Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Linchamientos, la barbarie

02.09.18 | 16:08. Archivado en Análisis y Opinión, Centro Católico Multimedial

Editorial del Centro Católico Multimedial / Los terribles hechos sucedidos esta semana en Puebla e Hidalgo estremecen a cualquiera quien goce de un mínimo de razón y quepa en su ser el más elemental respeto por la vida y dignidad de cualquier persona.

Observar las escenas de una turba enardecida desafiando a los elementos policiales para que ellos simplemente den paso a los agresores y capturar a las víctimas del linchamiento, nos hacen cuestionar seriamente sobre la capacidad de respeto al otro y la debilidad de las instituciones. Obedeciendo sólo rumores y dichos, el etéreo rumor se hizo palabra convertida en filosa navaja que, boca tras boca, fue sentencia suficiente para torturar y pasar por fuego a los presuntos delincuentes quienes, al final, resultaron inocentes. ¿La culpa? Haber estado en el lugar menos conveniente.

No son hechos aislados simplemente. La justicia por propia mano y los linchamientos se han multiplicado en el país. Sacudir este árbol arrojará frutos podridos que caerán en la memoria para recordarnos otros eventos recientes igualmente indignantes. El 19 de octubre de 2015, dos hermanos encuestaban a pobladores de Ajalpan, Puebla, acerca de hábitos de consumo de tortilla. Para un grupo resultaron sospechosos. La fuerza municipal los llevó a la comandancia para resguardo; sin embargo, el rumor infundado se esparció acusándolos de ser «secuestradores de niños».

Los hermanos, tomados con violencia, fueron torturados al borde del paroxismo colectivo y linchados bajo gritos de haberse consumado la justicia popular. También fueron lesionados policías municipales además del robo del armamento oficial y daños a la presidencia municipal. En esa ocasión, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos dirigió una recomendación al Gobernador de Puebla por graves violaciones de los derechos humanos y debilidad institucional.

Otro juicio popular causó conmoción en medios para caer en los dimes y diretes y luego desvanecerse. Se trató del caso de dos policías federales linchados y uno más sufrió tremenda golpiza hasta ponerlo al borde de la muerte en san Juan Ixtayopan, Tláhuac, en el 2004. La escandalosa y morbosa cobertura explotó hasta la saciedad imágenes de los torturados.

La delegada de la demarcación, impotente, se retiró del pueblo y la policía no pudo llegar “debido a la lejanía del lugar y el tráfico”. Según las indagatorias, el Secretario de Seguridad Pública de ese tiempo no atendió oportunamente la emergencia acusándolo de ser negligente en el desempeño de sus labores; otros afirmaron que sólo se limitó en ver desde el cielo, en la seguridad de un cómodo helicóptero, a la turba enardecida cuyo premio de la victoria fueron dos policías quemados por una comunidad que los acusó falsamente.

Para muchos, la justicia por propia mano y los linchamientos son acciones “donde no queda de otra” ante el debilitamiento institucional, la ausencia del estado de derecho, impunidad, tortuguismo y la inacción judicial para procurar justicia pronta y expedita. En cierto sentido, muchos aplaudirían estas acciones colectivas que echa mano de juicios sumarios ilegales demostrando el poder y fuerza que ya no tienen autoridades policiales.

Sin embargo, el trasfondo tiene algo más delicado, preocupante y degradante. La vida de una persona se convierte en objeto de la capacidad punitiva de una masa que, a la vez, no es responsable en ninguna circunstancia. Golpizas y palos, patadas y pedradas, machetazos e incineraciones, el uso pródigo de la violencia sin límites absolutamente reprobable e indecente, evidencia el nivel de crueldad que embota la conciencia de la turba para tener su sacrificio de ley: la sangre derramada.

¿Qué diferencia hay entre las muertes cometidas con lujo de sadismo y tortura del narco y el crimen organizado? Ninguna, pero a la vez el pueblo se cree justificado por decenas de grabaciones de teléfonos celulares para difundir las imágenes a la manera de reality shows suscitando morbo por los ajusticiados y por la vida en sí. “La sangre deleita una libido de miradas crueles” escribiría san Cipriano. Contra lo que pudiera pensarse, la voz del pueblo no es la voz del Dios que quiere la vida de todos. Esa crueldad es el fermento de la barbarie. Esa indiferencia es la que poco a poco nos está aniquilando.


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