"Vivir y comunicar el evangelio hoy" carta pastoral 4
26.02.07 @ 13:59:12. Archivado en Evangelio, Recortes
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPONA Y TUDELA,
BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
CUARESMA – PASCUA 2007
IV. VIVIR LA VOCACIÓN EN EL QUEHACER COTIDIANO
1. Nuestro trabajo
a. Los bienes, fruto del trabajo y don de Dios
a. Trabajar, confiando en la Providencia
2. Nuestra familia
3. Nuestra responsabilidad para con el bien común
a. El amor como actitud de servicio
b. Estar al lado de los más pequeños
b. Trabajar aquí, esperando la venida definitiva del Señor
IV. VIVIR LA VOCACIÓN EN EL QUEHACER COTIDIANO
El desarrollo de nuestra vocación evangélica, a través del cual todos hemos de aspirar a ser perfectos como el Padre es perfecto, exige mantener una tensión entre la actitud de disposición total, por una parte, y la práctica cotidiana concreta, por otra parte. No solamente por razones prácticas evidentes, sino desde nuestra participación en el amor creador de Dios, somos, a nuestra vez, cooperadores con su obra a través de nuestro trabajo, del amor conyugal y familiar y de nuestra contribución al bien común.
Estos tres quehaceres cotidianos básicos se desarrollan a través de un sinnúmero de actividades y relaciones imprescindibles, que, sin embargo, sólo cobran su auténtico sentido si tienen como centro al Dios que hemos de amar con todo nuestro ser y sobre todas las demás cosas. De ahí que todos nuestros afanes y tareas hayan de realizarse con la mirada puesta en Dios, siendo, según la espiritualidad ignaciana, “contemplativos en la acción”.
Tanto lo que somos como lo que hacemos tiene su raíz y su centro en Dios. Jesús nos habla de esta radicalidad, presentándonos exigencias para seguirle que nos resultan difíciles de entender, que parecen chocar con nuestros deberes elementales; y, sin embargo, aunque parezca lo contrario, son aplicables a toda persona creyente y no únicamente a las vocaciones especialmente consagradas. Veámoslo, comenzando por su exhortación acerca del seguimiento:
Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:
- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?
(Evangelio de Marcos, capítulo 8, versículos 34-37)
¿Puede pensarse algo más contracultural? ¿Puede, sin embargo, pensarse algo más necesario para sanar una cultura obsesionada consigo misma y con sus propios logros? ¿Podemos responder afirmativa y auténticamente a esta llamada de Jesús sin que ello nos cree un conflicto con nosotros mismos, con nuestro entorno y con las responsabilidades de todo tipo que recaen sobre nosotros? Presentimos, sin embargo, que una respuesta afirmativa encierra un gran potencial liberador.
Hay que distinguir dos niveles en esta llamada exigente de Jesús, que se repite una y otra vez, aplicada a los principales ámbitos de la vida, tales como el trabajo, los bienes que poseemos, nuestros múltiples y agobiantes afanes, la familia y la responsabilidad frente a los demás. El primer nivel va siempre a la raíz: Dios es la fuente y el centro de nuestro ser y de nuestro quehacer y, por tanto, todo, absolutamente todo, ha de ser referido mediata o inmediatamente a El. El segundo nivel es de carácter práctico y consiste en adoptar un estilo de vida coherente con lo anterior, hecho de acciones concretas que marcan el carácter de nuestro seguimiento a Jesús.
Negarse a uno mismo, significa, en primer lugar, reconocer que yo no soy ni mi propio dios ni el dios de nadie; significa igualmente reconocer que la vida es un don que me ha sido dado gratis por Dios. Por ello, si me cierro en mi mismo, guardando mi vida para mi, no haré otra cosa que convertirme en mi propio prisionero, en el sirviente de mis propias obsesiones, matando de ese modo la raíz por la que me uno a la fuente de la vida y, por tanto, matando mi propia vida.
Esto tiene una vertiente práctica evidente: el don de la vida recibida sólo puede fructificar y crecer en cuanto don, esto es, siendo a su vez, como en el caso de Jesús, don y fuente de vida para los demás y para el mundo. En caso contrario, se traiciona a si mismo y se agosta y muere. Esta aparente paradoja es la experiencia humana más auténtica y básica, a pesar de que, como ya lo hemos dicho más arriba, nuestra cultura, nuestras limitaciones y la consiguiente opacidad de la existencia nos impidan reconocerla con claridad.
1. Nuestro trabajo
Este principio va a regir en todas las enseñanzas y exhortaciones de Jesús. Veamos un ejemplo referido al trabajo y a nuestros innumerables afanes:
Cuando iban de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
- Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó:
- Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.
(Evangelio de San Lucas, capítulo 10, versículos 38-42)
Como en cualquier relato evangélico, los detalles son imprescindibles para captar toda su profundidad. Jesús y la comunidad de sus seguidores van siempre de camino, en un constante peregrinar guiado por el Espíritu que, como sabemos, les conducirá finalmente a Jerusalén y, más en concreto, guiará a Jesús hasta el calvario. Al inicio del pasaje Jesús entra en un pueblo y una mujer, Marta, lo recibe en su casa. Ayer como hoy, recibir a alguien en nuestra propia casa no es algo superficial, sino mostrar y compartir una parte de lo que somos y nuestra manera de vivir. Es, por tanto, un acto significativo de amistad, por el que mostramos nuestro aprecio y confianza a quien recibimos. La confianza es necesaria porque, al abrir nuestra casa a otros, exponemos una parte fundamental de nuestra manera de ser y de vivir, lo que sin duda entraña arriesgarse o descubrirse ante ellos. Marta asume ese riesgo y recibe a Jesús.
