Fuera de los pobres no hay salvación, por Jon Sobrino
19.05.07 @ 13:05:31. Archivado en Recortes, Libros
Pocas veces el diario El País reseña libros de teología o religión. Nada comparable con reseñas de este tipo, por ejemplo, en la prensa alemana. Hoy en cambio nos trae un pequeño comentario de J.J.Tamayo al libro de Jon Sobrino Fuera de los pobres no hay salvación. Pequeños ensayos utópico-proféticos.
No corren buenos tiempos para la utopía y el profetismo, pero este libro del teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino convierte en el centro de su reflexión ambas categorías. Junto a ellas el teólogo recupera la Iglesia de los pobres y plantea como alternativa una civilización de la austeridad compartida.
Coincidiendo con la publicación de la censura a la que la Congregación para la Doctrina de la Fe ha sometido dos obras del teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino, se publican estos "pequeños ensayos utópico-proféticos" que, por suerte, no han caído en manos de los censores vaticanos. "En nuestro mundo oficial", sentencia Sobrino al comienzo del libro, "ya hemos despertado del sueño dogmático, del que nos quería liberar Kant. Pero seguimos sin despertar del sueño de cruel inhumanidad, del que aquel fraile del siglo XVI (Antonio Montesinos), en la Española, acusaba a los encomenderos, responsables de crueldad y exterminio... 'éstos, ¿no son hombres?, ¿no tienen ánimas racionales?, ¿esto no veis?, ¿esto no sentís?, ¿cómo estáis en sueño tan letárgico dormidos?" (página 13). En medio de la indiferencia ante el rumor de la miseria y el clamor de la muerte, el discurso de Sobrino resulta intranquilizador, subversivo o como él mismo dice, escandaloso y contracultural.
No corren vientos propicios para la utopía, como tampoco para el profetismo. Quizá nunca los hayan corrido y ésa sea su característica principal: la de tener que avanzar contra viento y marea. La utopía, que pertenece a la naturaleza del ser humano ("ser hombre es tener una utopía", decía Bloch), está sufriendo un largo destierro y ha sido excluida del lenguaje de la filosofía y de la ciencia, donde se ha impuesto el discurso realista y pragmático. Similar destino le ha tocado al profetismo que está en la entraña misma del cristianismo y, sin embargo, ha sido eliminado del lenguaje teológico y de la ética de las religiones, donde se ha impuesto el discurso de la gestión y de la ortodoxia. El libro de Jon Sobrino viene a rescatar del olvido ambas categorías inherentes a la tradición judeo-cristiana, convirtiéndolas en el centro de su reflexión: la utopía como proyecto de un futuro mejor para las mayorías empobrecidas; el profetismo en su doble vertiente de denuncia de la injusticia estructural que domina el mundo y de anuncio de otro mundo posible. Junto a ellas recupera otra categoría mayor de la teología de la liberación, la Iglesia de los pobres, que fue, para Juan XXIII, el principio inspirador del concilio Vaticano II, tal como consta en el memorable mensaje radiofónico del 11 de septiembre de 1962, poco antes de la inauguración del concilio Vaticano II: "La Iglesia se presenta, para los países subdesarrollados, como es y quiere ser: la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres".
Tres figuras inspiran y acompañan muy de cerca la reflexión de Sobrino en este libro, las tres utópico-proféticas: el teólogo y filósofo Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, pensador crítico y hombre de la praxis, asesinado en 1989 junto con otros cinco compañeros jesuitas y dos mujeres salvadoreñas; Óscar Romero, arzobispo de San Salvador asesinado en 1980; Pedro Casaldàliga, obispo ya emérito de Brasil -a quien la muerte le viene rondando desde hace cuarenta años en plena selva del Matto Grosso-, cuya propuesta es "humanizar la humanidad".
El autor parte del certero diagnóstico de Ellacuría: la civilización del capital y de la riqueza "no civiliza", está gravemente enferma, más aún, "amenazada de muerte", en palabras de Jean Ziegler. Esa civilización hace de la acumulación del capital el motor de la historia, de su posesión y disfrute selectivos el principio de humanización, y del derecho de todos el privilegio de unos pocos. La alternativa, para Sobrino, no puede ser otra que una civilización de la austeridad compartida, y su principio el de que da título al libro, "fuera de los pobres no hay salvación", un principio inclusivo guiado por la solidaridad, que no se reduce a la eficacia instrumental, sino que es la "ternura de los pueblos" y consiste en "llevarse mutuamente los desiguales". El nuevo principio de solidaridad deja sin efecto el viejo axioma excluyente "fuera de la Iglesia no hay salvación", todavía hoy vigente en la teología oficial y en la práctica eclesiástica.
Sobrino logra compaginar armónicamente en este libro dos maneras de hacer teología: una, desde los testigos y los mártires, otra, desde textos, ambas en permanente círculo hermenéutico.
Presentación de la editorial
El 6 de noviembre de 1989, pocos días antes de ser asesinado, Ignacio Ellacuría declaraba: «Esta civilización está gravemente enferma, y para evitar un desenlace fatídico y fatal es necesario intentar cambiarla». Y precisaba el sentido radical de este cambio necesario: «Sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección». Al sueño de cruel inhumanidad del que sigue sin despertar nuestra civilización del capital y la riqueza estas palabras contraponen la esperanza desmesurada depositada en la «civilización de la pobreza».
En este libro, colección de «pequeños ensayos utópico-proféticos», Jon Sobrino busca romper la lógica de la civilización de la riqueza poniendo la salvación en relación con los pobres: «extra pauperes nulla salus», «fuera de los pobres no hay salvación». Fórmula desafiante, sin dejar de ser modesta, pues no dice que con los pobres haya automáticamente salvación, sino que sin ellos no la hay. Fórmula vigorosa, cuyo desarrollo y justificación requieren, sin embargo, mucho espíritu de fineza para que con el razonamiento converjan «sabiduría, reflexiones, testimonios, experiencias». Así, la opción por los pobres y la urgencia de «humanizar la humanidad» (Pedro Casaldáliga) no sólo son contempladas históricamente, sino desde el trasfondo teológico de dos realidades que expresan la esperanza de la fe cristiana: el reino de Dios y la resurrección de los muertos. Y el recuerdo explícito de monseñor Romero e Ignacio Ellacuría pretende ser muestra de cómo hacer teología desde testigos y mártires, aquellos que «mejor conocen y hacen presente al testigo y mártir Jesús».
Comentarios:
Estoy de acuerdo en esto con Sobrino.
Hace falta volver a los principios evangelicos de la renuncia, el esfuerzo y la dedicación a los menos favorecidos
Y mientras no seamos tolerantes para buscar posturas conciliatorias los extremos se polarizarán...
SOCIOLEGO desde Colombia
Y
Fuera de los pobres no hay salvación: pobristas
De todas las frases filosóficas pronunciadas por religiosos, y personas dedicadas a mostrar los caminos de la fe cristiana, hay una que no se me borrará de la mente, bastante más explosiva que la de Sobrino.
Decía un curita malagueño, santo entre la miseria y el hambre, que "NO HAY DIOS QUE ENTRE EN MIERDA, NI MIERDA QUE ENTRE EN DIOS".
El padre Jacobo no se peleó con la iglesia, ni escribió libros, ni fue considerado maestro de la Biblia, pero dejó amor por un "tubo", allá por donde pasó.
Pidió a los ricos, para entregarlo a los pobres. Porque pedir sí es cristiano, mientras que robar, arrebatar, matar, no lo es.
Robar, arrebatar, matar, es mierda.
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