"Vivir y comunicar el evangelio hoy" carta pastoral 3
24.02.07 @ 09:07:09. Archivado en Evangelio
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPONA Y TUDELA,
BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
CUARESMA – PASCUA 2007
III. VIDA EVANGELICA Y CULTURA ACTUAL
I. Una inculturación difícil y compleja
II. La siembra evangélica y las condiciones de su fructificar
III. Vivir la vida como vocación
III. VIDA EVANGELICA Y CULTURA ACTUAL
Si bien el camino espiritual de toda persona creyente es el arriba esbozado, debemos preguntarnos si tal camino es hoy social y culturalmente posible. La respuesta es sí, pero no en las mismas condiciones en que lo ha sido en otro tiempo. Ser cristiano a favor de la corriente ya no es posible, salvo en casos muy concretos y limitados. Y no lo es no sólo para la gente en general, sino para todas las personas que quieran vivir en profundidad su fe, sea cual sea su compromiso vocacional.
La vivencia de la fe en nuestra cultura se halla profundamente problematizada, a pesar de que las personas sigamos teniendo un gran vacío espiritual del que, las más de las veces, no seamos conscientes. En nuestras anteriores cartas pastorales hemos analizado en detalle esta situación desde distintos ángulos, señalando su repercusión en la propia comunidad cristiana.
1. Una inculturación difícil y compleja
Tal como hemos apuntado más arriba y lo analizamos en la Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2003, Vivir la experiencia de la fe, el problema de raíz es la dificultad de vivir la experiencia del Dios trascendente, pero a la vez personal y cercano - el Dios-con-nosotros manifestado en Cristo Jesús -, en una cultura que, forjada por la modernidad, tiene a la ciencia como guía y al progreso como objetivo.
Esta cultura moderna occidental nos ha acostumbrado a pensar que somos el resultado de nuestro propio proyecto, valorando así de modo especial la autonomía personal. Esta nos erige en centro y referencia de nosotros mismos, pero, ¿no es verdad que este proyecto centrado en nosotros mismos ha resultado paradójicamente trágico en múltiples ocasiones? Hechos históricos muy dolorosos nos alertan sobre los riesgos de una modernidad que busca la emancipación de todas las personas, pero ha desarrollado un modelo de racionalidad y progreso que conduce a nuevas formas de instrumentalización y alienación individual y social.
En lo positivo, la modernidad ha ayudado a que nos liberemos de modos de vida que, por estar consagrados por una tradición secular, considerábamos normales e inevitables hace tan sólo unas pocas décadas, pero que encerraban profundas limitaciones materiales, humanas y espirituales. La modernidad y el progreso han sido en ese sentido factores importantes de creación de riqueza, de mejora de las condiciones materiales de vida y de asombrosos avances científicos. A ello hay que añadir la defensa de la dignidad y de los derechos humanos, la promoción de la justicia redistributiva y, como consecuencia, el logro de una mayor igualdad entre las personas. La lucha por la emancipación de las personas sujetas a cualquier tipo de discriminación sigue hoy dando frutos y es proseguida por innumerables individuos y organizaciones a escala tanto local como internacional.
Como normalmente ocurre en las cosas humanas, este aspecto positivo de la cultura moderna occidental está empañado por otros elementos claramente negativos, tales como la colonización y explotación de otros pueblos, los horrores de las guerras y los genocidios vividos en el siglo pasado, el abismo de la actual desigualdad en el mundo, el escándalo del hambre en tantos lugares del planeta, los peligrosos conflictos armados en curso, la confrontación con otras culturas y tradiciones, y, en general, la implantación de una cultura individualista de la fuerza y de la satisfacción, que cercena y margina las dimensiones espirituales y comunitarias, y cuyas derivas, carencias y enfermedades son de todos conocidas.
