Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Catástrofe moral

19.08.18 | 17:09. Archivado en Análisis y Opinión, Centro Católico Multimedial

Editorial CCM / La reciente liberación del informe del gran jurado de Pensilvania sobre víctimas de abusos sexuales por parte de clérigos es verdaderamente impresionante. Ha puesto de nuevo a la Iglesia en una situación sumamente delicada y de reflexión que tiene profundas implicaciones para la historia y sobre la manera como se está afrontando estos delitos, la tolerancia cero y cómo se está formando a quienes servirán en las comunidades a lo largo y ancho del mundo.

La Iglesia de los Estados Unidos ha recibido dos golpes muy duros que ahora siguen destapando la descomposición como en 2002 cuando, a raíz de los abusos en la Arquidiócesis de Boston, obligaron al desaparecido cardenal Bernard Francis Law a dimitir de su encargo. Primero, la revelación de que el arzobispo emérito de Washington, cardenal Theodore McCarrick (1930), reconocido y laureado prelado, habría tenido una vida sexual reprobable y no propia de un sacerdote, causando la indignación del Papa Francisco removiéndolo del colegio cardenalicio y, ahora, sometido a reclusión privada en tanto se dan las investigaciones pertinentes.

El segundo, el informe del gran jurado de Pensilvania. Cerca de 900 páginas detallan los crímenes reprobables de 300 depredadores sexuales que, valiéndose del estado clerical, traicionaron la confianza y dañaron a otros. Las primeras palabras del informe son particularmente un grito y, a la vez, reclamo de justicia por años negada: “Nosotros, miembros de este gran jurado, necesitamos que esto se escuche. Sabemos que lo han oído antes. Han existido otros reportes de abusos sexuales contra niños en la Iglesia católica, pero nunca a esta escala. Para muchos de nosotros, estas historias pasaron en cualquier lugar, en algún lado. Ahora sabemos la verdad: Ocurrieron en todas partes”.

Este informe de Pensilvania recuerda a uno similar de junio de 2009. Los obispos de Irlanda se reunieron con Benedicto XVI para detallar al pontífice el contenido del Informe Ryan de la Comisión creada por el gobierno irlandés para investigar los abusos físicos, psicológicos y sexuales cometidos contra niños y adolescentes. En esa ocasión, el arzobispo de Dublín, Dairmund Martin y el primado de Irlanda, monseñor Sean Brady, manifestaron a los medios que el papa se sintió “visiblemente disgustado” por el contenido del informe que evidenció los abusos de clérigos miembros de las congregaciones católicas que sostuvieron las escuelas y asilos del país.

El caso del reporte de Pensilvania es realmente un mazazo a la credibilidad de la Iglesia estadunidense que se desempeña, principalmente, en los grupos migrantes. El presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, cardenal Daniel N. Dinardo, arzobispo de Galveston-Houston, en un comunicado del 16 de agosto, definió lo que trae consigo esta debacle donde identificó una causa particular: las fallas de liderazgo en cada obispo que pudo haber estado involucrado, con sus omisiones o encubrimiento, propiciando el abuso de poder de esos clérigos delincuentes.

Para el episcopado es obligado el perdón, la reparación, la reconstrucción de la confianza y atención a las víctimas; que esto jamás vuelva a repetirse y cada institución católica sea un lugar seguro. La situación causada por estos delitos es también advertencia a cada uno de los obispos, sacerdotes y laicos en donde la Iglesia sirve y está presente.

Esos depredadores ganaron la confianza de las víctimas y abusaron creando una generación perturbada y perdida, pero siempre hay detrás alguien que lo sabía y ocultó. Ese mal infligió heridas profundas, ahora se abren en Estados Unidos descubriendo cómo un sistemático y persuasivo aparato fue construido para callar las voces que comienzan a denunciar el dolor de las almas, quienes padecieron la corrupción de lo que ya se conoce como la “catástrofe moral” en la Iglesia católica de los Estados Unidos.


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