Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

La Iglesia no es élite

07.09.18 | 10:15. Archivado en Cristianismo

L´Osservatore Romano / Es significativo que el Papa Francisco «no piense en el problema de los abusos como una realidad que deba ser afrontada solo por la jerarquía y por los sacerdotes»; al contrario, precisamente «el clericalismo, y el haber reducido a menudo la Iglesia a una élite, ha generado una forma anómala de entender la autoridad», que ha «devaluado la gracia bautismal» y, no pocas veces, «ha contribuido a formas de abuso, sobre todo en la conciencia de las personas». Es cuanto subrayó el cardenal Beniamino Stella durante un simposio que tuvo lugar en Fátima el lunes por la tarde, 3 de septiembre.

Hablando del sacerdote según el magisterio del Pontífice, el prefecto de la Congregación para el clero no dejó de recordar los recientes eventos que han ocupado los titulares. Estos, reconoció, «sacan a la luz situaciones dolorosas, que a menudo se refieren a sacerdotes y recaen gravemente en la vida de la Iglesia». Al respecto el cardenal hizo referencia a la carta que el Papa Francisco dirigió al pueblo de Dios sobre el tema de los abusos a menores, haciendo notar que además de «emplear los mejores recursos para la formación humana y espiritual de los sacerdotes» es necesario dar vida «a una acción global y constante sobre la prevención de tal plaga y la protección de los menores».

En efecto, precisó el prefecto, «es necesario especificar que esta obra de purificación, que ya ha empezado, necesita del apoyo de todos los bautizados». De hecho, es necesario «crecer todos en esta conciencia ya animada por la eclesiología del Concilio Vaticano II: juntos, sacerdotes y laicos, como único pueblo de Dios», cada uno según «la especificidad de la propia vocación», están invitados «a caminar y trabajar al servicio del reino de Dios», sosteniéndose unos a otros y «compartiendo con amor atento las alegrías, las dificultades y los sufrimientos». Por otro lado, subrayó, el trabajo del dicasterio para el clero «testimonio que muchas situaciones de la vida de los sacerdotes, generadas por soledad, cansancio e incomprensiones, no se habrían degenerado o se habrían afrontado a tiempo si hubiera habido escucha, acompañamiento y el compartir por parte de los obispos y de toda la comunidad cristiana».

El cardenal después expresó «un sincero reconocimiento al trabajo, precioso y escondido, de tantos sacerdotes esparcidos por el mundo, que ofrecen cotidianamente su vida al servicio del pueblo de Dios». Al respecto, reiteró que es necesario «ser agradecidos a los sacerdotes por su servicio generoso, su indefenso trabajo pastoral y por la riqueza de su corazón», que, conformado a Cristo y alimentado «por la amistad con él, late por la necesidad y las expectativas del pueblo de Dios y por eso se gasta totalmente», a veces también en medio «de notables dificultades y no pocas incomprensiones». Es, de hecho, gracias al ministerio de los sacerdotes, «a su oración y a su celo pastoral, que las comunidades cristianas reciben el “signo” de la presencia de Cristo buen pastor». Con la predicación «de la Palabra estas siembran la esperanza de la “buena noticia” en el corazón de las personas; administrando los sacramentos hacen deslizar la gracia del Espíritu Santo que santifica el corazón de los fieles». En efecto, a través de su presencia en medio del pueblo, «su caminar juntos llevando los cansancios y los pesos de la gente, su capacidad de escucha y de compasión, estos se convierten en imagen del amor misericordioso del buen pastor en el mundo».

En su discurso, el prefecto desarrolló el magisterio del Papa sobre el sacerdocio profundizando algunos aspectos de la figura del sacerdote, que es discípulo, pastor configurado al corazón de Cristo y hombre de discernimiento. En este sentido «es llamado a ser todavía hoy un “mediador” capaz de hacerse prójimo, de escuchar y acompañar, ejercitando el arte de la misericordia y sembrando con plenitud la alegría del Evangelio».

A la pregunta «¿Quién es el presbítero?», el Papa Francisco responde sobre todo «afirmando que es un discípulo permanente del Señor». Tal afirmación, «lejos de ser un simple eslogan, tiene implicaciones prácticas de alto relieve». Ser discípulos permanentes significa «acordarse que es la relación personal con el Maestro la que debe marcar a fuego la existencia presbiteral». Como Jesús buen pastor, también el sacerdote «debe aprender a vivir en la praxis pastoral y en las relaciones humanas la misma caridad de Cristo», es decir, «el amor sin confines, la capacidad del don sin límites, la obstinación en el apuntar hacia los más débiles y más alejados, el deseo de alcanzar a todos y no perder a nadie». Concretamente esto significa: sacerdotes que «ofrecen la propia vida por el pueblo de Dios, que llevan en la propia carne las preguntas y las heridas de la gente, que acompañan con ternura las situaciones a veces atormentadas de la vida, que anuncia sin cansarse la esperanza de la “buena noticia” y facilitan el encuentro con Dios Padre». En el discernimiento el sacerdote ejercita «el verdadero ministerio pastoral», es decir, el ser propiamente un pastor, que «vence el riesgo de la autorreferencialidad, de un actuar pastoral “externo” a la vida real de su pueblo» y, sobre todo, de esa «excesiva seguridad doctrinal que podría encerrarlo en los propios esquemas y hacerlo convertirse en un rígido “contable del espíritu”».

En la conclusión de la jornada, el purpurado celebró la misa con los participantes del simposio.


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