Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Romero, Centenario

17.08.17 | 18:54. Archivado en Cristianismo, Análisis y Opinión

Federico Hernández Aguilar / La Prensa Gráfica. 16 de agosto.- Mi amigo Pepe Simán suele decir que Monseñor Romero pudo convertirse en todo lo que hoy conocemos porque “era un hombre que, simplemente, seguía a Jesús”. Y si existe alguien que entiende las complejas derivaciones de semejante descripción es Pepe. La sencillez de su frase corre pareja con su profundidad. Seguir a Cristo con coherencia es, sin duda, la vocación más difícil y gratificante que existe, porque se fundamenta en la paradoja de tener que hacer plena la vida olvidándose de ella, pues solo así es posible entregarla a los demás.

Y en esa aparente contradicción de “morir para vivir” encontraba Óscar Arnulfo Romero otra extraordinaria paradoja, quizá la más feliz que pueda hallarse en cualquier doctrina religiosa: la gracia de Dios. No somos las criaturas, en definitiva, las que nos salvamos con nuestras propias fuerzas, sino el amor incomprensible de una Persona –divina y humana a la vez– que dejó trazado un camino, un itinerario, una ruta luminosa. Por eso el Beato, cuando dirigía el semanario “Orientación”, escribió muy a conciencia estas líneas preciosísimas: “(...) Hemos hecho ver que el cristianismo, si no es para hombres de carne y hueso, ni es humano ni es cristianismo”.

Y de carne y hueso estaba hecho Monseñor Romero, nacido hace un siglo exacto en el cálido departamento de San Miguel, específicamente en Ciudad Barrios, una villa que cuatro años antes, hasta 1913, había llevado el nombre lenca de Cacahuatique. Era hijo del telegrafista del pueblo y de una mujer, Guadalupe de Jesús Galdámez, heredera de la pequeña granja que era el sostén principal de aquella familia de ocho hijos.

Habiendo entrado a los 13 años en el seminario menor de San Miguel, Óscar fue a culminar sus estudios eclesiales a Roma, donde recibió el sacramento del Orden Sacerdotal en abril de 1942. “Se ha tenido poco en cuenta la «romanidad» de Romero”, señala su mejor biógrafo, Roberto Morozzo della Rocca, “que en realidad constituyó un elemento decisivo de su formación y, más tarde, de su identidad de sacerdote y obispo”.

Tampoco se subraya mucho el carácter amplio, diverso y complementario del aprendizaje doctrinal del Beato. En El Salvador, por ejemplo, fueron los claretianos sus primeros profesores; en la Universidad Gregoriana, en Roma, se familiarizó con la espiritualidad jesuita, en un ambiente particularmente austero y riguroso; y durante los 23 años que sirvió en la diócesis de San Miguel, el “sentido sobrenatural” del Opus Dei –a cuyo fundador había conocido en 1955– fue una de sus influencias más notables, al punto que la “santificación del trabajo” permaneció siempre como un pivote de su actividad pastoral.

En 1967, al cumplir un cuarto de siglo como sacerdote, Romero recibió el título honorífico de Monseñor –hoy casi un pronombre suyo– y en paralelo se le dio el cargo de secretario de la Conferencia Episcopal, por lo que tuvo que trasladarse a la ciudad capital. Su capacidad de trabajo fue recompensada en 1970 con el nombramiento de obispo auxiliar de San Salvador, responsabilidad que mantuvo hasta que en 1974 fue enviado a dirigir la diócesis de Santiago de María, donde cumpliría poco más de dos años de labor. En febrero de 1977, sin que mediara ningún periodo de preparación, sucedió a Mons. Luis Chávez y González en el complejo Arzobispado de San Salvador.

Para entender los tres años en que Óscar Romero fue figura protagónica de la historia salvadoreña, poniendo a su pequeño país en el mapa mundial, es necesario considerar muchos rasgos de su perfil sacerdotal que, con dolo o sin él, han sido frecuentemente ignorados. Uno de esos elementos es su vida ascética; otro es su irrenunciable identificación con el magisterio de la Iglesia.

La ardua tarea de purificación espiritual que Monseñor emprendió a lo largo de sus 62 años de existencia casi no tiene parangones en la documentación eclesial salvadoreña. Ya desde su adolescencia acusaba Romero un deseo de santidad inusualmente intenso para alguien de esa edad. Las numerosas fichas de su estadía en el Vaticano, sus apuntes de ejercicios espirituales y el “Diario” que llevó como Arzobispo, revelan a un hombre de profunda vida interior, apasionado tanto por Cristo como por quienes lo han representado en la tierra.

Por extraño que pueda parecer a algunos, ni su ascetismo ni su fidelidad a la doctrina católica pueden comprenderse sin las diversas espiritualidades que Monseñor albergó en su corazón, y que únicamente la ignorancia (o la malicia) suele contraponer. Un ejemplo es el clásico axioma ignaciano “Sentir con la Iglesia”, elegido como lema episcopal de Romero desde que fue nombrado auxiliar de San Salvador. He aquí un elemento inequívoco de la identificación del futuro Beato con un ideal de conducta anclado en la vivencia coherente de la fe.

El francés Louis Lallemant, gran personaje de la Compañía de Jesús en el siglo XVII, abundó como pocos en esta docilidad al Espíritu Santo como condición para la acción cristiana. “El aspecto esencial de la vida espiritual”, enseñaba, “consiste en disponernos de tal modo a la gracia por medio de la pureza de corazón que, de dos personas que se consagran al mismo tiempo al servicio de Dios, si una se dedica enteramente a las obras de caridad, y la otra se aplica plenamente a purificar su corazón y a suprimir todo lo que en ella se opone a la gracia, esta última llegará dos veces antes que la primera a la perfección”.

Aunque el beato Romero no leyera al padre Lallemant, es indudable que puso en práctica, toda su vida, estas sabias palabras. De no haberlo hecho, su singularísima actividad pastoral, así como su martirio, serían incomprensibles, igual que lo serían sus airados reclamos contra la violencia (viniera de donde viniera), su absoluta adhesión al papa y al magisterio, su defensa intransigente de la dignidad humana –lo que incluye incontrovertibles posturas sobre la defensa de la vida y la familia–, sus continuas reprimendas a las ideologías en boga –comunismo y capitalismo como sistemas–, su marcadísima preferencia por los desposeídos de la tierra y esa heroica lucha que sostuvo siempre contra sus defectos de carácter.

Y eso es, por cierto, un santo: alguien que tiene como meta la salvación prometida por Cristo, pero acude a esta pelea confesando sus debilidades y clamando por la gracia inmerecida. En otras palabras, como dice mi amigo Pepe, atreviéndose a “seguir a Jesús”, que es exactamente lo que hizo aquel hombre incomparable que vio la luz en Ciudad Barrios, San Miguel, el 15 de agosto de 1917. Hoy, hace 100 años.


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