Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Cardenal Rivera Carrera ante la Guadalupana: “Nos duele ver nuestra Ciudad herida”

25.09.17 | 09:43. Archivado en Arquidiócesis México, Análisis y Opinión


Una homilía se volvió plegaria y súplica

Guillermo Gazanini Espinoza / 25 de septiembre.- Domingo, día del Señor. Y en los Estados azotados por los fenómenos naturales fue momento para buscar respuestas a tantas preguntas. Domingo, día del Señor, para tener consuelo y ánimo en la tragedia, motivos para seguir adelante y asirse de alguien en quien confiar. Eso sucedió esta mañana del 24 de septiembre en la Basílica de Guadalupe, moderno edificio que resistió a la fuerza del terremoto, apuntalado por el pilar sobrenatural de la imagen milagrosa, razón fundamental de la esperanza de un pueblo golpeado.

Quizá semejante devoción no se había visto desde 2009 cuando otra desgracia campeó sobre la Ciudad. La peste cerró templos y nos obligó a resguardar para evitar el contagio a los demás. Pocas veces la Basílica de Guadalupe guarda ese silencio penetrante que cala hondo y ensordece los oídos del alma. La fe de la muchedumbre era digna de admiración, devoción del rebaño siguiendo al pastor orante ante la Morenita. La homilía se transformó en súplica del sucesor de Fray Juan de Zumárraga por la ciudad que “ha vuelto a ser sacudida por violentos terremotos… la que tú elegiste para poner esta tu casita, santuario donde muestras tu ternura, tu consuelo y tu bondad”.

La lectura de la plegaria fue manifestación de la incertidumbre en tiempos aciagos. “La ciudad herida y tantas esperanza perdidas”, los 318 muertos, 180 en la capital, que representan el fin de la vida secuestrada en minutos por las fuerzas de la tierra.

Plegaria que, no obstante, recurría a la humildad con voz firme del custodio del ayate de san Juan Diego para pedir perdón por la soberbia de presumir ante la madre de Cristo la inmensa riqueza solidaria de cientos de jóvenes que se lanzaron a salvar a los caídos, “son como tú, que presurosa cruzaste las montañas de Judea para ayudar a tu prima Isabel; ellos han cruzado kilómetros y kilómetros, han pasado cansancio y largas esperas sin desesperar, sólo por ayudar, sólo por tener la alegría de ver a alguien que vuelve a nacer de entre los escombros”.

De poner a los pies de la Guadalupana, con humilde presunción, a “nuestros soldados, marinos, policías que arriesgan su vida y trabajan porque se sienten y son parte del pueblo que sufre. Tú conoces mejor que nosotros a tantas personas que con generosidad y en el silencio han compartido sus bienes y los seguirán compartiendo para que México esté en pie y tenga un futuro más digno”.

Sólo la fe no se derrumba aunque palacios, casas y templos estén en colapso. La súplica sentida del cardenal puso al pueblo de México como “el niño que tiene miedo” y corre al resguardo protector de la Madre para que Santa María de Guadalupe lo guardara en su regazo especialmente a quienes perdieron al ser querido en el retemblar de la tierra que muchos ven como advertencia de conversión y arrepentimiento por los pecados sociales y propios.

“Te traemos lágrimas y fatigas, pero también te traemos rosas blancas, es el amor, la generosidad, la bondad de tus hijos que se ha volcado en los que sufren y lloran, tómalas Señora, y compénsanos con tu intercesión, tu ternura y tu amparo”. Rosas que son símbolo de lo mejor del pueblo que ha despertado la admiración de potencias amigas o extrañas. Rosas formadas por cientos de pétalos de generosidad y solidaridad acogidos en la tilma donde se plasmó la bendita imagen.

El arzobispo concluía la súplica con la promesa a Santa María para darnos “de corazón, hoy que las manos de los necesitados se alzan a nosotros, como las nuestras se levantan ante ti, te prometemos, que no las dejaremos vacías, que mostraremos que somos hijos tuyos, porque sabemos servir, porque sabemos ayudar, porque sabemos amar…”

En cada espíritu, en los miles de corazones esta mañana, palpitaba la seguridad de que Alguien nos ayuda y protege frente a lo que tememos y desconocemos para navegar en la humildad, pero la tragedia debe rendir frutos buenos y maduros que ahoguen la mala semilla a través del amor.

