Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

En las exequias del padre Machorro

04.08.17 | 14:30. Archivado en Iglesia católica en México, Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / 04 de agosto.- La bicentenaria historia de Catedral metropolitana de la Arquidiócesis de México escribió un capítulo triste y funesto en las páginas de su memoria. La exequias de un sacerdote víctima de la violencia, un hombre quien padeció una agonía prolongada y dolorosa. En la penumbra de los amplios pasillos se notaba el ir y venir de los veían de los fieles quienes se congregaban para acompañar los restos mortales de José Miguel Machorro Alcalá.

Los accesos al altar mayor eran resguardados por un malencarado policía federal que parecía estar trabajando afanosamente transcribiendo quién sabe qué garabatos en un gran libro de contabilidad mientras el pueblo santo de Dios aguardaba pacientemente sus órdenes para liberar esas entradas. Eran casi las 7 de la noche, hora convocada para la misa de exequias que tardó media hora más en iniciar.

El impresionante sonido del órgano monumental de Catedral tocó los acordes que resonaron con el vetusto y mistérico latín retumbando en el templo para solicitar el descanso eterno y el brillo de la luz perpetua para el alma del difunto, Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis. El recogimiento se rompió cuando desde los accesos al altar mayor, un sacerdote conducía a un grupo de personas para ocupar los primeros lugares de cara al altar mayor. Eran los familiares de Machorro, se veían dispuestos, esbozando una sonrisa de agradecimiento por estar en esas posiciones, muy cercanos a donde estarían los restos del pariente asesinado.

La recepción del ataúd. De madera, sobrio, cargado por siete hombres. Era el inicio de la celebración de exequias. La procesión implica el símbolo de las repetidas entradas del difunto en la comunidad cristiana para celebrar el misterio pascual de Cristo. Y es el gesto de la entrada definitiva en la asamblea de los santos. El ataúd depositado a ras de piso sin base alguna en recuerdo de nuestra procedencia y destino. Una alfombra oscura era el adorno flanqueado por las vestiduras sacerdotales en dorado, el cirio pascual y el libro de los Evangelios. Los restos no eran de un laico. Un bautizado llamado al orden de los presbíteros debía ser depositado según la orientación que adoptaba habitualmente en la asamblea litúrgica. Un ministro de cara al pueblo. Su cabeza hacia el altar, un laico la hubiera tenido de espaldas a la comunidad.

La procesión avanzaba precedida por los ceroferarios y niños acólitos vestidos de colorado. Luego los presbíteros compañeros del muerto y los celebrantes principales, el obispo auxiliar de México hijo de san Felipe Neri, el dean del Cabildo metropolitano y el canónigo teólogo. Rostros adustos, caras largas, acongojados y estremecidos los más ancianos y los más jóvenes con la seriedad propia exigida del ritual. El báculo del pastor toca piso y avanza con pesadez mientras el anciano obispo camina pausadamente por el pasillo de la nave central. Se encuentra por última vez con su sacerdote, aquél que acogió y recibió por mucho tiempo sin adoptarlo definitivamente, un clérigo no incardinado que ya no pudo formar presbiterio en la Arquidiócesis Primada.

El humo del incienso sube desde el turíbulo que desprende la aromática fragancia con el movimiento cadencioso de manos de Mons. Ortega Franco. La incensación no es sólo es sobre el altar principal, también alrededor del ataúd con los restos mortales de Machorro Alcalá, incienso ofrecido que recuerda la santidad de la vida y el respeto a un cuerpo que nació en la carne y en el espíritu, perfume para el cadáver trayendo a la memoria que fue templo vivo del Espíritu Santo para resucitar porque la muerte no tiene victoria alguna.

El cirio pascual custodia el sobrio depositorio. Su luz arde para simbolizar la relación entre la muerte del sacerdote y la resurrección prometida por Señor de la Vida. A una indicación del sacristán mayor y ceremoniero, el diácono dispuso de los ornamentos sacerdotales sobre el ataúd. La estola y la casulla doradas, vestiduras de fiesta, del revestimiento de la gloria prometida para celebrar eternamente en la asamblea de los santos.

Y el libro de los Evangelios abierto justo en un cromo del Señor crucificado recordó el anuncio de la Buena Noticia que Machorro hizo en Catedral cuando fue agredido. Esa misma Verdad predicada, Verdad en el amor eclipsada por el odio de un desquiciado.

La celebración de la palabra de Dios daba inicio después de la breve oración recordando las virtudes sacerdotales del presbítero yaciente. La proclamación del Evangelio de San Juan parecía sacudir a los fieles con el duro reclamo de Marta a Jesús por la muerte de su hermano Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano…” Señor, si hubieras estado aquí, no hubieras permitido esa abominable agresión en la principal Iglesia, en un lugar de paz y de santidad… Pero Dios escribe en renglones torcidos, aún si no sabemos desentrañar esos enigmáticos designios. Ahí también puede manifestarse la Providencia, en los momentos de dolor más desgarrador, “¿Crees tú esto?”.

