"Vivir y comunicar el evangelio hoy" carta pastoral 1 y 2
23.02.07 @ 12:02:50. Archivado en Evangelio
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPONA Y TUDELA,
BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
CUARESMA – PASCUA 2007
INTRODUCCIÓN
I. ¿QUÉ ES VIVIR EL EVANGELIO?
1. Nuestra fe es una fe viva
2. El primer paso: el encuentro con Jesús vivo
3. Segundo paso: comunicar el tesoro hallado
4. Para vivir y comunicar el Evangelio hay que dejarse conducir por el Espíritu
II. LA VIDA DE JESÚS, GUIADA POR EL ESPÍRITU
1. Su vida entre la gente
2. Su comunidad de discípulos
3. Su relación personal con el Padre
4. Aprender de Jesús a vivir en el Espíritu
INTRODUCCION
Entrar en la Cuaresma significa abrirse a un tiempo de gracia, de conversión y de profunda renovación. El Espíritu nos conduce a este tiempo como condujo a Jesús al desierto, a prepararse durante cuarenta días para cumplir su misión. Siguiendo los pasos de Jesús, estamos llamados a vivir esta Cuaresma como tiempo para fortalecer nuestra fidelidad a su Evangelio; para prepararnos a subir a Jerusalén con El y acompañarlo en su pasión y muerte; para disponernos a recibir en plenitud la gracia de su gloriosa resurrección.
En esta ocasión hemos querido aprovechar este tiempo cuaresmal para examinar nuestra vocación a la vida evangélica hoy. Nos parece necesario hacerlo para sentir, de modo renovado y verdadero, que el Evangelio es Buena Noticia para nosotros mismos y para el mundo. En un tiempo y en una cultura en que nos puede parecer difícil comunicar esa Buena Noticia, es preciso que sepamos que no hay dificultad que no podamos superar si dejamos que el Evangelio resuene con fuerza en nuestras vidas.
Dado que se trata de vivir y comunicar el Evangelio, nos ha parecido lo más adecuado acercarnos a los propios evangelios en especial, buscando el complemento de otros textos bíblicos relacionados con el contenido de esta Carta Pastoral. Y lo hemos hecho aguzando nuestra actitud de escucha a la Palabra viva de Dios. Por ello, hemos querido centrarnos en dicha Palabra, dejando que resonara en nuestras mentes y en nuestros corazones, y reflexionando sobre su significado para nosotros. Esa es la razón por la que sólo os ofrecemos textos bíblicos, que hemos deseado que sean abundantes y amplios. Ellos forman la espina dorsal de nuestro escrito .
Partimos de una convicción: El Evangelio es un manantial de verdad y vida tan precioso hoy como en tiempos de Jesús; un tesoro sin igual para nosotros y para el mundo. Quien lo vive de verdad siente el impulso irresistible de comunicarlo a los demás y su testimonio se hace creíble y eficaz. Para vivirlo sólo hay un camino: seguir a Jesús, cada cual según su propia vocación, bajo la guía del Espíritu.
Nosotros, siguiendo a Jesús a través de los relatos evangélicos, nos hemos asomado a su propio caminar en el Espíritu, en total fidelidad al Padre, para descubrir en El al Hijo único de Dios, hecho carne para manifestar al mundo el amor eterno del Padre en la gloria de la Cruz, por la que hemos sido salvados. Nos hemos acercado a El como “el Camino, la Verdad y la Vida”. A partir de su ejemplo de Maestro, hemos tratado de reflexionar sobre nuestro propio camino espiritual para vivir y comunicar el evangelio hoy.
Os ofrecemos, pues, una carta que quiere ser una ayuda para que viváis y comuniquéis el Evangelio. Os invitamos a que la leáis individualmente y en grupo, dejándoos interpelar por la Palabra y abriendo vuestros corazones a su poder transformador. Deseamos de todo corazón que el Espíritu de Jesús os muestre en esta Cuaresma vuestro propio camino para ser testigos fieles del Evangelio y así anunciar al mundo la Buena Noticia pascual.
