Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Si no crees en las apariciones…

12.12.17 | 16:20. Archivado en Iglesia católica en México

La historia del segundo obispo de Tamaulipas, Mons. Eduardo Sánchez Camacho, y la rebeldía que le llevó a negar las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Un asunto que llegó hasta el mismo Presidente Porfirio Díaz.

Guillermo Gazanini Espinoza / La fe del pueblo mexicano desborda año tras año en una cita puntual a los pies de su amada Madre, Santa María de Guadalupe, dadora de esperanza y certeza en medio de las tribulaciones y del dolor, otorgando cariño y consuelo sobrenaturales para vencer cualquier inclemencia y obstáculo. La razón cede ante la fe humilde, sencilla, no busca explicaciones o el porqué de las cosas. Ella es la Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Desde que el culto guadalupano se documenta en 1560 con el relato de las apariciones, no han sido pocas las ocasiones en la historia donde se registra la antítesis del milagro guadalupano. En el 2017 se cumplen 121 años de una singular amenaza a raíz del manifiesto proclamado por segundo obispo de Tamaulipas, Mons. Eduardo Sánchez Camacho, quien refutó el milagro de Guadalupe cuestionándolo de forma tal que la controversia requirió de la intervención del mismo Presidente de la República, general Porfirio Díaz.

A raíz de la coronación de la venerada imagen, el 12 de octubre de 1895, por concesión del Papa León XIII, ciertas disputas se venían dando en la República Mexicana y que se avivaron por la realización de la solemne ceremonia en la Colegiata de Guadalupe encabezada por el arzobispo de México, Don Próspero María Alarcón y el arzobispo de Michoacán, José Ignacio Arciga y Ruiz de Chávez. Una especial protesta vino de un prelado, Eduardo Sánchez Camacho, quien después del Quinto Concilio Provincial Mexicano, el 23 de agosto de 1896, remitió una carta a los obispos mexicanos para exponer sus argumentos en contra las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

Un libro editado por el gobierno del Estado de Tamaulipas en 2013, Apuntes sobre la vida del obispo rebelde de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho, da cuenta del conflictivo personaje nacido en Hermosillo, Sonora, el 7 de septiembre de 1838. En 1855 inició los estudios sacerdotales en el seminario de Sonora. Las dificultades del período de la Reforma le obligaron a acompañar en el destierro a su obispo, don Pedro José de Jesús Loza y Pardavé, quien le confirió el sacerdocio en San Francisco, California, el 5 de abril de 1862. Ciertamente, según los apuntes, el ánimo del presbítero Sánchez Camacho no era el mejor por vivir en el destierro. Sus primeras acciones ministeriales las hizo en los Estados Unidos. En febrero de 1865 regresó a México, tocando puerto en Mazatlán. Era la época del Segundo Imperio (1863-1867) y que causó especial repulsión al recién llegado porque, según sus apuntes, esos gobiernos "sólo sirven para perpetuar el mal en los gobiernos, principalmente en los tiempos sin fe en que vivimos…”

La desestabilización debido al régimen imperial en Guaymas y Culiacán suscitó no pocos incidentes de violencia de manos de la guerrilla y resistencia republicana que le obligó a trasladarse a Guadalajara hasta la caída de la infortunada aventura francesa y el fusilamiento del emperador.

Regresó a Culiacán; sin embargo, la promoción de Loza y Pardavé, obispo de Sonora, a la sede de Guadalajara como primer Arzobispo, obligó a acompañar al mentor hasta su nueva cátedra y asistirle también en el viaje al Concilio Vaticano I (1869) convocado por Pío IX donde se definió el dogma de la infalibilidad del Romano Pontífice.

La ocupación de la Ciudad Eterna por las tropas de Víctor Manuel II en septiembre de 1870, obligó a la suspensión de Concilio y a la devolución de los conciliares a sus países de origen. Mons. Loza y Pardavé y su fiel acompañante, el padre Sánchez Camacho, regresaron a Guadalajara, ahí prosiguió con los estudios de jurisprudencia y derecho canónico.

