Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Cardenal Carlos Aguiar, legitimación exterior

12.10.18 | 18:53. Archivado en Iglesia católica en México, Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / No ha sido la primera vez. Parece que don Carlos Aguiar se encuentra más cómodo en aires curiales, entre mitras y solideos, que en su misma Arquidiócesis a la cual no se le ve ni forma o camino. Llamado al sínodo de obispos, su Eminencia integra el grupo redactor del documento final sobre los jóvenes en representación de la Iglesia del continente americano. Sus ambiciones por dejar impronta proyectan más que un legado, don Carlos Aguiar es influyente, sigue apuntalando su carrera, y para eso pisa peldaños, no importa si se trata del mismo Papa. En esa competencia, ha dejado atrás a otros prelados con mejores credenciales idóneos para el puesto en el prestigiado grupo sinodal redactor como el uruguayo Daniel Sturla, salesiano de 60 años, más joven que Aguiar, comprometido socialmente y con más tablas que el Arzobispo de México sobre el tema que ocupa a los obispos actualmente en Roma.

Con prontitud, el cardenal Aguiar se mueve donde se siente a gusto y parecen entenderlo, embelesando sus oídos justamente con lo que desea escuchar. Medios romanos y vaticanos dándole los reflectores mientras en México, la maraña pastoral no tiene ni punta visible para desenredar la madeja. Don Carlos pretende ese impecable liderazgo que es puramente artificial.

No es extraño notar cómo, al interior del arzobispado, se ha desmarcado de las cuestiones políticas dejando esos asuntos a quienes, como gatos, se relamen los bigotes por su influyentismo y relaciones institucionales. Preocupado por los enroques, el manejo económico, la futura ¿o frustrada? división arquidiocesana y los cabildeos para tener un arzobispo de Tlalnepantla afín a sus pretensiones, su Eminencia predica en el exterior lo que no ha podido consumar al interior.

En reciente conferencia de medios, del miércoles 10 de octubre, el cardenal Aguiar vislumbró ilusiones, retos y desafíos de la juventud; sin embargo, más de uno pudo haber fruncido el ceño, los más avezados en asuntos pastorales de la Iglesia particular reconocieron dos discursos cardenalicios incompatibles. O lo que es lo mismo, la típica actitud de políticos y líderes mexicanos al echar mano de la popular “filosofía” de “como digo una cosa, también digo otra”.

Citando a filósofos, don Carlos recurre a las formas que mejor le sirven, perogrulladas disfrazadas de novedad, aderezadas con una pequeña dosis de retórica: Nuevas generaciones adaptadas a la cultura, estabilidad, consenso de valores, conductas sociales bajo la rumiada fórmula del cambio de época y temida fractura cultural provocando la confusión popular. Cual moderno gurú, el arzobispo Aguiar consulta en la bola de cristal lo que es evidente. Nuevas tecnologías de la comunicación, lecturas recomendadas, replanteamiento de métodos ante el cambio de época, colegialidad, la nueva visión de Iglesia.

Aguiar Retes es impecable académico, pero al fin teórico y sin arrojo para convencer sobre lo que dice apoltronadamente en una sala de prensa a más de diez mil kilómetros de una realidad que no ha podido comprender o mejor dicho no ha querido atender. Desde su entronización como Arzobispo de México, pocas han sido las manifestaciones de fe demostrando el cariño sincero del pueblo de Dios hacia su pastor; el académico arzobispo no ha calado profundo, sin impacto, insiste con lejanía característica.

Ejemplo de lo anterior fue la Primera Jornada Nacional de la Juventud Mexicana realizada el 11 y 12 de agosto. Fue la oportunidad perdida con resultados desoladores. En la Ciudad de México el impacto de esa reunión fue semejante al paso fugaz de un bólido desintegrándose en la atmósfera del cambio de época. De milagro salió adelante, raspando lo menos posible al cauteloso cardenal preocupado por el boato, ajuares y parafernalia.