I. ¿QUÉ ES VIVIR EL EVANGELIO?
“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”
(Evangelio de San Mateo, capítulo 5, versículo 48)
Jesús acaba con esta frase rotunda un largo discurso que comienza con las Bienaventuranzas y prosigue indicando las pautas de comportamiento de quienes se sienten atraídos por el Reino de los Cielos. Este comportamiento no admite componendas, sino que es una llamada a la perfección, a la santidad y al amor sin límites. Si bien sólo Dios puede ser perfecto, todos estamos llamados a buscar su perfección sin dejar por ello de reconocer nuestra condición de criaturas. Se trata, sin duda, de una de las enseñanzas más emblemáticas de Jesús, que resuena en los corazones de muchas personas y ha servido para inspirar y guiar a cuantos, a lo largo de los siglos, han tratado de seguirlas.
La profunda atracción de esta llamada a la santidad heroica sigue vigente en nuestro mundo y se manifiesta de muchas maneras por una razón obvia: responde a lo más propio y más noble del corazón humano, aunque, por muchas razones, parezca lo contrario. La comunidad cristiana sólo puede ser sal y luz en el mundo si, en respuesta a esa llamada a la vida heroica, siente el Evangelio como un tesoro vivo que, por su especial valor, desea comunicar al mundo entero de palabra y de obra.
1. Nuestra fe es una fe viva
La tradición de la Iglesia tiene el valor insustituible de ser el fundamento histórico de la fe que hemos recibido y en la que hemos sido educados. Conocerla en profundidad es descubrir un rico legado de sabiduría. También es descubrir el largo camino de luces y sombras, de fidelidades e infidelidades, de aciertos y errores, de rupturas aún vigentes, de una Iglesia que en su peregrinar se ha visto confrontada y corregida, muchas veces de manera dolorosa, por la acción purificadora del Espíritu que la guía y la reconforta.
Descubrir la tradición significa, sobre todo, encontrarse cara a cara con todos aquellos, santos y santas, que han sentido en lo más profundo de su ser al Dios vivo y, amándolo apasionadamente, han dado un vuelco a sus vidas y han dado testimonio fructífero de ese amor. Porque, y ésta es su gran lección, aprendida a su vez de Jesús, sólo se puede creer de veras en Dios con amor apasionado.
No hemos de confundir, por tanto, vivir la fe en la riqueza de la tradición que nos ha sido legada, con ser cristiano por tradición y pertenecer culturalmente a la Iglesia. Esta última forma de ser cristiano, muy común entre nosotros, puede descafeinar la validez intrínseca de la fe y su carácter vivo y transformador, para convertirla en algo que, aunque presente en cierta medida en nuestras vidas, no resuena profundamente en nuestro interior.
Por ello, la fe cristiana es percibida por muchos como un mero conjunto de complejas doctrinas, prácticas rituales y normas morales; sin embargo, ver la fe de esa manera es perder su verdadero significado y su alcance. Vivir la fe es, antes que nada, emprender un viaje espiritual que nos cambia la vida y nos llena de fuerza, arrojando luz que nos ayuda a comprendernos, a comprender a los demás y a entender la vida y el mundo. Ese viaje espiritual no acaba nunca, como nunca pueden acabar los profundos anhelos de paz, amor y felicidad que están anclados en el centro de nuestros corazones.
Miradas de esa manera, las doctrinas dejan de percibirse como un conjunto de verdades a abrazar de manera pasiva, para convertirse en manifestaciones vivas de una verdad que, sembrada por Dios, está presente desde siempre en nosotros, intuida de modo más o menos preciso, y que ahora resuena con fuerza en nuestro corazón y en nuestra mente, pasando a se fuente de luz y de vida.
Por su parte, las prácticas rituales no son meras repeticiones de gestos y acciones inmutables consagradas por la tradición, sino auténticos actos liberadores que, sacándonos de la dureza, de la opacidad y de la banalidad de lo ordinario, nos ponen en contacto con la luz, el sentido y el poder del amor divino por el que hemos sido creados y llamados a vivir en plenitud y gozar de la felicidad eterna.
