Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Antigua Basílica de Guadalupe, el milagro de la unidad

12.10.17 | 10:11. Archivado en Iglesia católica en México, Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / El 12 de octubre representa la memoria del mestizaje. No sólo es conmemoración del encuentro de dos mundos. En México lleva la impronta de la historia que amalgama la nacionalidad en un símbolo del cielo: Santa María de Guadalupe, emblema de amor y de identidad.

A ella está unida, de manera perenne, el majestuoso santuario que le abrigó por siglos y que fue de los principales escenarios de la historia de fe, devoción y encuentro del pueblo de México. Antigua Basílica de Guadalupe, hoy Templo Expiatorio de Cristo Rey, es la veta riquísima de vida espiritual y de batallas en el transcurrir de los siglos por los que pasaron dificultades económicas, jurídicas y de formalidades seculares que acarrearon no pocos problemas a ese inmueble. A pesar del paso implacable del tiempo, subsiste como santuario donde el pueblo de México trazó pincelazos de historia oculta entre muros, pinturas, riqueza histórica que retumba y emerge en el silencio de los fieles orantes ante Jesús Eucarístia.

La construcción de Antigua Basílica que albergaría la Colegiata de Guadalupe, data entre los años 1694 y 1709 a laderas del cerro del Tepeyac que forma parte de la cadena de la sierra de Guadalupe y es prolongación del cerro de Santa Isabel. De acuerdo con la investigación del eminente historiador, el canónigo Dr. Gustavo Watson Marrón, y contenida en el magnífico libro “El Templo que unió Nueva España” (2012), la iniciativa para construir el templo a la Virgen de Guadalupe tuvo anuencia del Arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas, quien permitió recaudar las limosnas necesarias en el arzobispado y derribar el templo artesonado que albergaba a la imagen de Guadalupe. En enero de 1695, de acuerdo con el mencionado historiador, se echó abajo el templo antiguo para delinear los cimientos del nuevo santuario. Era el inicio de una historia cuyo problema principal fue la recaudación económica para seguir adelante con las obras. El total de los gastos invertidos en el templo se aproximó a los 500 mil pesos y la dedicación solemne tuvo lugar el 1 de mayo de 1709. El día anterior, 30 de abril, la imagen sagrada de la Madre de Dios fue trasladada desde la iglesia de indios en una procesión solemne que unió a las autoridades seculares y eclesiásticas. “De esta forma, dice el Dr. Gustavo Watson, quedó concluido el cuarto templo construido en el Tepeyac donde estuvo el sagrado original de Guadalupe, después de las ermitas de Zumárraga (1531) y Montúfar (1556) y el templo artesonado (1622)”.

Desde 1709 hasta el siglo XX, la historia del templo Guadalupano estaría asociado al poder mismo de la Nueva España, el proceso de independencia, el nacimiento de una nación y el crecimiento avasallador de la ciudad que poco a poco comenzó a devorar La Villa de Guadalupe hasta integrarla a la mancha urbana.

En 1737, la Guadalupana fue proclamada patrona de la capital de la Nueva España, justo en el momento de la gran epidemia que diezmó a la población novohispana y en 1746, era titular de todo el virreinato y ese esplendor, igualmente, padeció las inclemencias naturales, pero también avaricias humanas mientras el entorno se renovaba incesantemente. Las primeras grandes modificaciones de la Colegiata constituida en 1750, es decir, la iglesia en donde se alberga un Cabildo canonical sin ser cátedra del obispo, fueron hechas en el siglo XVIII consecuencia de la edificación del convento de Capuchinas en 1781 durando cinco años -1787- cuando las primeras religiosas fundaron el convento el 15 de octubre. El santuario sufrió daños considerables que obligó al traslado de la Virgen al convento de Capuchinas por las afectaciones de las bóvedas debido al peso del nuevo edificio contiguo. Lo anterior obligó a las reparaciones de la sacristía, la sala del cabildo, y otros lugares necesarios para la administración de la Colegiata.

Lo que comenzó como un sencillo culto a la imagen pintada un rudo ayate, progresivamente fue haciéndose magnífico y esplendoroso; sin embargo, los arquitectos que dieron forma al edificio no vieron la traición de un suelo inestable y fangoso sobre el cual se levantaba la ciudad virreinal. Iván Martínez Huerta, investigador del museo de la Basílica de Guadalupe, escribió en un artículo publicado en el boletín guadalupano de septiembre de 2009, que en 267, el templo sirvió de casa para la bendita imagen, fue remodelado, redecorado y reconstruido “en varias ocasiones”. Las maderas fueron reemplazadas por mármoles y con motivo de la coronación pontificia de la Guadalupana, el 12 de octubre de 1895 por voluntad del Papa León XIII, la Colegiata tuvo un baldaquino colosal sobre el altar principal, retablos de mármol y la colocación de las pinturas monumentales hoy en restauración. Hasta 1931, en ocasión del IV centenario de las apariciones del Tepeyac, el templo, elevado a la dignidad de Basílica por voluntad de San Pío X en 1904, tuvo nuevas ampliaciones que dañaron la estructura que sufría progresivos hundimientos.

A mediados del siglo XX, el deterioro del templo era evidente y se temía un colapso. Juan B. Artigas, en el estudio “Basílica del siglo XX en la Villa de Guadalupe” señaló cuáles fueron las principales afectaciones del conjunto mariano hasta antes de la construcción de la moderna Basílica en la década de los setenta. Así lo describe: “…El deterioro de los edificios antiguos debido al hundimiento de las estructuras, producido por su propio peso y por el descenso del nivel del agua en las capas freáticas del subsuelo del Valle de México, con la consiguiente compresión del terreno. En el caso de La Villa, esta compresión motivó hundimientos diferenciales en el frente, es decir el sur, hacia la Ciudad de México, con el Cerro del Tepeyac por respaldo, cuyas capas inferiores son de piedra maciza, lo suficientemente sólidas como para no quedar expuestas a tales variaciones. Los edificios no podían permanecer firmes indefinidamente, con una mitad sobre terreno sólido y con la otra sobre piso de lodo; tal fue la causa de su resquebrajamiento”.