Muchos se preguntan si el único “pensamiento fuerte” en esta cultura no es el de sobrevivir y tener éxito en un clima de creciente competitividad. Frente a él, todos los demás pensamientos de convertirían en débiles, incluida la propuesta cristiana. Pero, ¿qué se encierra detrás de esta nueva versión de la ley de la fuerza? ¿No es verdad que nuestro preciado estado de derecho queda reducido a los límites de los países ricos? ¿Puede existir un estado de derecho sólo para los privilegiados? ¿No encierra nuestra cultura un profundo nihilismo parejo al valor de su fuerza y su capacidad de dominio y preponderancia? ¿No estamos asistiendo a una suplantación de los motivos profundos para vivir por mecanismos compensatorios? ¿No son tales la subyugación narcisista por el mito de la eterna juventud y belleza, la fascinación por el éxito y la búsqueda del placer y de la satisfacción por el consumo?
Desde un punto de vista religioso, la cultura actual, por su dimensión crítica y emancipadora, ha ayudado a que la vivencia de la fe, tanto en su vertiente individual como comunitaria, se haya purificado, sintiendo la necesidad de convertirse en más auténtica y radical. Al mismo tiempo, sin embargo, la emancipación con respecto a los modos culturales heredados de la tradición, el sentimiento de que Dios no es necesario - cuando no un enemigo - para progresar y la cultura del éxito, de la abundancia y de la satisfacción han achatado y privatizado enormemente nuestras dimensiones espiritual y comunitaria.
En este estado de cosas, la comunidad cristiana se interrogó acerca de su naturaleza y misión en el Concilio Vaticano II (1962-65), para poder responder mejor a los cambios socioculturales operados. En su constitución pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et Spes, el concilio plasmó su forma de relación con el mundo moderno y marcó las directrices para convertirse en una comunidad de carácter evangélico, llamada a ser sal y luz en la época actual. Era un gran desafío. Resultaban insuficientes los moldes eclesiales anteriores, surgidos en una sociedad muy distinta de la moderna, en la que la Iglesia había ocupado un gran espacio social, cultural e incluso político, en tiempos aún no demasiado lejanos. Se trataba de renovar su misión evangélica en una sociedad cada vez más emancipada de la Iglesia, programáticamente laica y con su propia jerarquía de valores y metas. ¿Ha logrado la Iglesia responder adecuadamente a este gran desafío?
La Iglesia, además de ser teológica y espiritualmente católica, es una realidad sociológicamente universal. En muchos lugares del planeta, incluidas ciertas partes del continente europeo, hay comunidades cristianas que están experimentando un notable florecimiento, bajo el soplo del Espíritu que las empuja y anima. En ellas, el seguimiento de Jesús, en sus múltiples variantes vocacionales, se convierte en el centro de la vida de un número notable de personas. Esta realidad positiva es parte de nuestra Iglesia católica, que, progresivamente, cobra importancia en el hemisferio sur del planeta y en muchos países asiáticos, a pesar de que, en la mayoría de estos, la población que profesa la fe cristiana sea sociológicamente marginal.
Nuestra situación, sin embargo, es muy diferente, en especial por la fuerza de la cultura del conocimiento y del progreso, y por el achatamiento espiritual y comunitario arriba referido. El deseo de abrazar, de manera seria y estable, un ideal heroico, distanciado de los valores por los que se mide el éxito, aparece como una locura o sinsentido de pequeña o nula viabilidad. Como ya ha sido repetido por varios autores, la experiencia y la vivencia religiosas se convierten para muchos de nosotros en mecanismos, con frecuencia ocasionales, para compensar la frialdad de la existencia en un medio en el que tienden a primar los factores de la competitividad y del éxito profesional y económico. Siguiendo las directrices del concilio, nuestra Iglesia trata de vivir y comunicar el Evangelio, en diálogo con esta cultura fuerte.
Esta situación tiene un cierto paralelismo con el intento de San Pablo de anunciar a los atenienses el Evangelio, tratando de establecer una relación entre la búsqueda filosófica y cultural de la divinidad por parte de los atenienses y la respuesta cristiana a tal búsqueda. Acerquémonos al relato del libro de los Hechos de los Apóstoles:
Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos. Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los que por allí se encontraban. Trababan también conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Le tomaron y le llevaron al Areópago; y le dijeron: «¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.» Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad.
Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
«Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: `Al Dios desconocido.' Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar.