Finalmente, la fe, lejos de constituir una esfera alejada de la vida, nos señala, a través de las normas morales, fundadas en el principio supremo de la caridad, el modo en que los creyentes debemos actuar para vivir justa y santamente. Los caminos del Evangelio nos conducen por la senda de la justicia, de la paz y del amor hacia la plenitud a la que aspiramos en lo más profundo de nuestro ser. Esa es la razón por la que la Biblia subraya una y otra vez el mismo principio: caminar por el sendero justo nos conduce a la verdadera felicidad y contribuye al bien de todas las personas.
Todo esto puede ser resumido del siguiente modo: las verdades de la fe, reveladas por Dios, nos descubren la verdad profunda que ese mismo Dios ha inscrito en nuestro propio ser; la liturgia nos renueva y fortalece mediante la actualización del poder liberador y transformador de la gracia divina; por último, los preceptos morales nos conducen por el camino de la santidad, ayudándonos a superar la ambigüedad y la contingencia de la vida y de la historia. Por ello, vivir el Evangelio sin reservas nos conduce a la plenitud de la verdad y de la vida, dándonos la fuerza que necesitamos para superar el mal, para mantener nuestra capacidad de resistir y de esperar en medio de todas las dificultades, y para así empeñarnos en la tarea de que el mundo y la historia se empapen del amor del Dios de la vida.
2. El primer paso: el encuentro con Jesús vivo
Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo:
- Éste es el cordero de Dios.
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó:
- ¿Qué buscáis?
Ellos le contestaron:
- Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
Él les dijo:
- Venid y lo veréis.
Entonces fueron; vieron dónde vivía, y se quedaron con el aquel día; serían las cuatro de la tarde.
(Evangelio de San Juan, capítulo 1, versículos 35-39)
Quien no haya pasado por el descubrimiento de Jesús, como aquel del que queremos saber todo y con el que compartir todo, no puede vivir el Evangelio y, mucho menos, comunicarlo a los demás. El texto de Juan nos abre una ventana por la que asomarnos a cómo alguien descubre al Jesús que nos constituye en personas que se sienten atraídas por él y desean seguirle.
El texto es la versión escrita de un encuentro en el que anhelos, miradas, movimiento y diálogo forman una realidad viva que nos invita a preguntarnos sobre nuestra manera de vivir el Evangelio siguiendo a Jesús. Este pasaje, como muchos otros en los evangelios, no puede ser simplemente leído, sino que debe ser contemplado y sentido en toda su profundidad y viveza, para que no sólo nuestra comprensión, sino todo nuestro ser, se sienta tocado por esta experiencia de encuentro transformador con Jesús.
Una de las lecciones de este bello pasaje de San Juan es que, a pesar de que todos tenemos personas y valores de referencia en nuestras vidas, todo se convierte en relativo cuando de verdad encontramos lo que realmente nos atrae porque responde de lleno a lo que estábamos buscando. Por ello, cuando los dos discípulos de Juan el Bautista oyen que éste les señala a Jesús, diciendo “Éste es el cordero de Dios”, dejan a su maestro y, como empujados por una fuerza irresistible, siguen a Jesús.
El Evangelio nos dice que Jesús se volvió, notó que le seguían y les preguntó qué buscaban. Es como si Jesús se volviera a cada uno de nosotros y nos preguntara por qué somos cristianos. Tal vez no sería fácil para nosotros encontrar una respuesta satisfactoria más allá de lo convencional. Los dos discípulos del Evangelio nos muestran el camino. Su respuesta a Jesús es profundamente vital: “Rabí (Maestro), ¿dónde vives?” En primer lugar y sin ninguna sombra de duda le llaman Maestro, a pesar de que hasta unos breves momentos su maestro había sido Juan el Bautista. Más sorprendente aún es la pregunta que sigue a esta confesión: “¿dónde vives?”