El texto nos hace volver la vista hacia la hermana de Marta, María, quien, por su actitud, considera a Jesús un gran maestro espiritual. Los datos que lo hacen suponer son dos: el primero es su colocación con respecto a Jesús, no como su interlocutora, sentada a su misma altura, sino a sus pies, como señal de admiración y respeto. El segundo es que tal postura tenía por objeto escuchar las palabras que Jesús decía. Nos la podemos imaginar sorbiendo las palabras de Jesús. Una vez más, se nos muestra que el movimiento físico y el espiritual se dan la mano.
El relato nos presenta dos actitudes diferentes ante la visita de Jesús, al decirnos que, mientras María estaba absorta como discípula, Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio. Considerando que su hermana María le dejaba a ella toda la carga del trabajo, Marta, la anfitriona, le pide a Jesús que tome postura y actúe en su favor. La respuesta de Jesús, favorable a María, de que sólo una cosa es necesaria, es de nuevo un claro reflejo de cuál ha de ser nuestra jerarquía de valores para vivir el Evangelio: Jesús, Hijo encarnado del Padre, es lo único esencial. Todas nuestras tareas y afanes, por muy importantes que nos parezcan, no son esenciales, sino en la medida en que se refieran al seguimiento de Jesús.
Nuestra cultura está centrada de manera preponderante en la acción transformadora que conduce a un progreso científico y económico cada vez más vertiginoso. La acción que tiene éxito, que hace avanzar nuestra capacidad de dominar el mundo físico para transformarlo según nuestras prioridades o que “crea riqueza”, es la que mejor se cotiza en el “mercado de valores” de nuestra cultura. Esto nos mueve a todos a pujar en semejante mercado, preparándonos, especializándonos y profesionalizándonos, para poder contar y ser alguien.
¿Somos conscientes de que el mundo de lo propiamente humano está cada vez más sometido a esta dinámica que comienza a resultar arriesgada e incluso peligrosa? ¿A dónde nos está conduciendo? Cada vez se alzan más voces diciendo que ese gran ídolo de nuestra cultura que llamamos progreso y en cuyo altar se nos exige que lo sacrifiquemos casi todo, nos está conduciendo a la destrucción del planeta. Llamados a ser colaboradores con la obra de la Creación, nos hemos convertido en agentes de su ruina, deslumbrados de forma inmadura por nuestras capacidades técnicas. Cegados por nuestro propio bienestar egoísta y creyéndonos “los amos del mundo”, no somos capaces de ver que vamos a legar un planeta maltrecho a las futuras generaciones. En último término, nuestra dinámica de “progreso” no sólo daña al planeta físico, sino que hiere gravemente el mundo de los valores humanos y de la vida.
Este relato clásico de Marta y María relativiza y critica la importancia de la “acción transformadora” que nos agobia y obsesiona, para dirigir nuestras miradas a lo único necesario: Jesús, peregrino del designio salvífico del Padre, conducido por el Espíritu. El es el maestro y guía que nos muestra el rostro de Dios y, por tanto nuestro auténtico ser y el del mundo que hemos sido llamados a cuidar, preservar y humanizar mediante nuestro trabajo.
a. Los bienes, fruto del trabajo y don de Dios
El progreso derivado del trabajo se mide de modo casi exclusivo en términos de riqueza. En la práctica esto ha generado una cultura de la competencia, cada vez más agresiva e individualista. Para compensar la dureza de esa competencia hemos desarrollado también una cultura de la satisfacción. ¿Es esto acorde con el vivir evangélico? Dejemos hablar al propio Evangelio:
Cuando salía Jesús de camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
- Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó:
- ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.
Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
Él replicó:
- Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
- Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
- ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!
(Evangelio de Marcos, capítulo 10, versículos 17-23)
¿Quién, que de una u otra manera se haya interrogado acerca de su fidelidad al Evangelio, no se siente reflejado en este pasaje? Como la mayor parte de los relatos evangélicos, éste también está surcado por detalles que le otorgan gran capacidad para reflejar sentimientos y actitudes de honda humanidad y espiritualidad. Volvemos a encontrarnos con un Jesús que, en este caso y una vez más, se pone en camino en manos del Espíritu.
El texto nos describe en detalle la manera como una persona se dirige de pronto a Jesús, revelándonos así la actitud espiritual de dicha persona: corre, al encuentro de Jesús, se arrodilla, ante El, le pregunta, y se dirige a El como Maestro bueno, esto es: siente la urgencia de discernir su propia vida, percibe que para ello necesita encontrarse con Jesús, adopta una posición de total humildad ante El, busca tener un encuentro franco y directo; finalmente, le reconoce como el Maestro que puede aclarar su dilema existencial clave, ya que es bueno.
La reacción de Jesús al ser llamado bueno revela su papel mediador y su especial relación con el Padre. Jesús cuestiona el apelativo de bueno y lo atribuye exclusivamente al Padre, actualizando ante su interlocutor su radical amor a Dios como único centro de su existencia, e invitándole a hacer lo propio. ¿Quién, que haya tratado de ser franco y noble consigo mismo y con Jesús, no se siente reflejado en la búsqueda anhelante que revela la respuesta de la persona a la lista de preceptos que Jesús le acaba de enumerar? Sentimos que, aunque no resulte siempre fácil cumplir los preceptos, el hacerlo no es suficiente; presentimos que ellos son indicadores de algo mucho más importante que deseamos alcanzar.
