El michelín y la pereza

El michelín, esa  protusión indiscreta, acusadora que se asoma sobre nuestra silueta y que se va extendiendo poco a poco hasta terminar en un flotador que nos rodea, al que se pueden unir otros michelines, por delante, por detrás, en los brazos, en los muslos, amenaza nuestra existencia.  Cuanto mas desesperados estamos y menos nos gustamos, más pereza nos da todo. La pereza nos invade,  da pereza hacer ejercicio, da pereza ir andando a cualquier sitio, da pereza  ordenar las comidas, da pereza cocinar, da pereza ir a la compra, da pereza pensar, hemos entrado en la fase de pereza estructural, tenemos pereza hasta de nosotros mismos.

Y mientras el michelín crece y la pereza va creciendo, suben la tensión, el azúcar, el colesterol, y los triglicéridos, notamos que respiramos peor y que nos fatiga hacer cualquier esfuerzo, dormimos mal, roncamos mucho, nos quedamos dormidos en cualquier sitio sobre todo ante  la tele con el cuerpo espatarrado en el sofá apoyado en el michelín, con la pereza transformada en somnolencia.

Entonces nuestro ánimo cambia, no nos gustamos,  la ansiedad empieza a comernos por dentro y nosotros  empezamos a devorar para intentar calmarla. Todo vale, picoteamos a todas horas, nos damos atracones cuando nadie nos ve y si no podemos dormir, nos levantamos a comer “a ver si así me entra sueño”. Y así entramos en el círculo del michelín y la pereza unida a la mano negra de la ansiedad.

¿Qué ha pasado?, pues que protusiones como el michelín, se nos han puesto en todas partes. Unas se ven y otras no. Rodean nuestros órganos y no los dejan funcionar, la grasa interna estropea el metabolismo y hace que enfermemos, las arterias se taponan y el riego sanguíneo disminuye, incluso puede faltar en algún momento, y entonces entramos en la fase de las desgracias mayores, nos hacemos diabéticos, hipertensos, dislipémicos, el riego sanguíneo nos falla, y mira por donde nos da un infarto.

A partir de entonces tomamos 10 o mas pastillas diarias que a veces se nos olvidan, (recordar que la pereza sigue siendo parte estructural de nuestra vida), nos sentimos desgraciados, rechazados e insatisfechos. “Que hemos hecho para merecer esto”. Hemos tocado fondo. Al maldito círculo maligno michelín-pereza-ansiedad se le añade otro invitado la enfermedad.

Llevamos años oyendo: “debería adelgazar”, la obesidad no es buena, le está haciendo daño. Nosotros lo sabemos y un día salimos de la consulta del médico totalmente dispuestos a ser buenos, nos apuntamos al gimnasio, vamos al supermercado y compramos todos los alimentos que, creemos  o nos han dicho, son sanos. Tenemos la casa llena de comida sana y nos hemos gastado una pasta en el gimnasio o en un aparato como una cinta andadora, o bicicleta que depositamos  en mitad del salón a modo de símbolo. Los hemos conseguido.  Ya estamos en la fase 3, tenemos todo controlado, el primer día nos damos una paliza  haciendo ejercicio y al terminar a parte de las agujetas que no nos dejan movernos,  nos duele una rodilla. ¡Que fastidio tenemos que estar un tiempo en reposo! y el médico nos dice que no se nos ocurra seguir haciendo el bestia si no queremos terminar con las rodillas hechas polvo. Tenemos la nevera repleta de comida sana pero  no nos apetece cocinar, así que, como nos duele la rodilla, decidimos llamar para que nos traigan algo, eso si que sea sano. Mira por donde  el precio es caro y acabamos pidiendo algo de comida rápida, para salir del paso, “total por unos días”. Pero por fin estamos mejorando, vemos las verduras en el plato como un enemigo pero las comemos, intentamos no picar patatas fritas  y los bollos, aunque nos llaman no les hacemos caso. Estábamos en el buen camino cuando tenemos una fiesta y todo el esfuerzo realizado lo tiramos por la borda ante los chorizos y morcillas de una suculenta barbacoa  ¡!!!!!!!!!!! BASTA YA!!!!!!!!!!!!!!!!  No podemos más, la bascula no engaña y mucho menos el cinturón.

¿Qué estamos haciendo mal? nos preguntamos atónitos,  nos hemos gastado un dineral en aparatos de gimnasia, hemos comprado  zanahorias y yogures desnatados  y el michelín sigue ahí amenazante y replicándose. Estamos derrotados, ¡que me quiten esto!,  ¡que alguien me ayude y me lo solucione y rápido por favor!

Lo que pasa es que tenemos que cambiar poco a poco, pero muchas cosas a la vez. Hay que desprenderse de la pereza paralizante y empezar a pensar que sin esfuerzo no se consigue nada. Nadie te lo puede solucionar, solo tú podrás hacerlo con tesón y tiempo. No hay alimentos buenos o malos, no hay que matarse y hacer ejercicios imposibles, no hay fármacos milagro ni magos del adelgazamiento. Solo hay voluntad y  ganas, los mejores antídotos contra la pereza.

Caminar media hora  TODOS los días con calzado cómodo ayuda. Levantarse media hora antes y tomar un buen desayuno en vez de salir sin tomar nada ayuda. Cocinar guisos bajos en grasa, tomar verduras, legumbres  y frutas ayuda. Evitar fritos, reducir los dulces y beber agua para quitarnos la sed ayuda. Aumentar el pescado y no abusar de carnes grasas ayuda. Hacer el esfuerzo de planificar el menú y dejar la comida preparada ayuda. Organizar planes activos en vez de pensar solo en comer ayuda. Salir con los hijos o con los amigos a dar un paseo  ayuda. Leer el etiquetado y elegir alimentos bajos en grasa y  sin azucares añadidos ayuda.  Ir de vacaciones y evitar los buffets libres ayuda. Darse un paseo después de un día duro de trabajo  ayuda.  Usar el transporte público, en vez del coche, y subir las escaleras andando ayuda.

Conforme alejamos la pereza, el michelín se encoje, recuperamos la salud y nos sube la autoestima. Lo que parecía imposible  ¡ponernos unos pantalones  arrinconados en el fondo del armario!  y salir a dar un paseo con la autoestima alta  ahora es posible. Lo hemos conseguido.

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