La actitud de los dos discípulos denota lo que se conoce como “flechazo” o “amor a primera vista”. Están tan prendados de Jesús que no sólo le reconocen como Maestro sin antes conocerle, sino que además se quieren meter de inmediato en su casa, lo que equivale a decir en su vida. La respuesta de Jesús se corresponde perfectamente con el anhelo de los discípulos: “Venid y lo veréis”, recalcando así que sólo de manera práctica, siguiéndole en su camino, se le puede conocer. El texto nos deja entrever la viveza del deseo de los discípulos de participar en la vida de Jesús, al relatar que los discípulos siguieron a Jesús y se quedaron con él todo el día. El encuentro dejó tal huella en la vida de los discípulos, que la hora en que se produjo quedó registrada para siempre: “serían las cuatro de la tarde”.
3. Segundo paso: comunicar el tesoro hallado
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo:
- Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
- Tú eres Simón el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).
(Evangelio de San Juan, capítulo 1, versículos 40-42)
¿Podemos guardarnos para nosotros mismos algo tan valioso, que trastoca y cambia nuestra vida? Algo así no sólo se nos nota en el rostro, sino que no podemos evitar el comunicarlo a los demás, porque es como si nos reventara en el pecho. Una fe viva, que es auténtica luz, no puede ocultarse, sino que, como dice Jesús en el Evangelio, está hecha para que ilumine a todos.
Movido por su hallazgo, Andrés, uno de los dos discípulos que había descubierto a Jesús como el nuevo centro de su vida, va al encuentro de su hermano Simón y le comunica la gran noticia: “Hemos encontrado al Mesías”, lo que equivale a decir que habían encontrado a quien el pueblo entero de Israel había estado aguardando durante siglos como su salvador. Pero la cosa no queda ahí, en una mera noticia, sino que su necesidad de compartir y de anunciar el hallazgo hace que conduzca a su hermano donde Jesús. El anuncio no puede quedarse en simplemente comunicar una noticia, por muy importante que sea, sino que una fe viva, tocada por Jesús, desea y necesita pasar a la acción, conduciendo a los demás hasta El.
La última parte del texto es reveladora de cómo el encuentro con Jesús vivo nos cambia para siempre. Al mirarle fijamente a Simón, Jesús se mete en su alma y, con el simbólico cambio de nombre, transforma también todo su ser para el resto de su vida. El relato también sirve para hacernos comprender que, aunque de palabra y de obra llevemos a otros a Jesús, no somos nosotros los que les cambiamos, sino que es el propio Jesús el que lo hace.
¿Cómo vivir y comunicar la experiencia de fe viva y transformadora de estos primeros discípulos de Jesús?
4. Para vivir y comunicar el Evangelio hay que dejarse conducir por el Espíritu
Una de las cosas que más cuesta en la vida es fiarse de verdad de los demás. Aún más nos cuesta dejar que los otros nos conduzcan. Algunas experiencias centrales de nuestra vida, especialmente la de ser madre o padre, pasan por un olvidarse de nosotros mismos para que otros, nuestros hijos e hijas, sean el centro de nuestra existencia. Estas experiencias se reducen, casi de modo exclusivo, al ámbito de lo privado, un ámbito cada vez más problematizado en una cultura que prima al sistema – el conocimiento tecno-científico, la producción de riqueza y la organización - frente a la vida.
En la vida de las personas, la autonomía es un valor que ha ido en aumento, de la mano de la educación, del progreso material y de la importancia de la profesionalización. Culturalmente, ponerse en manos del “otro” parece crear un vértigo creciente, cuando “ser uno mismo” se considera una condición necesaria para ser persona y tener éxito en la vida. Este factor de creciente autonomía e individuación ha cambiado en gran manera las relaciones humanas, sobre todo en el ámbito familiar, que vive la paradoja de ser el más valorado socialmente y, sin embargo, estar sometido a un proceso de precarización.
En esta situación, hablar de ponerse en manos del Espíritu puede producir una reacción de rechazo, análoga a la que nos refiere Pablo acerca de Jesucristo crucificado: escándalo para unos y locura para otros. Y, sin embargo, sólo se puede vivir la fe sintiéndose en situación de auténtica infancia espiritual, dejándose tomar de la mano y ser conducido por el Espíritu.