Sánchez Camacho fue promovido a la diócesis de Tamaulipas gracias al apoyo de su padrino, el Arzobispo de Guadalajara. Consagrado el 29 de junio de 1880, tomó posesión como segundo obispo, el 3 de diciembre, y los apuntes consignan en aparente celo pastoral: “Ha provisto de clero a las parroquias y diócesis que antes carecían de él, ha adquirido una buena finca para su seminario que allí abrió, le dio estatutos y en tres años que existió dio excelentes sacerdotes formados allí de estudiantes jaliscienses; ha celebrado dos sínodos que corren impresos, ha reparado varias iglesias y no descansa por atender a la mejora de su diócesis, de la que dice que aunque es esposa pobre y fea, pero que no es pretenciosa, que está muy contento con ella y que no desea dejarla”.

En esos años las controversias contra el milagro guadalupano estaban en punto de ebullición y previo al desarrollo del Quinto Concilio Provincial Mexicano, el arzobispo de México, Próspero María Alarcón, emitió un edicto que reivindicaba las apariciones de Guadalupe como “tradición antigua, constante y universal de la nación mexicana”.

La mayoría de obispos estuvieron de acuerdo con el decreto del arzobispo Alarcón menos uno, el de Tamaulipas. El 23 de septiembre dirigió una carta a los reunidos en el Concilio Provincial y que es reproducida en el libro de Jesús Amaya, La Madre de Dios. Génesis e Historia de Nuestra Señora de Guadalupe (1931). En el texto se puede leer ese pretendido amor a la Virgen; pero, a juicio del querellante, los deseos de coronación de Benedicto XIV y León XIII fueron concedidos por intrigas, súplicas e instigaciones del episcopado y no de un acto libre de los pontífices.

Sánchez Camacho fue más allá al afirmar la libertad de México y, en consecuencia, el país no necesitaba de Iglesia o jerarquía alguna. Apuntando contra los bienes eclesiásticos, el prelado tamaulipeco instigó a invertirlos en la capacitación y enseñanza de los pobres e indígenas para darles “un estado mejor, para que esa noble ambición les haga procurar levantarse de la postración en que se encuentran y no ser objeto de la burla y el desprecio de los extranjeros”. De esta forma, decía, los obispos deberían ser personeros de Cristo actuando sin intereses materiales. Y arremete contra la Guadalupana cuando se puede leer: “Los que no creen en la aparición son la mayoría de nuestra gente ilustrada. Mandáis que se rindan solemnes cultos a la divinidad el 12 del entrante octubre para desagraviarla de la ofensa de los que no creemos. Haced las funciones que gustéis sin agravar con ellas a los curas ni a los fieles sino de vuestros propios fondos que son abundantes por cierto”.

Varias especulaciones animan a comprender por qué esta aversión del obispo de Tamaulipas. Algunos ven en Sánchez Camacho una cierta “política de la conciliación” por los pobres que, como se ve, no es algo nuevo como se pretende afirmar en la actualidad, pero los dardos del obispo rebelde iban más lejos cuando defendió la fundación de la iglesia mexicana y el rompimiento con la Santa Sede. Otros apuntan a cierto desgaste de su persona; como se ha descrito, vivió el destierro y a la vez sufrió los ataques del clero que le acusó de vividor, borracho y descuidado. Lo cierto es que Sánchez Camacho prosiguió en su rebeldía comparándose con los pensadores de la reforma protestante y las agitaciones crecieron hasta que, los obispos mexicanos, exigieron la intervención del mismo Porfirio Díaz para zanjar la controversia.

Ante esos escándalos y afrentas al milagro de Guadalupe, el Presidente de la República llamó al prelado. Y con una frase más allá de cualquier conciliación, y muy a la mexicana, el general Díaz sentenció al rebelde: Si nos crees en las apariciones, vas a creer en las desapariciones. Más adelante se conocería que Porfirio Díaz así había amenazado en virtud de que la conducta del obispo estaba perturbando seriamente la paz pública.

Sánchez Camacho fue excomulgado y vivió en su finca “El Olvido” bajo los constantes ataques y controversias que le pusieron el mote del “obispo del diablo”. Murió el 14 de diciembre de 1920.


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