Por fin el momento que implica mayor consuelo y misericordia. La palabra del padre obispo. La parsimoniosa voz del hombre con la plenitud del sacerdocio deja frases veladas que pretenden descubrir el sacrílego acto como producto del misterio del mal, de la cultura de la muerte. La naturaleza humana, sus pasiones y concupiscencia, el hombre lobo del hombre, la lucha entre el bien y el mal, la deformación de la naturaleza divina y la dignidad personal de ser imagen y semejanza de Dios, la pérdida de la brújula, del horizonte de la historia para después ilustrar con el ejemplo de un misionero, de la cultura de la vida y, al final, el elogio a los colaboradores más cercanos; sin embargo, ninguna palabra contundente para denunciar y reprobar la violencia cometida contra el yaciente, nada que enfrentara el asesinato y condenara las agresiones cometidas contra otros presbíteros. Ninguna frase para demandar el fin del odio devorador. Quizá una homilía muy calculada para no ocuparnos de la terrible realidad que nos carcome, quizá un discurso precavido, no atronador ni vengativo, quizá una palabra que pretendiera la paz y la prudencia que cerró con un benevolente “Dios les bendiga”. Algunos dicen: Una homilía moderada; otros acusan: una oportunidad perdida.

Las exequias transcurren, la riqueza de la liturgia cristiana echa mano de todos los símbolos que recuerdan la celebración del gran misterio pascual. Los sufragios por Machorro se proyectan hacia la esperanza de su resurrección que en esa noche parecía oculta bajo el humo del incienso perfumado subiendo a la presencia de Dios cuando la epíclesis pronunciada de labios del obispo anunciaba la realidad de la transubstanciación. La participación en la mesa eucarística congregó a propios y extraños, a la familia de la víctima con los desconocidos a los que Machorro consoló por su investidura sacerdotal cuando representó a Cristo en la Asamblea del pueblo Santo.

Al final, el venerable obispo realiza el signo del adiós, quizá de los más estremecedores para cerrar el ciclo de la vida. La última incensación que encomienda el alma y la aspersión con agua. Muchos años atrás, Machorro, siendo niño, fue recibido en la Iglesia y le fue derramado el preciado elemento en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Ese mismo le dio la vida sobrenatural para ser, para siempre, Hijo de Dios, hermano de Cristo y templo vivo del Espíritu Santo; ahora, sus restos mortales son rociados en recuerdo de la alianza bautismal y en señal de respeto por la sacralidad de la vida y de la dignidad de un cuerpo yaciente que perdió el combate al haber padecido la gran agonía del dolor.

La procesión sale en silencio. La última estación del difunto concluye con un tímido aplauso que crece al paso del ataúd. Las aclamaciones parecen provenir de la misma familia: ¡Viva el padre Machorro! ¡Viva Cristo Rey! Mientras va a la parte lateral de Catedral para ser llevado a su morada definitiva aguardando el cumplimiento de la promesa hecha por su Maestro.

Mientras esto sucede veo a una mujer que anega sus ojos en lágrimas. Está conmovida, en ella hay un sincero y puro sentimiento de aflicción, prorrumpe en aplausos y derrama más lágrimas que limpia con el anverso de su mano:

-Disculpe, era usted pariente del padre?

-No, él fue mi maestro en el Instituto que creó. Era una persona muy especial, un profesor muy accesible. No era de ideas cerradas, estaba abierto a todos. Lo quise mucho por todo lo que nos dio. Por eso estoy triste, esto no le debió pasar a él. Era un hombre muy bueno.

Me despido de Teresita con un abrazo, fue corriendo hacia el costado de Catedral donde la carroza se disponía a partir mientras comenzaba la lluvia en el centro de la Ciudad de México; el agua caía del cielo como bendición, pero de igual tristeza y melancolía para quienes estuvieron cercanos a un hombre que no merecía ser agredido de forma tan brutal y demencial para morir después de prolongada agonía.

El malencarado policía federal hacía de nuevo su aparición arreándonos para “desalojar Catedral”. No dejaba de pensar que ese mismo y estricto control debió ser aplicado un 15 de mayo por la tarde. El templo era abandonado reinando de nuevo el silencio. El único testigo seguía vivo, el cirio pascual encendido. Allí quedaba como recuerdo de una vida extinta que, en esta Tierra, exige la pronta justicia. Mientras caminamos hacia el atrio de Catedral, la lluvia comenzó a amainar y vinieron a mi mente las palabras apenas escuchadas en las exequias: Cada uno tendrá que dar cuentas de sí mismo a Dios, pero en este mundo decadente, alguien debe dar cuentas por una vida que comenzó a segarse desde el día en el que un hermano empuñó el arma contra el sacerdote que ahora celebra la liturgia eterna.

Que el Señor lo reconozca entre sus servidores fieles y le dé posesión de su Reino”. Descanse en paz, José Miguel Machorro Alcalá, presbítero.


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Comments
  • Comentario por Guillermo Gazanini Espinoza [Member] 05.08.17 | 05:20

    Gracias amigo José Luis por tus palabras. Te envío un gran abrazo y me precio de tu gran amistad.

  • Comentario por JOSE LUIS ARELLANO MENDOZA 04.08.17 | 20:56

    Excelente Reseña de los funerales del P. Miguel A. Machorro, en la catedral metropolitana de México, Es justo publicarla en los diferentes medios impresos de la CDMX y en los de la Arquidiócesis de México, Desde la Fe, entre otros medios digitales. Saludos Gazanini.. Excelente Trabajo..

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