Es precisamente la nobleza de esa búsqueda anhelante la que, de pronto, toca el corazón de Jesús y le mueve a mirar fijamente, con cariño, a su interlocutor. El gesto, como en otras ocasiones en el Evangelio, muestra la hondura de su encarnación a través de su profunda humanidad. También muchos de nosotros hemos sentido su mirada penetrante en el pozo de nuestro corazón, hemos experimentado su amor y, por tanto, hemos escuchado su invitación: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.” Y, por ello, nos sentimos plenamente reflejados en la tristeza y la falta de audacia del noble discípulo para dar el salto cualitativo que Jesús le demanda. El relato finaliza con un Jesús que, mirando a su alrededor, nos dice a todos los que queremos seguirle: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!” Son palabras que nos invitan a meditar muy profundamente.
La cuestión planteada y la respuesta de Jesús nos afectan a todos: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” La pregunta no se refiere a qué debe hacerse para seguirle de manera especial, o, como se decía en la teología medieval y ha pervivido hasta el Vaticano II, para abrazar un modo de vida de mayor perfección, sino que se refiere a la condición misma para salvarse. Esto ayuda a comprender que no hay distintos grados de santidad entre el discipulado, sino sólo distintos modos, igualmente necesarios y válidos, de seguimiento, porque todos estamos llamados a la perfección de la santidad.
El texto nos muestra algo especialmente relevante para nuestra cultura y para todos los que estamos inmersos en ella: la invitación a tener un tesoro en el cielo. Dios es nuestro único tesoro verdadero y, por tanto, todo lo creado adquiere la condición de tesoro en cuanto está referido a El. Si en vez de ese tesoro, nos fabricamos otros, cortando así nuestra relación esencial con la fuente de la vida, no podemos tener vida eterna. Sabemos por experiencia lo difícil que resulta liberarse de esos otros tesoros en una cultura que, por su fuerza, es como un río que nos arrastra. Por ello, vivir el Evangelio hoy tiene un notable componente contracultural. Mantenernos firmes en medio de la corriente nos exige generosidad, lucidez, apoyo comunitario y relación personal con Dios para contrastar, discernir, actuar y perseverar.
Esta actitud radical y primaria de tener nuestro tesoro en el cielo debe encontrar un reflejo práctico: obsesionados como estamos con la carrera del progreso y de la mejora de nuestro cada vez más alto nivel de vida, Jesús nos recuerda que no tenemos derecho a guardar nuestros bienes sólo para nosotros. Todo es de Dios y Dios nos llama con urgencia a compartir lo que tenemos con quienes pasan necesidad, para que todos tengamos un sitio en la mesa común de la creación.
¿Podemos celebrar la eucaristía hoy sin sentir el aguijón de que al otro lado de la mesa del Señor de todos se sienta más de una mitad de la humanidad que pertenece a la “multitud de los desheredados”, por los que Jesús sentía una conmovedora compasión? ¿Cómo conciliar esta escandalosa insolidaridad con las palabras de San Pablo acerca de la celebración de la Eucaristía, cuando escribía a la comunidad de Corintio: “Cuando os reunís, pues, en común, eso no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.”? (Primera Carta de San Pablo a los Corintios, capítulo 11, versículos 20-21).
No basta con la solidaridad distributiva dentro de nuestra propia sociedad, sino que esa solidaridad ha de extenderse a todas las personas creadas por Dios. Como individuos y como comunidad cristiana hemos de buscar los necesarios cauces prácticos a tal fin. Es urgente que nos preguntemos si no somos Epulones indiferentes ante los Lázaros del mundo, que gimen a nuestra puerta. También es preciso que aprendamos de tanta gente humilde entre nosotros, muchos de ellos pensionistas, que, como la viuda del Evangelio, entregan su óbolo, movidos por la caridad.
La invitación de Jesús tiene otra consecuencia práctica: si nuestros bienes nos separan de Dios y del prójimo, no son sino un impedimento para nuestra propia vida y felicidad, debiendo deshacernos de ellos para “viajar ligeros de equipaje”. Esto nos lleva a tomar medidas para avanzar en otro rasgo del vivir el Evangelio que también resulta contracultural en una cultura de bienes y servicios cada vez más abundantes, complejos y sofisticados: la simplicidad de vida.
No se trata de rechazar por principio todo lo que signifique abundancia, complejidad y sofisticación, para volver a una especie de “vida natural” que nunca ha existido. No debemos olvidar que Dios creador fue el primer transformador del cielo y de la tierra creados por El. Así, en el primer momento tras su creación, según nos lo relata el Libro del Génesis, “la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo.” Dios convirtió este caos en un cosmos, esto es, en algo ordenado, creando la luz, separando las aguas, creando el firmamento, las plantas, los animales, la maravilla del Jardín del Edén y, por fin, el género humano, como hombre y mujer.
Todos los santos y santas de la historia que han querido recuperar la simplicidad evangélica han seguido cultivando y transformando con amor el regalo de la creación, muchas veces con sus propias manos. Para San Benito, el trabajo manual del monje era fundamental, tanto práctica como humana y espiritualmente. Ello condujo a la orden benedictina a jugar un papel tecnológico y cultural de primer orden en Europa, entre los siglos VI-XIII. San Buenaventura nos refiere que el propio San Francisco de Asís, modelo de desprendimiento y sencillez, arregló las iglesias de San Damián, San Pedro y la Porciúncula, siguiendo el mandato del Señor de reparar su Iglesia, casi en ruinas. Este hecho, de carácter espiritual, se manifestó en una acción física, aceptando y mejorando de ese modo la herencia recibida, al servicio de Dios.