La nueva Basílica de Guadalupe sería el moderno edificio capaz de albergar multitudes de forma segura sin poner en riesgo la integridad de los millones de peregrinos. El 12 de octubre de 1976 fue inaugurada cuando, después de dos años de obras, la sagrada imagen fue trasladada desde la antigua Basílica hasta donde se encuentra el día de hoy. Respecto al antiguo edificio, sería el comienzo de la restauración para evitar el eventual derrumbe que haría perder un patrimonio religioso irremplazable.

Desde 1976 hasta 1999, el santuario permanecería cerrado al culto, agotado por el paso del tiempo y la ausencia de inversiones que apresuraran su rehabilitación. El daño era doble, no sólo al inmueble, también al patrimonio en pinturas y esculturas devoradas por las inclemencias del tiempo. En 1979, las autoridades responsables de los monumentos históricos nacionales iniciaron el sostenimiento del templo para corregir los hundimientos. En mayo del 2000, en el jubileo de la encarnación y del tercer milenio de la era cristiana, una nueva era en Antigua Basílica se abrió para ver el nacimiento del Templo Expiatorio de Cristo Rey, iniciativa del Arzobispo Primado de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera, cuya voluntad fue propiciar el renacimiento del santuario para dispensar misericordia, perdón y esperanza a los miles de fieles quienes diariamente reconocen en la que fuera la Casa de Santa María de Guadalupe, el sitio de silencio y reflexión para el perdón de los pecados.

En ocasión de los 300 años del Templo Expiatorio, en 2009, las autoridades civiles y eclesiásticas aceleraron el proceso de rehabilitación que costó 25 millones de pesos. En esa ocasión, el primer capellán, Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz y los arquitectos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, impulsaron una serie de trabajos de restauración en las torres, en la cúpula y, sobre todo, en la cimentación a través de pilotes de control para corregir los hundimientos. Todo esto sucedió sin interrumpir el culto público de conformidad con los propósitos del Arzobispo Primado de México.

Mientras se acercan los 500 años de las apariciones, en diciembre de 2031, el esplendor del Templo Expiatorio parece resurgir gracias a la tenacidad y entrega de sus encargados directos, pero sobre todo, de la generosa ayuda de los millones de fieles que siguen peregrinando por el inmueble. En enero de 2016, el cardenal Rivera Carrera nombró al segundo capellán, el padre Adrián Huerta Mora, quien continúa con la tarea infatigable para devolver un rostro espiritual, amable y humano en un servicio sacerdotal celoso por acoger a quien necesita de la misericordia.

Con pocos recursos, adeudos increíbles y oposiciones inauditas ha restaurado confesionarios, mobiliarios destruidos y olvidados que deberían ser de uso frecuente por sacerdotes y peregrinos, remozamiento, limpieza de techos y mosaicos, reanimación de campanas, del órgano y reloj monumentales en silencio, callados y dormidos por décadas y la recuperación de los espacios de culto para la pulcra celebración eucarística como fue la devolución del espacio de la sacristía que servía como tienda de recuerdos religiosos. El sello es restaurar la dignidad perdida al Templo expiatorio para cuidarlo como precioso tesoro que es memoria entre el pasado y el futuro del cristianismo en esta Ciudad y que no ha costado poco. Ese ha sido otro de los milagros cuando, gracias a la Providencia, las generosas donaciones del pueblo de Dios han sostenido este templo. Y en la otra cara de la moneda, reactivar las devociones, la fe sencilla a través del culto y la piedad populares. Hoy, por ejemplo, en sus muros se observa la monumental pintura al óleo de los mártires de Cristo Rey lo que, sin lugar a dudas, manifiesta el deseo por extender el conocimiento a los fieles de nuestros santos.

La prueba de fuego la tuvo el pasado 19 de septiembre. La Arquidiócesis de México sufrió daños y pérdidas lamentables en el patrimonio religioso histórico. Casi un centenar de templos sufrieron los embates de la naturaleza por lo que se requerirá de años de trabajo para recuperarlos además de la inversión de miles de millones de pesos. No obstante y al ser un santuario fracturado, el Templo Expiatorio soportó la tremenda sacudida sísmica lo que representa el éxito del adecuado mantenimiento que no debe ceder.

Este 12 de octubre, particularmente en los momentos de reconstrucción que vive la nación mexicana después de los sismos, el Templo Expiatorio dedicado a Cristo Rey, Antigua Basílica de Guadalupe, se levanta como ejemplo de tenacidad y fortaleza, como emblema de amor y esperanza, lugar del perdón y reconciliación. Efeméride significativa por el cúmulo de eventos eclesiásticos que, con el paso de los siglos, han honrado a Santa María de Guadalupe y es en este momento particular de nuestra historia cuando más requerimos de símbolos perennes y no de emblemas líquidos con caducidad inmediata.

Antigua Basílica de Guadalupe ha soportado no sólo la avaricia propia de las personas, también de los embates naturales y del tiempo. Es a la vez, Templo Expiatorio que nos recuerda de dónde proviene nuestro mestizaje gracias a Santa María de Guadalupe quien, como afirma el Dr. Watson Marrón, logró “una unidad entre peninsulares, criollos, mestizos, indígenas y otras castas… Difícilmente se encontrará en este aspecto un ejemplo similar. Esperamos que lo siga haciendo en el México actual” especialmente después de la calamidad.


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