«El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros:
`Porque somos también de su linaje.'
«Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano.
«Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.»
Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: «Sobre esto ya te oiremos otra vez.» De este modo Pablo se marchó de entre ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos.
(Hechos de los Apóstoles, capítulo 17, versículos 22-34)
Este relato nos ayuda a entender la dificultad de la inculturación de la fe en una sociedad modelada por la modernidad. El texto nos remite a un tema bíblico central y capital, el de los ídolos, cuya presencia en la ciudad causaba la indignación de Pablo y le movía a anunciar al único Dios, manifestado en Cristo Jesús.
Para el pueblo de Israel, ídolo era todo aquello que iba en contra del mandato central recogido en el libro del Deuteronomio, capítulo 6, versículos 4-5: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.” Este mandato es reiterado por Jesús en su predicación, como se lee en el Evangelio de San Marcos, capítulo 12, versículos 29-30. Interrogado Jesús acerca de cuál era el principal mandamiento de la ley por parte de un especialista en ella, “Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.»”
La radicalidad de este mandato exige de toda persona auténticamente creyente una actitud constante de conversión, porque siempre descubrirá en su propio interior las semillas de los ídolos que le impiden que el Dios de Jesús sea el único centro de su vida. Pero, culturalmente hablando, nuestra sociedad valora más que nada su capacidad de cambio continuo, sobre dos pilares centrales que se apoyan mutuamente: el crecimiento económico y el progreso científico, o, volviendo al texto de los Hechos de los Apóstoles, el oro y el ingenio humano.
Nuestra manera de ver las cosas y de vivir, seamos o no conscientes de ello, está basada en el mito que articula y modela nuestra cultura: el progreso. Frente a la potencia de tal mito, muchos de nosotros, como los atenienses, volvemos a repetir a los Pablos de hoy que se esfuerzan por establecer un diálogo entre el anuncio de Cristo resucitado, juez del universo, y nuestra cultura: “Sobre esto ya te oiremos otra vez.”
El texto también nos enseña algo importante sobre la manera de inculturar el Evangelio. El relato prosigue diciendo que “Pablo se marchó de entre ellos”, dando a entender que abandonaba su esfuerzo por evangelizar mediante el diálogo cultural, aunque también señala que tal esfuerzo no fue totalmente en vano, porque “algunos hombres se adhirieron a él y creyeron.” Algo, ciertamente, debe ser retenido de este relato: en ningún caso debe comprometerse el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, y la consiguiente llamada a la conversión, en aras del diálogo. La Iglesia debe conocer y acercarse empáticamente a la cultura a la que desea anunciar el mensaje, tal como ocurre en la predicación ateniense de Pablo; pero no para adaptarse cómodamente a la misma en aras a salir a su encuentro, sino para mostrarle sus carencias y el sentido final de sus búsquedas y anhelos.
En resumen, el pasaje nos alerta acerca de las dificultades y riesgos de una evangelización que intenta razonar la fe desde las claves de una cultura fuerte y triunfadora como la nuestra, al tiempo que nos promete que el esfuerzo no será totalmente baldío.
2. La siembra evangélica y las condiciones de su fructificar
Ni la experiencia de Dios ni el vivir y comunicar el Evangelio pueden darse como se venían dando en las condiciones culturales de un mundo que ya no existe. Si algo está claro desde el “¡Escucha Israel!” del Deuteronomio hasta el “vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme” del Evangelio, es que la fe no tiene nada de pensamiento ni de propuesta débil. Por tanto, vivir y comunicar el Evangelio hoy pasa por ser miembro activo de una comunidad eclesial con identidad y carácter propios, que hunda sus raíces en la memoria, continuamente reactualizada, de su propia historia de relación con Dios; una comunidad que, de manera especial, guarde la memoria de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, siguiéndolo bajo la guía del Espíritu.