No se trata, por tanto, de desertar de nuestra necesaria colaboración con la creación divina, para situarnos en una simplicidad falsa e inexistente. Somos y hemos de seguir siendo colaboradores del amor creador de Dios, pero no hasta el punto de convertirnos en prisioneros y esclavos de nuestras propias obras. La simplicidad es un requisito y un gran apoyo para la libertad de espíritu. La abundancia nos pesa, nos lastra y nos empobrece física, espiritual y creativamente. La saciedad, tan presente o tan buscada como actitud en nuestra sociedad de la satisfacción, simplemente nos mata en todos los sentidos.
No es ni fácil ni sencillo dar pasos concretos en esta materia ni personal, ni familiar, ni socialmente, por lo que supone de renuncia y de navegar contra corriente. De ahí que el salto que nos pide Jesús, mirándonos fijamente y amándonos profundamente, nos entristezca y nos asuste. Por ello mismo resulta del todo imprescindible. En este punto como en muchos otros, vivir con la mirada puesta en nuestro tesoro del cielo, esto es en el Dios a la vez trascendente e íntimo, nos libera de cadenas y nos ayuda a ser más creativos.
b. Trabajar, confiando en la Providencia
Quizá el colofón de lo antedicho esté en la siguiente enseñanza de Jesús acerca de la providencia divina:
- No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.
Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.
(Evangelio de San Mateo, capítulo 6, versículos 31-34)
No podemos decir que vivamos tiempos muy propicios a la creencia firme en la divina providencia. Dicha creencia está muy cerca de convertirse para nuestra cultura en sinónimo de superstición. Si algo cree firmemente la cultura moderna es en el poder de la acción humana para guiar y transformar la historia, máxime en una sociedad que se tiene a si misma por desarrollada y está orgullosa de sus propios logros. Es tan fuerte esta convicción que, en la práctica, todos la hemos interiorizado, hasta hacerla formar parte de nuestro modo natural de ver las cosas.
¿Tiene peso en nuestras vidas la creencia de que Dios, que nos ama hasta el extremo, mira sobre cada uno de nosotros con cariño y ternura de Padre? Hay entre nosotros gente y comunidades profundamente creyentes que, viviendo en presencia de Dios, sienten su mirada providente y dan testimonio de ello. Todos conocemos algunas de ellas, que nos sirven de inspiración y cuestionan nuestra manera de ver las cosas. Probablemente, sin embargo, una mayoría de nosotros haya de reconocer que, cuando menos, el peso de nuestra confianza en ese amor providente es muy relativo y más simbólico que real.
Este texto evangélico encierra algo en extremo significativo, aunque nos pueda pasar desapercibido: no es lo mismo creer que tenemos un Padre que no creerlo. Creer marca una diferencia esencial, con consecuencias prácticas que cambian radicalmente la manera de ver la vida y de vivir. Es normal, viene a decir Jesús, que quien no crea en ese Padre esté preocupado por las necesidades más elementales de la vida - comer, beber y vestirse - y se afane en asegurar la cobertura de las mismas. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Quién puede sustraerse a semejante preocupación? Aquí es adonde Jesús quiere dirigirse: el creyente en el Padre celestial del que ha recibido el don de la vida, si de verdad cree en El, no puede afanarse de la misma manera, sino que ha de tener una actitud confiada en Aquel que le ha creado y conoce sus necesidades.
Esta enseñanza de Jesús nos mueve a hacernos las siguientes preguntas: ¿sentimos que nuestra fe es un tesoro y una fuente inagotable de vida y de fuerza? ¿O la valoramos más bien como algo recibido, que no goza de gran predicamento social ni cultural y que no queremos ni perder del todo ni que nos marque de manera decisiva? Es cierto que el amor de Dios se extiende a todas sus criaturas y que el Espíritu guía toda la historia y suscita seguidores entre gentes de todas las culturas, razas y religiones. No por ello, sin embargo, debemos pensar que es igual profesar o no nuestra fe en el Dios revelado en Jesucristo; menos aún debemos ser presa de un sentimiento difuso que nos empuja a no distinguirnos de los demás. ¿No denota este sentimiento algo mucho más profundo, cual es la debilidad de nuestra fe frente a una cultura brillante y fuerte a la que estamos vitalmente adaptados y de la que nos resistimos a tomar distancia?
Jesús nos escruta el corazón con su mirada profunda y nos ama cuando le confesamos nuestra tibieza y le pedimos su guía para conocer y amar al Dios de la vida y del amor. Dejarnos tocar por su mirada amorosa y seguirlo nos libera de tal modo que nada vuelve a ser igual. La presencia del Dios providente en toda vida humana, hasta ese momento desapercibida, pasa a un primer plano y se vuelve concreta, luminosa e inspiradora de una gran confianza en Aquel que nos ama y toma nuestras vidas en sus manos. Este sentimiento hace exclamar al salmista:
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
(Salmo 27, versículo 1)
Es esa la experiencia y la clave desde la que Jesús nos habla, nos descentra de nuestras preocupaciones y afanes cotidianos y nos recentra en torno a lo único esencial: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” Nuestro único y auténtico afán es la búsqueda del Reino de Dios, esto es, de la presencia eficaz y definitiva del Dios-amor entre nosotros acontecida en Cristo, siguiendo en esa búsqueda la pauta marcada por las Bienaventuranzas. Quien abraza ese afán vive confiadamente, sintiéndose en las manos providentes del Padre, aunque no falten los momentos de prueba y de oscuridad.
2. Nuestra familia
No podemos ser ni ingenuos ni ilusos al hablar de la familia. Nunca ha resultado fácil formar y sacar adelante una familia. Entraña grandes dosis de paciencia, perseverancia y sacrificio para sobrellevar dificultades, sinsabores, frustraciones y, a veces, dolores del alma de los que nos dejan profunda huella. A pesar de todo ello, la mayoría de la gente considera la familia, tanto aquella en la que han nacido como la que han fundado, un bien sumamente preciado, que juega un papel central en su vida.