Eso y no otra cosa es la espiritualidad; una espiritualidad que no se limita a la vida de recogimiento, de oración y de práctica sacramental, sino que envuelve toda nuestra existencia, vivida por la fuerza del Espíritu Santo, en sus múltiples vertientes.
II. LA VIDA DE JESUS, GUIADA POR EL ESPIRITU
El Evangelio de San Lucas nos dice de Jesús, refiriéndose a los años de su vida oculta en Nazaret, que “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Los evangelios nos muestran que este crecer de Jesús va a continuar hasta su entrega total. Si nos metemos profundamente en los relatos evangélicos, dejando que los mismos lean nuestra vida, el itinerario espiritual de Jesús se nos aparece con toda claridad. Jesús, impregnado de una viva y singular conciencia de Dios como Padre, va descubriendo paso a paso su vocación de manera más clara y profunda, dejándose encaminar a “la subida a Jerusalén”, donde le esperan su pasión y muerte en cruz.
Ese itinerario espiritual de Jesús se desarrolla en tres ámbitos distintos pero inseparables entre sí: el de sus relaciones con la gente, el de su relación con su grupo de discípulos y el de su relación continua con el Padre. El Espíritu le va descubriendo las implicaciones de su vocación original e inquebrantable, conduciéndole para ello a través de estos tres ámbitos, todos ellos necesarios en el discurrir de su itinerario.
1. Su vida entre la gente
Jesús va a ir acercándose y percibiendo cada vez mejor a Dios a través de su encuentro con las gentes. Los pobres, los enfermos, la mujer cananea, la viuda del óbolo en el templo, las gentes que le dieron lástima porque parecían “ovejas sin pastor”, el centurión, Zaqueo y la mujer que, en su entrega total, le lava sus pies con sus lágrimas, se los seca con sus cabellos, los cubre de besos y se los unge con un perfume caro, le van mostrando cada vez más vivamente el rostro misericordioso, la gratuidad radical y el amor sin límites de Dios. Este descubrimiento le hace exclamar a Jesús una y otra vez, a la vez sorprendido y maravillado: “¡Qué grande es tu fe!”, refiriéndose a la gente, y “Yo te alabo”, dirigiéndose al Padre, con el que está íntima e indisolublemente unido.
Este Jesús, que bajo la guía del Espíritu crece en sabiduría y en gracia, va a manifestarse como un gran reformador religioso, comunicando su adhesión confiada al Dios del amor no sólo en sus discursos, parábolas y mandatos morales, sino también en la confrontación con los sabios, los ricos, los doctores de la ley y los sumos sacerdotes.
Veamos, como ejemplo de este itinerario espiritual entre las gentes, el episodio revelador de la mujer cananea, tal como nos lo relata el Evangelio de San Mateo:
Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
- Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
- Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó:
- Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas:
- Señor, socórreme.
Él le contestó:
- No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
- Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
- Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.
(Evangelio de San Mateo, capítulo 15, versículos 21-28)
El relato comienza diciéndonos que Jesús salió de donde estaba para encaminarse a otro lugar. Es un ejemplo del constante itinerar de Jesús que nos muestran los evangelios. El libro de los Hechos de los Apóstoles se refiere a los creyentes como aquellos que abrazan “el camino”. En el relato evangélico, Jesús sale de donde está para retirarse a la región de Tiro y Sidón. Dos datos son significativos: Jesús quiere retirarse, algo que trata de hacer frecuentemente tras haber actuado; y lo hace yéndose a territorio pagano.