Parece indudable que el huerto natural de nuestra cultura ya no da los frutos evangélicos necesarios. Es preciso, aunque no resulte sencillo, activar mecanismos personales y comunitarios para crear huertos especializados en el cultivo de distintas comunidades de marcado carácter evangélico, que hagan posible que la Iglesia entera sea sal y luz de nuestro mundo. Para ello, y siguiendo el itinerario espiritual de Jesús, no basta vivir la fe de modo ambiental, sino que debemos vivirla de manera interiorizada, consciente y vocacional, en presencia continua de Dios y teniendo constantemente presente la llamada radical a la perfección de la santidad. En este sentido, “los signos de los tiempos” nos invitan a releer con ojos nuevos la parábola del sembrador:
- Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.
Y añadió:
- El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y añadió:
- ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.
(Evangelio de San Marcos, capítulo 4, versículos 3-9 y 13-20)
Comencemos por el final: la semilla que cae en tierra buena. Que el Espíritu siembra sin cesar en dicha tierra entre nosotros es algo que, preocupados como estamos por la disminución sociológica del número de los que se consideran creyentes, tal vez no alcancemos a percibir; sin embargo, el Espíritu no se rige ni por los patrones culturales ni por nuestra manera de concebir la vida evangélica, sino que innova, abriendo nuevos caminos que nos pueden pasar desapercibidos e incluso resultar difíciles de comprender y de recorrer. Por ello es fundamental mantenernos siempre a la escucha, para descubrir “los signos de los tiempos”.
La siembra en buena tierra la está haciendo el Espíritu al conducir a la Iglesia por la difícil senda de la purificación y del desnudamiento cultural, para renovar su carácter constitutivo de levadura. Quizá en este sentido nuestras iglesias deban reflexionar en profundidad sobre si se puede ser a la vez masa y levadura, tal como la comunidad cristiana ha tratado de serlo en una situación cultural en la que ser creyente era lo normal.
El Espíritu no sólo ha purificado a la Iglesia mediante el desnudamiento, sino que, como ya señalábamos en nuestra anterior Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2005, Renovar nuestras comunidades cristianas, también ha suscitado y sigue suscitando “signos alentadores”, en forma de nuevos carismas y vocaciones para este tiempo nuevo. Es cierto que tales carismas y vocaciones no son ni de carácter masivo ni, algunos de ellos, al uso de los hasta ahora existentes; pero, por eso mismo, esta nueva situación nos exige una actitud de mayor atención al soplo del Espíritu. Estos nuevos signos alentadores no echan raíces en la cultura dominante, sino en el terreno denso de una fe y de una vocación interiorizadas, cultivadas, celebradas y forjadas en el seguimiento de Jesús, bajo la guía del Espíritu.
Pastoral y sociológicamente hablando, lo que la parábola nos dice que sucede con la semilla caída entre abrojos es lo que más se asemeja a nuestra situación. Como se ha descrito más arriba, es tal la fuerza de la cultura moderna en la que vivimos, que la Palabra - esto es, la llamada de Dios a la conversión, a la escucha de Jesús y a su seguimiento - aparece como una locura, una bella pero inalcanzable utopía en el mejor de los casos, y queda ahogada por el afán de progreso, de conocimiento, y de éxito. Todos los que pertenecemos a esta cultura somos presa de esta situación en una u otra medida.
En los términos de la parábola, somos muchos los que vemos agostarse el poder de la Palabra en nosotros como consecuencia de “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias”, que, literalmente, nos “invaden”. Si adaptamos la terminología, los valores de nuestra cultura arriba aludidos - la búsqueda del éxito y la inmersión en la cultura de la satisfacción y del bienestar - hacen que vivir y comunicar el Evangelio nos resulte una tarea humanamente cada vez más inalcanzable.
No faltan hoy, sobre todo entre los jóvenes, impulsos generosos que pueden identificarse con la alegría al acoger la Palabra de la que habla la parábola al referirse a la siembra que cae en terreno pedregoso. Muchas parejas creyentes y practicantes no son capaces de transmitir su fe a sus hijos e hijas, que dejan de valorarla a edades cada vez más tempranas. Este hecho no sólo tiene que ver con la falta de constancia, característica de una sociedad que valora mucho la capacidad de cambio propia de una autonomía a ultranza frente a la estabilidad del compromiso; manifiesta también la falta de profundas raíces en la fe de muchos jóvenes, dado que el terreno cultural sobre el que se asienta es pedregoso y superficial.