No deja de llamar poderosamente la atención que, en un mundo tan cambiante como el nuestro, que ha trastocado y rehecho la jerarquía de valores, la familia siga siendo el valor socialmente más valorado. Las razones de ello, sin embargo, no parecen difíciles de adivinar. La familia sigue siendo el lugar privilegiado donde se experimenta de manera única algo que marca definitivamente nuestras vidas y las sella con una sed que nada puede saciar: el amor incondicional y gratuito, que se deriva directamente del Dios que es amor y que nos hace “partícipes de Dios” porque “el amor es de Dios”. Sólo esa experiencia única merece el título de humana.
Toda la Biblia tiene como telón expresivo de fondo del Dios-amor y del amor que es de Dios el que surge de la experiencia del amor incondicional y gratuito que se experimenta en la familia, así como de la fragilidad por la que está siempre amenazado. Las incontables figuras del amor aparecen y reaparecen para expresar el juego del enamoramiento, la unión, la infidelidad, el desengaño, el sentimiento de repudio, la reconciliación, el sacrificio, la incondicionalidad, y, sobre todo, lo invencible e irrevocable del amor divino.
La Biblia refiere todo ello a la relación de Dios con el pueblo de Israel y con sus criaturas. Los profetas, los salmos, el Cantar de los Cantares y, de una manera más o menos implícita, el resto de los libros del Antiguo Testamento están atravesados por dicho lenguaje. No es de extrañar, por tanto, que Jesús exprese constantemente su relación con Dios como una relación paterno-filial y que la fe de la Iglesia haya hecho de esa relación uno de los rasgos esenciales del Dios trinitario. Escuchemos con atención las palabras de Jesús:
Como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
que ellos también lo sean en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado.
También les di a ellos la gloria que me diste,
para que sean uno, como nosotros somos uno;
yo en ellos, y tú en mí,
para que sean completamente uno,
de modo que el mundo sepa que tú me has enviado
y los has amado como me has amado a mí.
Padre, éste es mi deseo:
que los que me confiaste
estén conmigo donde yo estoy
y contemplen mi gloria,
la que me diste,
porque me amabas,
antes de la fundación del mundo.
(Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículos 21-24)
La fe de la Iglesia confiesa a un Dios trinitario y a un Dios-Hijo en el que ve la unión perfecta de las naturalezas humana y divina. Esa fe tiene su origen en una experiencia concreta: los discípulos vieron en Jesús, de manera provisional durante su vida terrena y firmemente tras su resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo, a Aquel que, representando la plenitud del ser humano, estaba tan íntimamente unido a Dios que no podía sino ser también auténtico Dios.
No debemos nunca olvidar que la fe de la Iglesia nace de la experiencia de unos discípulos que se sienten plenamente reflejados, reconocidos, asumidos, amados, confrontados, liberados, salvados y plenificados por Jesús, en quien vieron al Cristo, al enviado del Padre. Esta experiencia fue celebrada y expresada como anuncio al mundo y, finalmente, definida y proclamada como fe auténtica y constitutiva de la Iglesia. La fe sólo tiene una matriz: la experiencia personal y comunitaria del amor extremo de Jesús, incondicional y gratuito, expresión del ser mismo de Dios.
Esa experiencia se expresa en términos de amor paterno-filial, dejando así a las claras que las experiencias de amor dentro de la familia son una ventana única por donde atisbar y experimentar qué y quién es Dios. Jesús le dice al Padre que lo ha conocido porque ha experimentado su amor antes de la creación del mundo, esto es, un amor eterno. Amor y conocimiento, por tanto, van unidos.
Una madre y un padre ¿no sienten cada cual a su modo que aman apasionadamente a sus hijos e hijas hasta el punto de encontrarse a su merced, de no poder dejarlos de amar y de percibir íntimamente que su vida está para siempre unida a la de aquellos a los que y por los que han dado la vida? ¿No va surgiendo poco a poco en los hijos la conciencia de que lo que han recibido de sus padres sobrepasa todo límite imaginable y, por supuesto, rompe toda la lógica de los valores culturales en boga? ¿No es verdad que el ámbito familiar, a pesar de todas sus carencias y de su precariedad creciente, es de los únicos en los que se nos muestra la posibilidad y necesidad de la entrega incondicional? En él experimentamos tanto las posibilidades insospechadas del milagro del amor como el dolor más intenso por las rupturas y por las pérdidas irreparables. Por esa razón, la familia es una fuente única de espiritualidad, de descubrimiento de quiénes somos y de qué estamos llamados a ser.
La importancia capital de la familia como escuela de amor no puede hacernos olvidar ni sus carencias y peligros, ni algo más relevante aún: que no puede absolutizarse y convertirse en ídolo frente a Dios. Aunque está claro que la relación capital que nos une a la familia debe ser respetada ¿no convertimos a nuestra familia en un recinto hermético a la crítica propia y ajena, por muy sana y constructiva que ésta sea? Si bien la familia es el ámbito natural en el que experimentamos la naturaleza desbordante del amor gratuito, ¿no corremos el peligro de convertirla en un refugio cerrado frente a la dureza del sistema, colaborando de ese modo a una cultura individualista que no hace sino empobrecernos, dividirnos y favorecer la ley del más fuerte? En el siguiente texto, Jesús nos invita a preguntarnos si nuestras familias viven en presencia del Dios que es fuente del amor que las constituye y referencia última de todo:
Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dijo:
- Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.
