Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

El Sol que nace de lo alto

25.12.17 | 09:28. Archivado en Cristianismo, Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / La historia de la Iglesia ha asentado los elementos fundamentales de nuestras tradiciones centradas en el misterio pascual de Cristo. Cualquiera de estos tiempos fuertes se fundan gracias a las enseñanzas desde la Escritura, la Tradición y el Magisterio, para conformar nuestro patrimonio de fe. La evolución de las ciencias y disciplinas bíblicas han arrojados datos muy importantes que, hasta hace cincuenta años atrás, no eran conocidos por la cristiandad. De forma particular, el análisis histórico - crítico de las Escrituras permiten una reflexión novedosa dando un sentido distinto a nuestra forma de conmemorar y agregando un elemento esencial: el por qué de las cosas que celebramos.

La navidad es una de las fiestas cuya esencia es la expectación gozosa por el nacimiento del mesías en la carne, pero su inercia histórica y sobrenatural hacen esperar en su regreso no como el de un niño indefenso y vulnerable, sino como el de Juez Poderoso quien pondrá en la balanza a justos y pecadores y reinará por siempre dominando todas las cosas, mismas que fueron creadas por Él y para Él. No sabemos ni el día ni la hora de estos terribles sucesos, esto no quiere decir que sea una cosa de miedo y terror; más bien, desde el ángulo de la fe, el regreso de Cristo es motivo de esperanza y alegría característicos de la navidad.

El nacimiento de Cristo es un hecho histórico que se ha prestado a las especulaciones más variadas, teorías inverosímiles, mitos y leyendas. A pesar de las importantísimas investigaciones bíblicas, se perciben sombras que cubren este evento celebrado con alegría y colorido ignorando muchos de sus elementos en su origen y significado. Es concluyente que el día y mes del nacimiento del Salvador nos es desconocido. Al principio de la Iglesia cristiana, la primera conmemoración observada por los primitivos creyentes fue la Pascua y el 25 de diciembre no jugó papel trascendente alguno. En diferentes grupos cristianos, al avanzar el siglo II, se debatían las ideas de una posible fecha del nacimiento del Salvador entre el 6 y 10 de enero, el 19 o el 20 de abril, el 20 de mayo o hasta el 18 de noviembre. Sólo hasta el siglo IV, hacia el 350, podrían situarse los datos para adoptar el 25 de diciembre como la fiesta conmemorativa del nacimiento de Jesús.

Algunos argumentos que explican el designio de este día derivan de la suplantación de la fiesta pagana del dios sol Mithra, la deidad persa generadora de una religión mistérica prometedora de redención e inmortalidad. En Babilonia, Mithra era considerado el dios solar, jefe de los planetas y de las estrellas. No sólo la celebración de su generación, en los días invernales, le dio este reconocimiento de sol invicto, también su triunfo sobre las largas noches del solsticio, en una adopción tardía de los romanos, lo hizo triunfador, dispensador de la victoria, dios de la guerra, conductor de las almas sacándolas de las tinieblas para retornarlas al lugar de la luz en un tránsito de vida superior que, en las religiones paganas romanas, era de clara influencia egipcia.

Los especialistas y estudiosos de las fuentes arqueológicas grecorromanas han coincidido que el sincretismo del dios sol Helios y Mithra eran muy arraigadas hacia el siglo III de nuestra era y evidencias históricas se muestran en una serie de monedas del imperio acuñadas al dios solar. Esta es la época donde el cristianismo sostuvo una franca lucha por su supervivencia hasta prevalecer sobre las religiones paganas del mundo helénico y latino donde se asentó.

Los datos bíblicos, por otro lado, contienen elementos suficientes que nos permiten juzgar el nacimiento de Cristo como un hecho histórico, no simple alegoría y suposición fundamente del cristianismo. Datos importantes son relatados en el Evangelio de Lucas y Mateo reporta el nacimiento de Jesús, no así el de Marcos, el Evangelio más antiguo, ni el atribuido a la tradición de Juan. Lucas proporciona hechos como el censo del emperador Augusto al cual debían empadronarse los habitantes de las provincias imperiales así como los nombres de los gobernantes durante el nacimiento de Jesús y las circunstancias del traslado de sus padres hacia la ciudad donde deberían cumplir con esta obligación, Belén.

A pesar de que las investigaciones concluyen que los datos evangélicos no pueden resumirse en uno solo, ni que las circunstancias del nacimiento de Jesús puedan ubicarse en un tiempo invernal o cercano a esa temporada, desde el siglo II de nuestra era constan relatos de que el pueblo de Belén era lugar de peregrinaciones hacia una gruta o cueva donde se supone el nacimiento originando ya de forma tardía, hacia el 320, la construcción de un edificio o templo para conmemorar el hecho, la Basílica de la Natividad, cuya estrella en el piso pretende indicar el lugar donde Jesús vino al mundo, construcción religiosa que desde 2012 ha sido declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Independientemente del debate académico, la navidad representa una de las fiestas más queridas y entrañables de fe en el patrimonio de los cristianos. Jesús es el Sol que nace de lo alto, luz para alumbrar a la naciones (Lc 2, 29-32) nacido en Belén (Mt 2, 5-6), enviado por Dios, el Verbo quien tomó la humildad de la carne y por quien Dios hizo todas las cosas (Jn 1, 1-3). Su mensaje es cercano a nosotros y es real (Cf 1Cor 1, 4-7) y su nacimiento ha sido un parteaguas en la historia de la humanidad.

La navidad no es una fiesta pagana, es celebración de regocijo y esperanza, nos dispone a estar alertas y ser conscientes de nuestro juicio personal y del aprovechamiento de nuestros talentos. La navidad es movernos, como Iglesia, todos juntos hacia Belén embriagados de alegría por las noticias del cielo para adorar a quien nos ha enseñado a conducirnos en el amor (Cf Ef 5, 1-2). Como afirmó el Papa Benedicto XVI, los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente. ¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. (Homilía, misa de Nochebuena, 24 de diciembre, 2012).

Feliz Navidad a todos.


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