Un elemento central merece nuestra atención en este pasaje evangélico y nos ayuda a comprender nuestra situación actual, en la que el Espíritu nos está ayudando a redescubrir “la diferencia cristiana”: no toda la siembra de la Palabra germina y da fruto abundante, sino sólo aquella que cae en tierra buena. Traducido a nuestra situación actual, esto nos ayuda a confiar en el Espíritu, a no caer en la nostalgia de una Iglesia sociológicamente fuerte y a purificar nuestra propia identidad cristiana, individual y eclesial.
Nuestra cultura y nuestra propia contingencia humana son tierra pedregosa y de abrojos, que agosta y ahoga la buena semilla. Hemos de preparar nuestra buena tierra personal y comunitaria para vivir y comunicar el Evangelio. En otras palabras, ni podemos ser cristianos ni Iglesia como hasta ahora, sino que hemos de sustituir nuestra fe “natural” por otra espiritualmente recibida y expresamente cultivada. En tanto que comunidad cristiana, hemos de trabajar con ahínco para, leyendo “los signos de los tiempos”, preparar tierras buenas donde puedan cuajar los nuevos dones del Espíritu.
3. Vivir la vida como vocación
Que la vida la hemos recibido sin nuestro concurso no lo niega nadie. Vivirla como un don, como una carga pesada, o simplemente vivirla porque está ahí, sin buscarle sentido, es algo que cada uno de nosotros debe dilucidar en el proceso de tejer nuestra existencia. Nuestra vida, como la historia, está hecha de momentos luminosos, de momentos grises y de otros que son oscuros y dolorosos. Nunca ha resultado tarea fácil vivir recta y dignamente, teniendo un norte como guía, pero no parece fácil concebir otra manera de vivir si se desea responder al anhelo de felicidad que toda persona alberga.
No basta sin embargo la búsqueda de una vida recta y digna para vivir y comunicar el Evangelio. No se puede lograrlo sin descubrir y aceptar algo que, por ser “más interior a nosotros que nosotros mismos”, pasa las más de las veces inadvertido: hemos sido creados por amor y estamos llamados a participar plenamente de ese amor. ¿Hemos descubierto este misterio que nos habita y nos conforma desde nuestra misma raíz? Muchos de nosotros creemos en un Dios que resulta lejano y, por tanto, externo y ajeno a nosotros mismos.
A este Dios se le han dado innumerables títulos: infinito, inefable, absoluto, omnisciente, omnipotente, omnipresente, causa primera y causa final y un largo e interesante etcétera que nos ha legado nuestra rica tradición teológica. Todos ellos son verdaderos, pero no pueden mover nuestro corazón. Sólo un título le hace plenamente justicia, el único a la vez necesario y suficiente: “
ios es amor.”
Queridos hermanos,
amémonos unos a otros,
ya que el amor es de Dios,
y todo el que ama
ha nacido de Dios y conoce a Dios.
Quien no ama no ha conocido a Dios,
porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene:
en que Dios envió al mundo a su Hijo único,
para que vivamos por medio de él.
(Primera Epístola de San Juan, capítulo 4, versículos 7-9)
Este texto capital y sublime del Nuevo Testamento surge de un espíritu traspasado por la experiencia del amor de Dios y, más que ninguna teología, nos asoma al misterio de un Dios todo El amor. El pasaje nos revela la esencia misma del Dios trinitario y de toda la obra divina, el porqué de la creación, de la redención y de la llamada a participar plena y eternamente de la vida de Dios. También nos desvela el único “defecto” divino expresado en términos humanos: Dios no puede no amar. Es este “amor invencible” de Dios el que llamamos gracia o vida divina.
En tanto que criaturas de y por la gracia divina, el núcleo de nuestro propio ser está hecho de ese amor. De ahí que la máxima aspiración humana - la de ser plenamente felices - sólo pueda ser satisfecha amando y siendo amados sin ningún límite. Esta aspiración es nuestro anhelo más profundo, el que en el fondo nos mueve a ser y a actuar; opera siempre como fundamento y horizonte de nuestro dinamismo humano, y sólo puede ser alcanzada en plenitud y definitivamente en la vida de los bienaventurados.