Les contestó:
- ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Y, paseando la mirada por el corro, dijo:
- Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
(Evangelio de San Marcos, capítulo 3, versículos 31-35)
El texto juega con las circunstancias para remachar el punto fundamental: Dios es en último término nuestro único Señor y sólo a El debemos obediencia. Por ello, el relato nos dice que la familia de Jesús está en un ámbito distinto al de El: El está “dentro”, rodeado de mucha gente que le escucha, mientras que ellos se quedan “fuera”. Por ello también, para señalar que están en claves distintas, no hablan directamente entre sí, sino a través de intermediarios. Su familia manda a decirle que le “buscan”. El les contesta afirmando su libertad radical y su misión: su familia es la de sus discípulos, esto es, los que no solamente le escuchan, sino que, como El, disciernen y cumplen la voluntad del Padre.
3. Nuestra responsabilidad para con el bien común
Dentro del polo de nuestros quehaceres cotidianos, además del trabajo y la familia, el ejercicio de nuestras responsabilidades socio-políticas en aras del bien común es también fuente imprescindible de nuestra espiritualidad. Dar la espalda a tal responsabilidad es cerrarse al dato fundamental de que todas las personas que habitamos este mundo somos criaturas de Dios por igual, llamados a formar parte, sin exclusión de nadie, del Reino que nos anuncia y que nos trae Jesús. Esto requiere entender adecuadamente el espíritu con el que debemos ejercer nuestro servicio, cuál ha de ser nuestra preocupación fundamental al realizarlo y cual es su significado con respecto a la sociedad en general.
1. El amor como actitud de servicio
Nuestro trabajo en aras del bien común se deriva directamente del Dios-amor y tiene su reflejo, como ya se ha comentado, en el doble mandato de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El Evangelio de San Juan expresa la segunda parte del mandato en términos más específicamente cristianos al relatarnos las palabras de Jesús a sus discípulos en su discurso de despedida durante la cena pascual:
Este es mi mandamiento:
que os améis unos a otros
como yo os he amado.
(Evangelio de San Juan, capítulo 15, versículo 12)
El Jesús que se sabe amado eternamente por el Padre y que conoce al Padre por dicho amor, ama a su vez a sus discípulos y a toda la humanidad “hasta el extremo”, dando su vida por todos y llamándonos a que nos amemos los unos a los otros del mismo modo, con un amor total, hasta el extremo. Este mandato sigue al relato en que Jesús lava los pies a sus discípulos. Se trata de un texto capital para comprender el espíritu de nuestro servicio a los demás:
Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:
- Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
Jesús le replicó:
- Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
Pedro le dijo:
- No me lavarás los pies jamás.
Jesús le contestó:
- Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
Simón Pedro le dijo:
- Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
- ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
(Evangelio de San Juan, capítulo 13, versículos 2-9, 12-14)
El episodio tiene lugar durante la cena pascual, una ocasión especialmente solemne, que se desarrolla según el ritual establecido para ella. En ese marco, Jesús realiza un gesto imprevisto e inusitado. El gesto queda reflejado enfáticamente por las acciones de Jesús: se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe, echa agua en un recipiente, lava los pies de los discípulos y se los seca con la toalla que se había ceñido. Sólo los sirvientes permanecían levantados mientras los señores comían. Jesús, al levantarse señala ya su condición de servidor. Los vestidos significaban la dignidad propia de quien los vestía. Al quitarse el manto y ceñirse una toalla, Jesús se abaja, despojándose de su rango, tal como nos lo señala la Carta de San Pablo a los Filipenses, para convertirse en servidor. Los gestos que siguen son todos ellos propios de un sirviente.
La resistencia feroz de Pedro muestra lo inusitado del caso. La respuesta tajante de Jesús a Pedro indica, por su parte, la importancia capital del gesto, revelador del carácter mismo de su misión: convertirse en servidor de todos, hasta el extremo. Sólo quien acepta ese servicio total participa de lo que Jesús es. El gesto queda aclarado para los atónitos discípulos cuando Jesús, vistiendo de nuevo su manto y volviendo a la mesa, les explica que El, como Maestro y Señor, se ha querido hacer su servidor, para mostrarles patentemente que se deben servir los unos a los otros, siguiendo su ejemplo.
Esta lección práctica de la inversión de roles entre Señor y sirviente se efectúa por la trascendencia y urgencia del momento: Jesús sabe “que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía.” Esta conciencia de responsabilidad total y de final del camino es la que mueve a Jesús a poner todas las cartas encima de la mesa, a modo de testamento, manifestando con absoluta claridad tanto el sentido de su misión como la dirección que han de seguir sus discípulos. Esta idea tan presente en los evangelios, de que el primero ha de ser el último, el servidor, indica bien a las claras que, por principio, vivir y comunicar el Evangelio entraña trabajar por el bien de los demás como un servicio radical, dando un profundo giro a los roles tradicionalmente atribuidos a las autoridades y a los súbditos.
2. Estar al lado de los más pequeños
Si la actitud es de servicio radical, la orientación de dicho servicio no lo es menos: los pobres, los más débiles, los niños, las viudas, los huérfanos, los enfermos, los hambrientos, los pecadores, los desheredados son los preferidos de Jesús. No sólo es cuestión de justicia, sino sobre todo y fundamentalmente, de gratuidad o, para expresarlo en términos más religiosos, de gracia; pero una gracia que está impresa en el corazón mismo de toda persona. La parábola del buen samaritano es iluminadora a este respecto, como respuesta de Jesús a la pregunta de un letrado: ¿quién es el prójimo?
Jesús dijo:
- Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
- Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
- El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
- Anda, haz tú lo mismo.