En la alfombra roja del sínodo, don Carlos apuntala argumentos en “la gestión de ayudas solidarias” como efectivo “camino sinodal”, mientras su destreza oculta el disgusto y apatía por la falta de entusiasmo de un presbiterio que vive al día. Sus sacerdotes son los que menos saben de ayudas solidarias y caminos sinodales. Inalcanzable, los presbíteros de la Arquidiócesis conocen de los deseos de su Eminencia por videos cortos, sesgados comunicados, tuitazos o autolikes en redes sociales. El entreverado camino de la Arquidiócesis de México es, en realidad, sórdido mutismo, desgastado y lento andar en terracería de un pastor que guarda el boato principesco y clerical de “don” y “señor” para que su voluntad sea acatada, primero impone, después dialoga. Adentro no hay sínodo.

“Mente, corazón y brazos” son elementos esenciales en el ser humano ¿Para qué? “Nadie puede salir solo” dice su Eminencia. Sin embargo, contrastando la idea de compañía en el camino, el único adjetivo para este gobierno arzobispal es el siguiente: Orfandad. En la Arquidiócesis de México, la mente del pastor no ha sido creativa, pero sí burocrática y demagógica. Visitar a hospitales como si fuera funcionario público -dicho sea de paso, no ha cumplido con su cometido mensual de consolar a los enfermos en nosocomios de la capital- Son contadas las visitas a parroquias para la foto, no camina por colonias populares, se mueve entre Tlalnepantla y Ciudad de México en la seguridad de vehículo resguardado y lo peor, a ocho meses de su llegada al Arzobispado “no ha encontrado dónde reposar la cabeza” cuando todavía prefiere vivir en el territorio del cual es administrador.

Quizá el punto central es cómo don Carlos se traiciona a sí mismo cuando, lejos, muy lejos de casa, dice lo que piensa y aquí, si lo hace, cubre con el falso velo de la santa prudencia.

En México, se asoma el tremendo debate sobre el aborto. Poco a poco, “ante este cambio de época” la imposición de este falso derecho se asoma para dotarle de efectividad nacional. La idea legislativa viene surgiendo desde esta capital que ahora dará el modelo para ser impuesto a nivel federal. Cuando Aguiar Retes llegó a la Arquidiócesis juró no tener un enfrentamiento directo entre sectores provida y abortistas y dijo que la mejor manera de convencer era a través del testimonio de mujeres que pasaron el trauma del aborto. Al momento, el discurso ha sido más bien evasivo.

Tampoco es desconocido cuando su Eminencia prefiere hablar en la penumbra de las cosas políticas. Quizá para no dejar, refiere la violencia e inestabilidad y ruega para que todo esto termine. Sin embargo, en Roma, traspasó los límites de su prudencia acostumbrada cuando dijo sobre la descomposición que nos carcome: “Son problemas gravísimos contra la dignidad humana y no tenemos mecanismos para frenarlos, pero tenemos esperanza de que el nuevo gobierno tome nota de estas situaciones”.

Carlos Aguiar poco ha colaborado para hacer posibles mecanismos o por lo menos no se ve; mientras él se aplica en el sínodo, la Conferencia del Episcopado Mexicano firma inusitados e inéditos acuerdos de colaboración con entidades de la administración pública -todavía bajo la presidencia de Peña Nieto- para vincular el trabajo de la Iglesia y el gobierno y resarcir el tejido social vulnerado o activar esos mecanismos para el cuidado y la rehabilitación de los bienes inmuebles patrimonio de la nación. Los errores y falta de visión, la mala asesoría y la perniciosa influencia de sus más cercanos colaboradores, han sacado de la jugada al Arzobispo Primado para influir en el presidente electo de México.

“Gemimos en la orfandad” dice una oración dedicada a las vocaciones. Eso parece ser el sentimiento de toda una Arquidiócesis la cual, en la mente del pastor, se pretende como una futura potencia de renovación y eclesialidad que sólo existe en la mente de su Eminencia cual vaporoso sueño. Cuando en el sínodo don Carlos intelectual refiere a Ortega y Gasset, debería tener en cuenta lo que el autor de la Rebelión de la Masas dice de esta ambivalencia del poder e influencia de los poderosos. Aplica también para un arzobispo ansioso de legitimación: Ad extra enseña instrumentos para vivir intensamente, pero ad intra no transmite la sensibilidad para afrontar los grandes deberes de nuestra historia.


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