Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Los altibajos del padre Machorro

02.08.17 | 09:57. Archivado en Iglesia católica en México, Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / 02 de agosto.- José Miguel Machorro estuvo en el momento y lugar menos indicado e inimaginable para cometer un crimen. Un templo dedicado al culto supuestamente resguardado sin seguridad efectiva y cámaras defectuosas, nadie supo cómo ni cuándo un desquiciado montó en furia para atentar contra la vida de un hombre que, víctima sencillamente, comenzaría un calvario que lo mantiene al borde de la muerte nuevamente.

Machorro fue trasladado a un hospital privado después del atentado. Los días pasaron hasta que la cuenta llegó a niveles que una Arquidiócesis no podría soportar y menos la vicaría a la cual servía no obstante su irregular situación de incardinación en la Arquidiócesis de México. Con el tiempo, las autoridades no sabrían cómo remediar una situación que sería difícil de pagar hasta que Machorro fue dado de alta, a principios de julio. Ese sería el primero de los altibajos, de constantes noticias positivas y de optimismo que cambiaban a la frustración y desenlace fatal. Previo al alta, Machorro habría tenido una condición particularmente grave que, de repente, sorprendió por el giro de su notable mejoría permitiendo la salida del sacerdote del hospital privado y que su familia tomara las riendas del cuidado del ministro de 55 años ordenado para la diócesis de Papantla. La cronología del caso fue documentada ampliamente por el Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México como se detalla a continuación:

Miércoles 28 de junio: El día anterior se dio a conocer “que el sacerdote ha mostrado importantes avances en su recuperación” después de 43 días de incertidumbre. “Autoridades médicas del Hospital Ángeles Mocel habían informado el pasado 20 de junio que el P. Machorro abandonaría la Unidad de Cuidados Intensivos para ser ingresado al Área de Cuidados Intermedios; sin embargo, continuaba la preocupación por su estado de salud, de manera que sería sometido a un prolongado tratamiento en el campo de la rehabilitación neurológica y pulmonar, tras el cual existía una alta probabilidad de que quedara con una importante incapacidad motriz y respiratoria de manera permanente”. No obstante este pronóstico, una “sorprendente mejoría” hizo que el sacerdote fuera trasladado de la unidad de cuidados intermedios a un cuarto normal sin auxilio de respirador.

Sábado 1 de julio: Diversos medios de comunicación confirmaban el alta del padre Miguel Machorro Alcalá. De acuerdo con los reportes dejaría el hospital con el auxilio de un respirador artificial y convalecer en su domicilio en el Estado de Puebla a pesar de la evidente parálisis que exigía un tratamiento de rehabilitación bastante largo.

Martes 4 de julio: “Recuperación favorable” del sacerdote quien convalecía en casa; no obstante “el pasado lunes 3 de julio se le presentó un problema de flemas que el médico pudo controlar mediante nebulizaciones”. Familiares de la víctima dirían a los medios informativos de la Arquidiócesis de México que el convaleciente estaría de muy buenos ánimos a pesar de haber sufrido un infarto sin posibles consecuencias neurológicas, pero con los problemas de inmovilidad que le obligan a estar en cama.

Jueves 27 de julio: A casi un mes del alta de la víctima, en un programa de radio se dio a conocer el deterioro de la salud del sacerdote por una infección en el estómago. Convalecía en Ajalpan, Puebla, y su vida estuvo en riesgo por lo que fue llevado de emergencia al servicio médico del Hospital General de Tehuacán. El reporte médico no era favorable, se pronosticaba un fatal desenlace por complicaciones que parecían comprometer funciones vitales a nivel de riñón consecuencia de la parálisis de su cuerpo.

Viernes 28 de julio: Tras la recaída y pronóstico nada optimista, se reportó la estabilización del paciente. En entrevista para el semanario Desde la fe, Miguel Ángel Machorro, diría que “en la última semana se complicó su salud (del sacerdote) porque empezó también con vómitos, así que fue internado pronto en el Hospital General de Ajalpan, de donde antier fue trasladado al Hospital General de Tehuacán; aquí llegó ya muy deshidratado, en riesgo de muerte, ya ni siquiera articulaba palabras; nos dijo el urgenciólogo que muy probablemente yo no viviría. Gracias a Dios anoche lograron estabilizarlo”. Asimismo manifestó que el enfermo habría hecho la solicitud de comunicarse “inmediatamente” con el cardenal arzobispo primado de México para informarle que se encontraba fuera de peligro

Sábado 29 de julio: Complicaciones harían pasar de un pronóstico optimista a uno reservado por estar “sumamente delicado” y débil, un traslado a la Ciudad de México se veía con cautela pues la familia temía que el enfermo no resistiera el viaje. Los problemas en sus órganos vitales eran consecuencia de la parálisis y la mielitis transversa que provocaría la falta de movimiento del intestino.

Lunes 31 de julio: Dadas las condiciones, el paciente fue intubado agravándose a cada momento. Los daños cerebrales confirmaban el deterioro acentuado provocándole diversos trastornos que ya lo ponen al borde la muerte. Su hermano declararía: “Nosotros haremos cuanto sea posible por salvarle la vida”.

Martes 1 de agosto: La noticia sorprende al conocerse que Machorro sería trasladado urgentemente en un helicóptero del gobierno del Estado de Puebla hacia la Ciudad de México para ser internado en uno de los mejores hospitales de especialidades del país: El Instituto Nacional de Nutrición. De acuerdo con el SIAME, el cardenal Rivera Carrera habría intervenido directamente ante la presidencia de la República para que el sistema nacional de salud diera agilidad y pasara todos los trámites para internar al sacerdote.

Las particularidades del caso obligan a una reflexión serena sobre las responsabilidades de los protagonistas. Machorro recibió el auxilio del Arzobispado de México. Incluso, se dice, hubo algunas colectas que le permitirían solventar sus gastos o bien para cubrir parte de la onerosa cuenta del hospital privado. Sin embargo, las preguntas surgen para saber por qué la familia optaría por hacerse cargo del sacerdote cuando todavía estaba en una situación de cuidado al haber egresado con un alta favorable no obstante la necesidad de terapias; igualmente qué omisiones tuvo la víctima en casa como para ponerlo al borde de la muerte y que, de no haber sido por una providencial intervención para su traslado e internación, quizá Machorro sería un número más en las estadísticas de homicidios contra sacerdotes durante este sexenio. Más aún, qué responsabilidad y papel tiene su diócesis de origen, quiénes se lavan las manos en el caso y por qué José Miguel Machorro trabajó por un tiempo prolongado en la Arquidiócesis de México sin estar incardinado con las debidas licencias.

Independientemente de su condición, José Miguel Machorro fue una víctima cuyos derechos deben ser resarcidos; el victimario, ahora en proceso, debe responder por la comisión del delito. Lo importante es que el clérigo recibe un tratamiento especializado, quizá de los mejores en México. Lo más humano, cristiano y misericordioso es que se inviertan todos los recursos disponibles, esperar a que su vida no esté comprometida y su salud mejore para regresar a sus actividades quizá bajo condiciones de discapacidad. Los altibajos de Machorro demuestran la fuerza y voluntad de un hombre por conservar su vida y cómo se puede ayudar para superar una situación que jamás debió haber ocurrido si otros hubieran cumplido con su trabajo efectivamente.


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