Como tantas veces le ocurre, es reconocido y sus deseos de retiro se ven frustrados por una mujer cananea, pagana por tanto, que comienza a pedir a gritos que cure a su hija. Jesús ni se digna contestarle. Parece muy contrariado. En un segundo momento, sus discípulos le piden que, al menos, se dirija a ella para decirle que se vaya y deje de molestar, pero él parece seguir sin querer saber nada de la mujer y les recuerda que su misión se limita al pueblo de Israel. En ese momento, la mujer se planta delante de Jesús y se postra ante él, pidiéndole que le socorra, forzándole a que le atienda. Jesús le trata con dureza, diciéndole que atenderla sería como echar a los perros el pan de los hijos, que son los que pertenecen al pueblo de Israel. La mujer, lejos de darse por vencida, adopta una actitud de profunda humildad y le da una respuesta que denota una gran fe en la universalidad de la misericordia y del amor de Dios. Jesús capta inmediatamente el significado de esa fe, de boca de alguien que no contaba para nada, en este caso por su doble condición de mujer y de pagana. El episodio es una muestra de cómo Jesús descubre en los que no cuentan una fe y una comprensión de Dios, que van a sorprenderle de forma continua y poderosa.
2. Su comunidad de discípulos
Pero Jesús no vive solo este proceso de descubrir un Dios siempre nuevo y de sentir cada vez con mayor fuerza la vocación de anunciarlo con la entrega de su propia vida, sino que comparte su vida y sus experiencias con la comunidad de discípulos y discípulas que itineraban con él y, muy especialmente, con los doce. Podríamos decir que los que le seguían eran su comunidad, aquellos con los que iba hablando, comentando sus experiencias con la gente y las situaciones cotidianas con que se encontraba, y buscándoles su sentido. El grupo constituía lo que hoy llamaríamos un grupo de referencia, de revisión de vida y de maduración en la fe.
Los ejemplos de este segundo polo de la espiritualidad de Jesús son constantes en el Evangelio, haciéndose especialmente relevantes en algunos pasajes, tales como la última cena y el lavatorio de los pies. Jesús no puede entenderse sin sus discípulos, sin su comunidad de vida y de proyecto. Veamos, como ejemplo del funcionamiento de este ser conducido por el Espíritu a través de sus discípulos, el siguiente pasaje del Evangelio de San Juan:
Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:
- Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:
- ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?
Y dijo:
- Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce:
- ¿También vosotros queréis marcharos?
Simón Pedro le contestó:
- Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.
(Evangelio de San Juan, capítulo 6, versículos 60-62 y 65-69)
El pasaje nos muestra un momento crucial en el caminar de Jesús; un momento de crisis, en el que se pone de manifiesto que sus enseñanzas no se corresponden con el sentir ni de las gentes ni de los que le seguían, quienes se sentían escandalizados por su contenido. Su propia comunidad de discípulos se disgrega y muchos le abandonan. Jesús necesita saber si aquellos que él mismo ha elegido también le van a abandonar, porque ello significaría el final de su comunidad y, por tanto, el fracaso de su predicación.
El relato pone de relieve la importancia de la comunidad en la vida y obra de Jesús. De ahí que se dirija a los doce para preguntarles si de verdad creen en él o, por el contrario, como los demás, se sienten escandalizados y desean abandonarle. La confesión de Pedro, que habla por todos, expresa la fe en Jesús de su propio grupo de referencia y la decisión de seguir con él, a pesar de que los demás le hayan abandonado. Esta confesión de fe de Pedro, en nombre de los doce, se encuentra en los cuatro evangelios y marca un momento crucial en la vida y en la misión de Jesús, reflejado en el anuncio de su pasión y en el relato de la transfiguración de Jesús, que los evangelios sinópticos sitúan a continuación de este pasaje. A partir de ese momento, su predicación va a reflejar de modo más decidido su carácter definitivo, de cumplimiento de la ley y de los profetas, tanto frente a los sacerdotes, ancianos, escribas y fariseos, como frente a las autoridades civiles.
3. Su relación personal con el Padre
El tercer polo de la espiritualidad de Jesús - presente desde el principio en los dos polos anteriores y del que todo procede - es su relación personal con el Padre, que le ha llamado y le va conduciendo por caminos que el propio Jesús, como lo mostrará en la oración de Getsemaní, preferiría no tomar. El lugar es siempre un lugar apartado, del que el desierto es la figura más simbólica. Se puede concebir la vida pública de Jesús como una vida entre dos experiencias de desierto radical, la de la preparación para su vida pública y la de su pasión, crucifixión y muerte. En ambas, Jesús es tentado para que use su poder para su propio provecho, abandonando así su fidelidad a Dios Padre. En ambas pruebas se manifiesta su fragilidad, y por tanto el estar sujeto a la tentación, y su fidelidad, o lo que es lo mismo, su no estar sometido al pecado.
