Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Descomposición del sistema penitenciario

16.07.17 | 16:23. Archivado en Arquidiócesis México, Análisis y Opinión


Editorial Desde la fe / 16 de julio.- En las últimas semanas, la opinión pública ha sido impactada por las noticias de los hechos ocurridos al interior de algunos centros de readaptación social, donde los motines han tenido trágicos desenlaces. Sí, la sangre corre en el sistema penitenciario a causa de la descomposición y la obsolescencia de políticas penitenciarias, cuyo objetivo principal queda lejos de cumplirse.

La batalla por el control del centro de reinserción social Las Cruces, en el municipio de Acapulco, dejó un saldo de 28 muertos, según información oficial. La sociedad no daba crédito a lo que ocurría cuando las redes sociales divulgaron las tremendas imágenes de cadáveres decapitados. Este motín se suma a muchos otros ocurridos en el país, como aquél de la penitenciaría de Reynosa, a principios de junio, cuyo saldo fue de siete personas asesinadas, entre custodios e internos.

Las noticias no son nuevas cuando reiteradamente vuelven a darse los mismos hechos sucedidos en el pasado. El narco se adueña de las cárceles, grupos delincuenciales operan desde los centros de readaptación, en colusión con los trabajadores y responsables de los reclusorios y centros de reinserción social. Y, por otro lado, está la degradación de ese mismo sistema, que se ha visto rebasado por la realidad, pues a pesar de una cantada reforma penal no se ha logrado resolver el gran problema que subsiste en las cárceles del país.

En 2016, el informe del Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) dio cuenta de las graves deficiencias que observó durante su visita a centros de readaptación del ámbito estatal y federal. Los datos son sobrecogedores. La CNDH informa del hacinamiento en áreas que rebasan de manera importante su capacidad. En dormitorios donde deben convivir cuatro personas, se encuentran amontonadas hasta 30. Abunda la enfermedad ante la carencia de materiales médicos suficientes y atención profesional para los internos, además de la proliferación de las drogas, la expansión de las adicciones y el abuso de los grupos vinculados al narcotráfico.

Se constata además la escasez de custodios cualificados para la atención de internos, la debida separación entre procesados y sentenciados, la violación de sus garantías individuales y la incapacidad de cumplir con las debidas normas procesales mientras haya un proceso en vigor. Ante tanta violación a la ley, no sorprende que entre el 2001 y 2015 se obtuvieran ganancias de 1,350 millones de pesos, producto de extorsiones desde las cárceles, según la organización México SOS.

Pero tales irregularidades no se dan simplemente como fruto del azar. Arriba hay responsables que, al final, son el eslabón que cierra esta cadena siniestra de corrupción. Reos y procesados son peones de esos patrones del crimen, y ahí están directores y funcionarios de alto nivel, quienes encumbren el estado de descomposición que los enriquece. Echar la vista hacia otro lado, sería iluso e irresponsable.

Las cárceles deberían ser escuelas de humanidad y no de criminalidad. El Papa Francisco ha tenido esta línea constante en su pontificado para rescatar la dignidad de todos los presos del mundo, y señala que las cárceles deben ser el signo para que nuestros errores se conviertan en sincero arrepentimiento, así como fuente de enseñanza para no volver a equivocarnos y vivir la certeza de nuestra vida futura en dignidad y libres del delito. Sin embargo, nuestra situación es alarmante porque impunidad y corrupción caminan de la mano en las cárceles del país.


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