Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Defensor de los pobres

17.10.18 | 23:10. Archivado en Cristianismo

Vincenzo Paglia. Postulador de la causa / L´Osservatore Romano.- La canonización del arzobispo Óscar Arnulfo Romero Galdámez es un don extraordinario a toda la Iglesia católica de este inicio de milenio. Lo es también para todos los cristianos, como muestra la atención de la Iglesia anglicana que en el 2000 colocó una estatua de monseñor Romero en la fachada de la catedral de Westminster, junto a la de Martin Luther King y Dietrich Bonhoeffer. Y es un don también para la sociedad humana, como muestra la decisión de las Naciones Unidas de declarar el 24 de marzo -día de su asesinato- jornada internacional por el derecho a la verdad sobre las graves violaciones de derechos humanos y por la dignidad de las víctimas.

El Papa Francisco quiso que Pablo VI y Romero estuvieran unidos en la celebración de la canonización. Es una cercanía significativa. Son dos grandes testigos del siglo XX: dos santos del concilio Vaticano II. El uno porque lo llevó a término y el otro porque vivió el espíritu hasta el final.

Monseñor Romero encontró al Papa Montini poco después de su nombramiento como arzobispo de San Salvador. Las acusaciones contra él y su acción pastoral, que llegaron también a Roma, fueron muy fuertes. El arzobispo presenta al Pontífice las fotografías del jesuita Rutilio Grande, asesinado junto a dos campesinos, Pablo VI las bendice y le dice a Romero: «Valor, usted es el arzobispo, usted es quien manda, guíe a su pueblo». Sus colaboradores recuerdan que el apoyo de Montini fue decisivo, de hecho, le dio nuevas energías. Hoy están unidos como ejemplos de santidad para toda la Iglesia.

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