La Carta a los Hebreos capta perfectamente esta doble condición de fragilidad y fidelidad de Jesús, cuando nos dice “Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (capítulo 4, versículo 5). Es sobre todo en esas ocasiones de prueba cuando Jesús aparece solo, orando personalmente al Padre, en un lugar apartado, buscando la relación directa con la fuente de su vida y realizando un ejercicio de discernimiento que viene exigido por el paso al que se siente conducido por el Espíritu. A veces, la oración se torna dramática y angustiosa, como en el siguiente pasaje de la oración del huerto:
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
- Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
- Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.
Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
- Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.
Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
- ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
- Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.
Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
- Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
(Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos 36-46)
Este pasaje muestra a la perfección y en el límite, la experiencia de soledad y de desierto radical de Jesús, en el umbral de su pasión y muerte ignominiosa en la cruz. Nada más acabar la Ultima Cena, Jesús va con los discípulos al llamado huerto de Getsemaní. Lo más importante del relato son los movimientos continuos de Jesús, que se corresponden con sus movimientos espirituales. El primer movimiento muestra que, como en otras ocasiones, dentro de los doce existe un círculo más estrecho de tres discípulos. Jesús deja a los doce para orar al Padre, pero toma a tres en los que apoyarse y, porque siente tristeza y angustia, les pide que velen con él.
A partir de ahí Jesús se mueve tres veces hacia el Padre, para ponerse en sus manos, y otras tantas hacia el grupo de los tres, buscando el apoyo de su círculo más íntimo en una hora de tanta angustia. El relato nos dice que los tres discípulos caen dormidos y no velan con él, acentuando aún más la inevitabilidad de la soledad en momento tan supremo y anunciando que todos sus discípulos le abandonarán en su pasión y muerte en cruz. Los tres movimientos hacia adelante y hacia atrás subrayan la lucha entre sus deseos y la voluntad del Padre; en otras palabras, la lucha entre la tentación que nace de la fragilidad y la fidelidad a la vocación que le señala el Espíritu. La frase final de Jesús indica que la hora final ya ha llegado y que su decisión de aceptar libremente la voluntad del Padre es firme y definitiva, haciendo que ya no necesite el apoyo de sus tres más íntimos.
4. Aprender de Jesús a vivir en el Espíritu
Aunque el camino de Jesús es único, por su condición constitutiva de Hijo y su íntima e inquebrantable unión con el Padre, nos muestra de manera excelente algunos elementos de nuestro propio itinerario espiritual. El primero es que vivir la fe, esto es, la relación con Dios, supone ponerse en manos del Espíritu para dejarse conducir por El. El segundo elemento es que el Espíritu nos conduce por el camino al que nos llama Dios, esto es, por el camino de nuestra vocación. Espiritualidad y vocación, por tanto, son indivisibles, como las dos caras de una misma moneda. El tercer elemento es que dejarse conducir por el Espíritu, respondiendo positivamente a nuestra vocación, supone tomar decisiones cruciales, que marcan nuestra vida y le dan su sentido definitivo. El cuarto elemento es que esas decisiones consisten en acciones concretas que testimonian y comunican nuestra fe; en otras palabras, vivir y comunicar la fe son los dos aspectos del seguimiento de Jesús, recorriendo el camino concreto de la vocación de cada uno, bajo la guía del Espíritu. El quinto y último es que toda espiritualidad tiene tres polos distintos, pero necesarios e íntimamente unidos entre sí: el mundo en el que ejercemos nuestra vocación, la comunidad en la que vivimos y discernimos nuestra vocación y, finalmente, la experiencia de desierto y de relación personal, oracional, con el Dios de Jesús.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/76520
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Me pregunto en qué pensarán los sacerdotes cuando al oficiar la Eucaristía, rezan: "Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra..." ¿Pensarán en que D...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Colectivo Tabira
autor
Contacto