(Evangelio de San Lucas, capítulo 10, versículos 30-37)
La escena de nuevo está llena de movimientos, para expresar así las actitudes y el sentido de las acciones de los distintos personajes. El protagonista, aunque pasivo, sobre el que gira la acción, es simplemente un caminante, que se desplaza de Jerusalén a Jericó por motivos desconocidos y, cosa muy relevante, del que no sabemos nada. Es, por así decirlo, un personaje anónimo, sin etiquetas, sin ningún galón ni relación, neutro, salvo por un rasgo esencial: es un ser humano. Una vez más la acción se desarrolla en el camino, símbolo de nuestra vida y de nuestra contingencia, en el que puede acaecer cualquier cosa.
Los siguientes personajes en entrar en acción son unos salteadores que le despojan de lo que tenía, le dan una paliza y se van dejándole medio muerto. Nuestro personaje neutro y anónimo pasa a convertirse así en una persona injustamente tratada, despojada de sus bienes y de su dignidad, y cuya vida está en peligro; dicho de otro modo, es el símbolo de tantos habitantes anónimos de nuestro mundo, a los que la vida y la injusticia han colocado en una situación de máxima precariedad e indigencia.
A continuación aparecen en escena un sacerdote y un levita. Representan al templo y a una institución secular del pueblo de Israel con especial encomienda divina, y por tanto gozan de posición y prestigio. También ellos se encuentran en el camino de la vida con esa persona maltratada, pero le ven y dan un rodeo. Tratan conscientemente de no implicarse en una situación en extremo engorrosa, que, de seguro, les iba a traer problemas y quebrantos.
Es aquí cuando Jesús presenta en escena al protagonista activo de la misma. No se trata de ningún judío, sino de un samaritano. Para los judíos de aquel tiempo un samaritano era como un hereje, alguien que había abrazado un camino religioso equivocado frente a la verdad representada por los judíos y su templo de Jerusalén. También a él el camino de la vida le conduce hasta el viajero injustamente maltrecho. Es claro a todas luces que, si nadie le echa una mano, va a morir sin remedio. Así lo ve él, quien, al contrario del sacerdote y del levita, siente lástima y se compadece.
La descripción de sus acciones revela cómo se involucra física, moral y económicamente con el viajero desahuciado: se acerca, venda sus heridas, echa aceite y vino en ellas, lo carga en su propia cabalgadura (lo que simboliza el bajarse de la situación de privilegio en que se encontraba en beneficio del necesitado), lo lleva a una posada y cuida personalmente de él. Por si fuera poco, cuando ha de proseguir viaje, provee todo lo necesario para que el herido sea cuidado y sanado.
Aunque la palabra prójimo signifique alguien con quien existe alguna relación de proximidad, el núcleo de esta enseñanza, en la que todos los personajes son simbólicos y anónimos, apunta en la dirección contraria: el prójimo resulta ser alguien que no sólo no tiene ninguna relación de proximidad con el injustamente despojado y malherido, sino que, por motivos históricos y religiosos, tiene razones para sentirse distante del herido. Los más próximos a éste, que no son ningunos herejes sino plenamente ortodoxos, son los que miran para otro lado, aunque ya han visto la gravedad de la situación. El samaritano, por el contrario, se implica sin reservas en su auxilio hasta garantizar su curación, esto es, su reincorporación al camino de la vida.
El mandato final de Jesús: “Anda, haz tú lo mismo” resuena con fuerza en nuestros oídos y conciencias, sin que podamos evitar sentirnos profundamente cuestionados, personal y comunitariamente, por el mismo. ¿Estamos dispuestos a ver, esto es, a cobrar conciencia de los males e injusticias que afectan a tanta gente próxima y lejana? ¿Nos atrevemos a bajar la guardia de nuestros propios quehaceres, oficios, agobios e intereses para dar espacio a la compasión, sintiendo el dolor del otro como propio? ¿Va nuestra compasión más allá de lo sentimental, llegando a ser efectiva? ¿Nos comprometemos en tiempo, en afecto, en cuidados y en dinero con los que sufren? ¿Somos capaces de compadecernos también de aquellos con los que no nos tratamos o consideramos nuestros adversarios por razones históricas e ideológicas? En el contexto de nuestras diócesis, todos sabemos que ésta cuestión no tiene nada de retórica y nos exige una revisión y conversión profundas.
Uno de los prefacios de la Eucaristía nos dice que Jesús “también hoy, como buen samaritano, se acerca a todo el que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”. Sin duda conocemos ejemplos de personas y colectivos cristianos que, siguiendo a Jesús, hacen lo mismo. Pero sería cínico pretender que ya hacemos lo suficiente. La pregunta de fondo nos turba: ¿estamos dispuestos a cambiar para que no sigan existiendo prójimos injustamente despojados y abandonados a su propia suerte en la cuneta del camino de la vida?
Como personas y como Iglesia debemos sentir el mandato de Jesús como inquietante e interpelante: El nos llama a amar especialmente a las personas necesitadas y sufrientes que encontramos en el camino de nuestras vidas. El sufrimiento no se mide por estadísticas, sino que es concreto y lo tenemos junto a nosotros. Lo descubrimos siempre que, dejando de mirar para otro lado, volvemos nuestra mirada compasiva hacia todos los que, en nuestra propia sociedad del bienestar, yacen maltrechos, tirados en el camino: los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los emigrantes, los enfermos y los encarcelados. A estos “pequeños” del Juicio Final del Evangelio de San Mateo, hemos de añadir los ancianos, la gente sin hogar ni familia, las víctimas del terrorismo y sus familiares, y tantas otras personas que, por unas u otras razones, se sienten morir en vida. Cada una de estas personas nos muestra el rostro doliente de Jesús y nos llama a convertirnos como individuos y como Iglesia, a pedir perdón por nuestra indiferencia, a compadecernos y a hacer lo mismo que el buen samaritano.
