Contra la ilusión de inocencia, por José Antonio Pagola.
24.10.07 @ 12:19:44. Archivado en Pagola, Evangelio
La parábola de Jesús es conocida. Un fariseo y un recaudador de impuestos «suben al templo a orar». Los dos comienzan su plegaria con la misma invocación: «Oh Dios». Sin embargo, el contenido de su oración y, sobre todo, su manera de vivir ante ese Dios es muy diferente.
Desde el comienzo, Lucas nos ofrece su clave de lectura. Según él, Jesús pronunció esta parábola pensando en esas personas que, convencidas de ser «justas», dan por descontado que su vida agrada a Dios y se pasan los días condenando a los demás.
El fariseo ora «erguido». Se siente seguro ante Dios. Cumple todo lo que pide la ley mosaica y más. Todo lo hace bien. Le habla a Dios de sus «ayunos» y del pago de los «diezmos», pero no le dice nada de sus obras de caridad y de su compasión hacia los últimos. Le basta su vida religiosa.
Este hombre vive envuelto en la «ilusión de inocencia total»: «yo no soy como los demás». Desde su vida «santa» no puede evitar sentirse superior a quienes no pueden presentarse ante Dios con los mismos méritos.
El publicano, por su parte, entra en el templo, pero «se queda atrás». No merece estar en aquel lugar sagrado entre personas tan religiosas. «No se atreve a levantar los ojos al cielo» hacia ese Dios grande e insondable. «Se golpea el pecho», pues siente de verdad su pecado y mediocridad.
Examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecer a Dios. Tampoco se atreve a prometerle nada para el futuro. Sabe que su vida no cambiará mucho. A lo único que se puede agarrar es a la misericordia de Dios: «Oh Dios, ten compasión de este pecador».
La conclusión de Jesús es revolucionaria. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve a casa trasformado, bendecido, «justificado» por Dios. El fariseo, por el contrario, ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.
A veces, los cristianos pensamos que «no somos como los demás». La Iglesia es santa y el mundo vive en pecado. ¿Seguiremos alimentando nuestra ilusión de inocencia y la condena a los demás, olvidando la compasión de Dios hacia todos sus hijos e hijas?
José Antonio Pagola
Red evangelizadora Buenas Noticias
Piensa en quienes no se sienten bien ante Dios. Pásalo
28 de octubre de 2007
30 Tiempo ordinario (C)
Lucas 18, 9 – 14
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Los demás no tendrían que verse "en la necesidad de acusarnos".
Si es que son tan buenos... Y con cuánto dolor, con cuán inmenso dolor, se mofan de los católicos.
Los diferentes, la mujer...
Qué razón tienes, querida...
Si los 8.000 religiosos y religiosas asesinados en la guerra civil se lo tenían merecido...
¿Y el "poder de la iglesia"? ¿Con qué poder pacta la iglesia? ¿Con Zapatero? ¿Con el BBva? ¿Con McDonald?
Siempre difamando a la Iglesia.
Que Dios te perdone, María, que Dios te perdone...
P.-
Para la tentación que nos atribuyes... hay que reconocer que el mundo nos pone en nuestro sitio constantemente. ¡Qué buenos son con nosotros!
Por cierto, qué razón tienes en lo que los que oran erguidos y los que se arrodillan: no hay más que verlo, en cualquier iglesia, hoy día, durante la Consagración.
P.-
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