Hace casi 32 años, el 12 de diciembre de 1985, el cardenal Ernesto Corripio Ahumada reclamó al pueblo por haber olvidado los gestos de amor solidario solícito ante la devastación. Ante la Guadalupana, el antecesor de Norberto Rivera Carrera dijo: "Los terremotos de septiembre aumentaron el peso de la crisis con su carga de muerte, dolor, angustia y daños materiales cuantiosos que la solidaridad social, en alentadora actitud, alivió circunstancialmente; sin embargo, pasado el temor, van desapareciendo también los nobles sentimientos que se habían manifestado…”

Treinta y dos años después, vuelven a ofrecerse rosas de esperanza a la Reina de México para recordarnos que la tragedia, con todo el dolor que entraña, deben transformar a México para hacerlo más justo. Tanto sufrimiento no puede ser en vano.

Aquí el texto completo de la plegaria que el cardenal Norberto Rivera Carrera persentó a la Virgen de Guadalupe la mañana del domingo 24 de septiembre:

El centro del mensaje de las lecturas que hemos escuchado es que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios. El pensamiento de Dios se refleja en el actuar del patrón que a todos nos desconcierta y quizá hasta nos escandaliza: ¿Cómo Dios da lo mismo al que trabaja en su viña desde los primeros años que al que llega en sus últimos días? La respuesta es “Porque yo soy bueno”.

Qué bueno que seamos muy sensibles a un reparto equitativo de derechos y deberes, de cargas y beneficios a nivel social, económico. Las exigencias de la justicia son la base de un cristianismo mejor. Pero, sin quitar un ápice a la virtud de la justicia, debemos descubrir que hay otro plano superior: el amor misericordioso. Porque ¡Pobres de nosotros, si Dios nos tratara en términos de estricta justicia! ¡Felices de nosotros, porque Dios nos trata en términos de amor misericordioso!. En estas circunstancias imploremos a Nuestra Querida Madre Santa María de Guadalupe para que su amado Hijo Jesucristo Señor Nuestro nos alcance el amor Misericordioso de nuestro Padre Celestial.

Plegaria a Nuestra Señora de Guadalupe

“Nuestros ojos están puestos en el Señor, esperando su misericordia”. Nuestra mirada se dirige también a ti, Morenita del Tepeyac, que en esta hora de desgracia nos vuelves a decir misericordiosa: “Nada turbe tu corazón, ¿qué no estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿qué por ventura no estás en mi regazo?” Y como niños asustados, corremos a tus brazos, nos acogemos bajo tu amparo, Santa Madre De Dios, pidiendo que nos libres de todos los peligros, ¡Oh, Virgen gloriosa y bendita!

Esta ciudad tuya, madre nuestra, ha vuelto a ser sacudida por violentos terremotos; los daños se han extendido en tu bendita tierra mexicana, afectando a Chiapas, Oaxaca, Puebla, Morelos, el estado y la Ciudad de México, la que tú elegiste para poner esta tu casita, santuario donde muestras tu ternura, tu consuelo y tu bondad.

Nos duelen en el alma las vidas perdidas, las familias desgarradas por el dolor, los niños inocentes que han muerto bajo los escombros, y el llanto de sus padres que no pueden entender la tragedia. Nos duele ver nuestra ciudad herida, tantas esperanzas perdidas, el miedo a otra tragedia que sea aún peor; por eso, venimos a ti, consuelo de los afligidos, para que, al verte, Morenita del alma, nos demos cuenta de que no estamos desamparados, tú nos miras compasiva y piadosa, tú sufres nuestras penas como sufriste al pie De la Cruz, porque Hijo tuyo es Jesus crucificado, e hijos tuyos somos nosotros que hoy gemimos y lloramos en este valle de lágrimas.

