión que directamente del alemán ha hecho Isabel García Adánez para su edición por Edhasa. La importancia de esa nueva traslación, nos dice Toni Montesinos en La Razón (3.III.05), radica en el hecho de que en ella quedan reparados los fragmentos o pasajes enteros que Mario Verdaguer, el primer traductor en 1934 para la editorial Apolo, eliminó, no se sabe por qué. Una de tantas razones que le sirven al citado crítico para resaltar la extrema necesidad que teníamos de disponer, por fin, de una gran versión de La montaña Mágica, pues “se trata de uno de esos productos de alta cultura que hoy se encuentran en peligro, porque exigen educación y reflexión considerables”.
García Adánez que ya había traducido para Edhasa la obra de Klaus, uno de los hijos suicidas de Mann, El volcán, se ha enfrentado, a un gran desafío lingüístico y estilístico, aportando al español el texto íntegro que Verdaguer no respetó; siendo aún más extraño que lo ya dicho, la circunstancia de que retiró el pasaje en el que Hans Castorp va a entrar en un burdel. Como también expurgó fragmentos del final de la obra, donde se describe con meticulosidad la Gran Guerra.
Por lo demás, Verdaguer también abrevió la secuencia en que Hans Castorp asiste a una sesión de espiritismo. Por otro lado, y como subraya la Prof. Marisa Siguán (El País, 9.II.05), en la ya mencionada traducción de 1934 se decía explícitamente que el libro “había sido vertido directamente del alemán”, cuando es muy probable que esa versión se inspirara en la francesa; como demuestran “una serie de galicismos que no aparecían en el original alemán”. En definitiva, resurge con toda su fuerza la vieja sentencia condenatoria: ¡Traduttori, traditori!.
Así las cosas, no cabe duda de que “la versión de García Adánez devuelve toda la claridad del texto de Thomas Mann, al cual aporta modernidad”. Así se expresa Daniel Fernández, director de Edhasa. A lo cual puede agregarse una rigurosa confesión: “No he simplificado nada, he querido que en español [el texto] suene tan natural y fresco como en alemán” (García Adánez dixit).
En fin de cuentas, con la nueva traducción se restaura la magia de La Montaña… alpina, que resurge como de sus fondos telúricamente magmáticos. Y a la vista de ella, sigo pensando que estamos ante la mejor novela del entero siglo XX, punto culminante del proceso que en su vida literaria siguió Thomas Mann: una cierta felicidad ante el progreso y el humanismo en Alemania (Los Bruddenbrooks, 1901); Muerte en Venecia, 1913, expresiva tal vez de una homosexualidad contenida; La Montaña … 1924, como gran discurso sobre el sentido de la vida; y Doktor Faustus, 1947, como el momento más trágico de una patria dolorida y de un observador abatido.
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Por fin he logrado terminar mi breve novela " El diario de Clawdia Chauchat ", alargándola algunas páginas más tal como me aconsejó el profesor Tamames. He recibido sus elogios que le agradezco, y me confirman que he conseguido redondear una novela corta, que creo merecerá la aprobación de numerosos lectores amantes de la obra La montaña mágica de Thomas Mann. Trataré por todos los medios, tan modestos, a mi alcance, de exponerla públicamente con la colaboración de algun sello editorial, para que la opinión general emita su veredicto. A. Palomares
He rematado satisfactoriamente el final de mi breve novela El Diario de Clawdia Chauchat, cuyo ejemplar envié hace pocos dias, a la vista del interés mostrado, al profesor Tamames, cuyo gesto me agradeció, mediante carta, en la que no regateó elogios acerca de mi breve novela, que siempre agradeceré y tendré en consideración, habida cuenta de su reconocido prestigio intelectual y elevado bagaje cultural de su ya larga y prestigiosa trayectoria profesional. Aprovecho para ofrecer su lectura a cualquier navegante de internet que me lo solicite, de forma desinteresada. A. Palomares
Agradezco el interés mostrado por el profesor Tamames. He tomado nota de sus sugerencias y para no dejar como él afirma a los lectores con la miel en los labios, de mi Diario de Clawdia Chauchat, he decidido prolongar la breve obra, con nuevos episodios amorosos entre la joven rusa y Hans a su vuelta del frente de batalla. A. Palomares. 21 de abril 2009
Afortunadamente he logrado poner el punto y final a mi breve obra imaginaria " El diario de Clawdia Chauchat ", cuyo destino desgraciadamente será reposar indefinidamente entre las muchas páginas anónimas escritas por mi, ya que tan difícil resulta conseguir poner una obra literaria mnueva en las librerías. Pero no importa. He gozado el placer solitario de crearla y darla por acabada. Ese proceso creador inigualable, que independientemente de que se publique o no, no deja de ser un extraordinario gozo intelectual al alcance tan solo de los que amamos verdaderamente la literatura.
Ya terminado El diario de Clawdia Chauchat, y por el interés mostrado por el Sr. Tonety, me gustaría poner a su disposición el breve relato imaginario, con el fin de conocer su opinión.
Mi comentario va dirigido a Tonety: Soy yo el autor de " Diario de Claudia Chauchat". Voy avanzando en la redacción de este diario, aunque lentamente. Espero terminarlo en este año 2008. Agradezco el interés de el Sr. Tonety. No se si ya terminado conseguiré ponerlo en las librerías. aludos.
He leído la obra este verano, en un pueblo cercano a Ginebra, a la sombra del Saléve. Me gustaría tener noticias sobre ese interesante diario imaginario de Claudia Chauchat.
Hoy, miércoles 25 de Julio, he comenzado a leer "La Montaña Mágica" en la recomendadísima edición de Edhasa.
Mucho me temo en erigirme en eco vivo de "Wehsal", dejando discurrir mi inconsolable pena de amor. Lo cierto es que como desvelado por la filosofía y el insondable misterio del hombre... era una deuda conmigo mismo.
Sábado, 18 de febrero
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Juan Carlos Ureta
Jaime Noguera
ClickTrade
Grupo Cenyt
Institución Futuro. Think tank independiente
José Miguel Montes
Jesús Pérez
Ramón Tamames| Febrero 2012 | ||||||
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