Debemos imitarlo también, trabajando sin descanso por la causa de la justicia y la solidaridad universales. Lo contrario, ir con la corriente de una sociedad satisfecha que tiene dificultades crecientes para sentir compasión en sus entrañas, sólo quiere seguir “progresando” y no está dispuesta a compartir ni un vergonzoso 0,7% de su riqueza con los desheredados de la tierra, no hará sino deshumanizarnos más y debilitar nuestra poca fe personal y comunitaria.
3. Trabajar aquí, esperando la venida definitiva del Señor
Hemos de dar un paso más al examinar nuestra responsabilidad para con el bien común. Este paso nos debe ayudar a comprender qué nos asemeja y qué nos separa de lo que Jesús llama “el mundo”, para que sepamos cuál es nuestra auténtica identidad. Volvamos para ello a la oración que Jesús dirige al Padre al despedirse de sus discípulos:
Padre santo:
guárdalos en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno, como nosotros.
Cuando estaba con ellos,
yo guardaba en tu nombre a los que me diste,
Yo les he dado tu Palabra,
y el mundo los ha odiado
porque no son del mundo,
como tampoco yo soy del mundo.
No ruego que los retires del mundo,
sino que los guardes del mal.
No son del mundo,
como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad;
tu Palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo,
así los envío yo también al mundo.
(Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículos 11-12, 14-18)
Este texto evangélico es, cuando menos, inquietante e incómodo, tanto por su contenido y significación, cuanto por sus implicaciones. Nos presenta un tema central del Evangelio de San Juan: la tensión entre el mundo, por una parte, y todo lo que el Padre, Jesús y sus discípulos representan, por la otra. La unidad y verdad plenas corresponden a este segundo ámbito. El texto es inquietante porque, al indicar que el mundo odia a los discípulos de Jesús, nos desvela que el camino del seguimiento no es ni social ni existencialmente inocuo, sino que conlleva un importante coste.
La incomodidad se deriva de la dificultad de no ser “normal” en términos socioculturales. Nuestro sentimiento de ser ciudadanos plenos del mundo y de nuestra cultura hace que nos resulte muy difícil aceptar que, como discípulos de Jesús, somos distintos de lo que nuestra sociedad y nuestra cultura representan. De ahí que hayamos de examinarnos con toda sinceridad. ¿Sentimos necesidad de ser realmente distintos de lo que el mundo valora? ¿Estamos preparados a serlo? ¿No buscamos más bien nuestra plena integración en la sociedad en la que vivimos, deseando alcanzar además éxito profesional y económico? ¿Hasta qué punto somos una alternativa en nuestra forma de pensar y de vivir? ¿En qué medida estamos dispuestos a cambiar nuestra manera de vivir y a actuar en sociedad de modo acorde al Evangelio?
Esta oración de Jesús al Padre contiene otros elementos de gran relieve, que nos ayudan a comprender nuestra misión de discípulos en una sociedad cada vez más plural y más distanciada de la fe cristiana. Unida a la afirmación de Jesús de que ni El ni nosotros somos del mundo, se eleva su oración para pedirle al Padre que no nos retire del mundo, sino que nos guarde del mal. No es que Dios reniegue del mundo, su propia obra, sino todo lo contrario, como nos dice el mismo Evangelio de San Juan:
Tanto amó Dios al mundo
que entregó a su Hijo único.
Todos los que creen en él tienen vida eterna.
Dios no mandó su Hijo al mundo
para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
(Evangelio de San Juan, capítulo 3, versículos 16-17)
El envío de Jesús por parte del Padre y el nuestro por parte del propio Jesús tienen su origen en el amor que Dios tiene al mundo y en su deseo de borrar el pecado, el mal y la muerte de la faz de la tierra. Por eso Jesús le pide al Padre que no nos retire del mundo, sino que nos proteja del mal. No se trata de condenar al mundo sino de que el mundo se salve. Nuestro problema, sin embargo, como individuos y como comunidad cristiana, no es tanto nuestra inclinación a condenar al mundo, sino a identificarnos de hecho con él. ¿Cómo podemos ser sal y luz si no nos distinguimos de los valores y modos de vida dominantes en nuestra cultura?
Vivir el Evangelio para así poderlo comunicar implica abrazar sus valores, que son los del Reino que Jesús vino a anunciar y a instaurar. Por ello, en cuanto discípulos, somos ciudadanos del Reino de Dios, que, tal y como Jesús testimonió ante Pilato, de ningún modo se puede identificar con nuestro mundo. ¿Creemos de verdad con Jesús que nuestro Reino no es de este mundo? Esta es una cuestión capital a la hora de entendernos a nosotros mismos en relación con la sociedad en general y a nuestro papel en ella.
Sin duda hemos de colaborar con todas nuestras fuerzas al logro del bien común, especialmente compadeciéndonos con Jesús de todos los que están en seria desventaja y tratando de trabajar en su favor. Este principio vale principalmente para las personas que sienten la llamada a seguir a Jesús y a vivir el Evangelio en el ejercicio de la política, algo que, por constituir en sí mismo un servicio a todos, sin duda, les ennoblece; sin embargo, esta colaboración al logro del bien común ha de realizarse con nuestro corazón y nuestra esperanza puestos en el Reino. Los valores de ese Reino no son los que gobiernan este mundo. Los vivimos en tensión y en esperanza, anhelando la venida definitiva de Jesucristo. Sólo de esa forma haremos a nuestro mundo el servicio para el que Jesús nos ha enviado.
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