Al verte, madre, volvemos a creer, al mirarnos tú, Señora, recuperamos la esperanza; al saberte nuestra Madre, descubrimos que todos los que sufren son nuestros hermanos, y por eso, este pueblo noble se ha volcado en cientos de miles a las calles a socorrer a sus hermanos, y la sangre nos dice que esto es lo que significa ser mexicanos, un pueblo que sabe dar y sabe darse, un pueblo que siendo pobre tiene una riqueza inmensa: su corazón repleto de amor y solidaridad. ¡Qué lección tan conmovedora ha sido ver a tantos jóvenes, días y noches, ayudando a los afectados, repartiendo víveres, removiendo escombros, recorriendo ansiosos las calles buscando a quien ayudar. Esos muchachos, Señora, son dignos hijos tuyos, son como tú, que presurosa cruzaste las montañas de Judea para ayudar a tu prima Isabel; ellos han cruzado kilómetros y kilómetros, han pasado cansancio y largas esperas sin desesperar, sólo por ayudar, sólo por tener la alegría de ver a alguien que vuelve a nacer de entre los escombros, y por eso entonan esa canción que nos identifica: “Canta y no llores, porque, cantando se alegran los corazones”.

Disculpa Niña mía que te presumamos un poco, nos sentimos orgullosos de nuestros soldados, marinos, policías que arriesgan su vida y trabajan porque se sienten y son parte del pueblo que sufre. Tu conoces mejor que nosotros a tantas personas que con generosidad y en el silencio han compartido sus bienes y los seguirán compartiendo para que México esté en pié y tenga un futuro más digno.

Señora del Cielo, cuántas casas derruidas, cuántos pueblos arrasados, cuántos templos derrumbados, pero la fe está firme, la fe se tambalea, pero no se desmorona, y la fe es la que hoy trae al pueblo de México a postrase a tus pies, este pueblo que hoy viene llorando a pedir tu consuelo y a buscar tu abrazo. Necesitamos que nos abraces, Morenita. Necesitamos que nos apapaches, Madrecita; que nos acerques al calor de tu corazón y que nos vuelvas a decir al oido: “Nada te inquiete ni te turbe, ¿qué no estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿qué por ventura no estás en mi regazo? ¿Qué más has de necesitar?

Si tú estás con nosotros no tenemos miedo al futuro; si te muestras como Madre, nos sentiremos hermanos; si tú nos animas, nos pondremos de pie para reconstruir nuestros pueblos y ciudades, para reedificar nuestras casas y templos, crecerá en nosotros el orgullo de ser mexicanos, un pueblo que sabe luchar, una nación que no se rinde, un pueblo que sabe darse con generosidad y alegría, un pueblo que llora, pero que sobre todo canta y hasta lleva mariachis en la tragedia.

Como un niño que tiene miedo y se asegura al resguardo de su Madre, así hoy venimos a buscar tu amparo, venimos a pedir tu misericordia, venimos a pedirte a ti, intercesora de todas las gracias, que pidas a tu Hijo por tu pueblo, que des consuelo a los que sufren, que infundas fe a quien se siente perdido, que des aliento a los desesperados, que a los difuntos les abras las puertas del paraíso y que a nosotros nos des un corazón como el tuyo, lleno de bondad, de generosidad y de misericordia.

Vuelve a traernos consuelo, vuelve a darnos palabras que llenen de esperanza nuestro corazón, vuelve a nosotros tu mirada amorosa y eso nos basta. Ven Señora y danos alegría. Hoy te traemos rosas rojas de entre los escombros, es la vida de tus hijos que han muerto, tómalas en tus benditas manos, abrázalas en tu corazón, y deposítalas en el seno De Dios. Te traemos lágrimas y fatigas, pero también te traemos rosas blancas, es el amor, la generosidad, la bondad de tus hijos que se ha volcado en los que sufren y lloran, tómalas Señora, y compénsanos con tu intercesión, tu ternura y tu amparo.

Seguiremos trabajando, Señora, seguiremos dándonos de corazón, hoy que las manos de los necesitados se alzan a nosotros, como las nuestras se levantan ante ti, te prometemos, que no las dejaremos vacías, que mostraremos que somos hijos tuyos, porque sabemos servir, porque sabemos ayudar, porque sabemos amar, Amen.


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