Las dos afirmaciones centrales y complementarias del texto son: el amor es de Dios y Dios es amor. Todo lo demás se deduce de ello. En tanto que criaturas de Dios, esto es, creados por amor y llamados a participar plenamente de ese amor, tampoco nosotros en el fondo podemos no amar sin dejar de ser nosotros mismos.
Sobre esta base, el doble e indivisible mandato de amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos no es algo impuesto desde fuera como condición para ser salvados, sino lo único que, por estar habitados por el Espíritu, sabemos y deseamos hacer en el fondo de nuestro ser; expresado de otro modo, la conducta moral a seguir es una derivada directa del Dios-amor y del amor de Dios, por el que nos ha creado y que habita en nosotros.
El texto finaliza con la afirmación de que ese amor se nos ha revelado en que Jesús, Hijo único del Padre, ha sido enviado al mundo para que vivamos por medio de El. Es por Jesús por quien vivimos, lo que deja bien a las claras el porqué del discipulado y el porqué del “amor a primera vista” de los dos primeros discípulos. Ambos sienten que Jesús es el Mesías anhelado, su salvador y liberador.
Las bases, por tanto, del discipulado y de la única vocación posible, que es amar, se derivan de nuestro propio ser: somos criaturas de un Dios-amor Padre que nos ha creado; El nos ha revelado cuál es su ser en el envío al mundo de su Dios-Hijo único, para librarnos de nuestras propias esclavitudes y para que así tengamos vida; El habita en nosotros y nos guía amorosamente como Dios-Espíritu Santo.
Tal y como lo expresamos en nuestra Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de 2003, Vivir la experiencia de la fe, todo esto no puede recibirse como mera revelación externa ni quedarse en algo teóricamente comprendido. Ese Dios ha de ser experimentado, para que se convierta así en cimiento vivo y anhelo impulsor de nuestro propio ser.
Decíamos también en dicha Carta Pastoral que esa experiencia anida en nosotros, tanto en nuestra vida diaria como en los acontecimientos más importantes de nuestra existencia. El problema es que, normalmente, esa auténtica experiencia mística original que todos poseemos - verdadero telón de fondo de nuestros quereres y sentires - no sólo nos pasa desapercibida, sino que está sujeta a la contingencia, la ambigüedad y la opacidad propias de la existencia humana. Para hacerla aflorar y reconocerla sólo hay una vía: buscar, encontrar (más bien, dejarse encontrar) y seguir a Jesús, porque, como El mismo nos dice en el Evangelio de San Juan, “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”
Nuestra vocación es, por tanto, a la vez don y tarea: hemos sido llamados a participar en plenitud del Amor que nos ha creado y redimido, y que anida en nuestra alma, amando en plenitud a Dios y al prójimo, en el seguimiento fiel a Jesús, bajo la guía del Espíritu.
El Espíritu ha suscitado en todos los tiempos y culturas múltiples maneras, explícitas e implícitas, de responder a esa vocación. Los incontables “milagros del amor” que ocurren constante e inadvertidamente en nuestras vidas y a nuestro alrededor, y gracias a los cuales vivimos humanamente, son, sin duda, fruto de la respuesta positiva a esa vocación radical que nos nace de lo más íntimo de nuestro ser; sin embargo, en cuanto creyentes en el Dios de Jesús, estamos llamados hoy, más que nunca, a vivir y a comunicar la Buena Noticia, de modo que se convierta en tal para nosotros mismos - rescatándonos así de la languidez y de la apatía frutos de la tibieza - y para nuestra sociedad.
Vivir vocacionalmente, del modo concreto que cada cual discierna como propio de forma madura y contrastada, exige dejarse conducir por el Espíritu a través del triple polo que hemos descubierto en Jesús: el polo de nuestra vida y quehaceres cotidianos, el polo de la comunidad cristiana y el polo del encuentro personal con Dios.
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