Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Infierno en la escuela

19.01.17 | 07:18. Archivado en Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / 18 de enero.- A la precaria situación económica y de inestabilidad social de nuestro país se le suma algo más preocupante tocando la médula de nuestro futuro, la violencia entre jóvenes, niños delincuentes consumados, atentando contra la vida de los semejantes. Lo sucedido en la mañana del 18 de enero en el Colegio Americano del Noreste de Monterrey conmueve y llega al corazón mismo; las autoridades alzan la voz para reprobar que nuestros niños y jóvenes estén bajo fuego y de nuevo declaraciones van y vienen para tapar el pozo cuando ni siquiera se había tapado.

De inmediato, la Iglesia católica se unió a la preocupación generada por los hechos lamentables; el arzobispo de Monterrey, Mons. Rogelio Cabrera López, dirigió un mensaje a la comunidad educativa del Colegio del Noreste demostrando el "más sincero apoyo como padre de la Iglesia de Monterrey, en la comprensión de estos difíciles acontecimientos. Además, como pastor, elevo al Señor Dios mi oración por toda la comunidad educativa que ustedes conforman, en particular por las personas involucradas y sus familias”. Invitó a la comunidad escolar a “continuar con la valiosa labor de educación integral que siempre han desempeñado, pues sabemos que es la semilla de una mejor sociedad".

El secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano y obispo auxiliar de Monterrey, Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola, difundió en Facebook un post manifestando que “Ante tanta violencia y descontrol que se vive en México, hay que reorientar el rumbo del país con un plan estratégico, concreto y eficiente que pase por todos los niveles de la sociedad”. ‬

Ese descontrol llegó a la tierra sin ley de internet cuando alguien difundió lo indecible. Un típico día de escuela, la rutina de la maestra, los alumnos conviviendo. Nadie podría sospechar que uno de ellos levantaría la mano contra el hermano. Sin respetar la intimidad de los demás, ese irresponsable, al amparo de la impunidad virtual para acumular likes, reproducciones y quién sabe qué otras ganancias, subió a la red lo que sucede en las entrañas de nuestra juventud, ese divino tesoro, que nos empecinamos en desperdiciar y despreciar.

Una escuela donde debería fincarse la cultura de la paz fue campo de muerte; la mochila no portaba útiles para el conocimiento y sí un arma, objeto de miedo y poder, instrumento ya común y corriente al que hemos dado carta de ciudadanía entre nosotros, no sólo por fusiles de alto poder del crimen organizado, también cuando desde la comodidad del sofá de casa, empuñamos un símil para que, junto con nuestros hijos, juguemos al soldado de élite, al marine de comando, al bueno contra los malos, al que tiene muchas vidas y embarra la pantalla con sangre y despojos humanos virtuales, al que jura y perjura acabar con los enemigos inexistentes para hacerlos reales como fueron los compañeritos de un salón de clases. Lo que pasó en Monterrey levantará una polvareda y reclamos para saber quiénes son los culpables, si fueron trolls o sectas digitales, y cómo fue posible que un niño empuñara un arma para asesinar e inmolarse a sangre fría.

No sólo es cosa de depresión, psicosis y tratamientos siquiátricos, esto sería demasiado simplista. En el pasado, otros casos indignantes de violencia fueron motivo de opiniones, debates y legislaciones, al final quedaron en los anaqueles de la historia. El programa escuela y mochila segura del sexenio de Felipe Calderón surgió en febrero de 2007 “como una estrategia para prevenir situaciones de riesgo que impactan la seguridad de la comunidad escolar en nueve entidades federativas del norte, centro y sur del país: Baja California, Chihuahua, Distrito Federal, Guerrero, Jalisco, México, Michoacán, Sinaloa, Quintana Roo” (DOF 25 de febrero de 2013. A partir de 2008 se unieron al programa todos los estados de la federación.

El diario El Universal, en una publicación del 29 de julio de 2014, afirmó el fracaso del programa ejercido con recursos por más de mil 85 millones de pesos en el período de 2009 a 2012 y así generar estrategias para la revisión de implementos escolares de alumnos, asignar montos directos a los planteles y dotar a las escuelas de materiales educativos sobre gestión de la seguridad escolar, brindar acompañamiento y asesoría a las escuelas, generar espacios de diálogo y procesos de gestión para la participación social y la vinculación interinstitucional a favor de la seguridad en planteles.

La violencia escolar no se mitigó y después se le llamó bullying ante los excesivos casos de agresiones escolares que, en su momento, generaron indignación popular. No todas las agresiones han ocurrido con pistolas o armas punzocortantes, también hay daños físicos sin mediar objeto alguno que pueda ser confiscado en los operativos de mochila segura.

En mayo de 2012, Tania Pichardo, de ocho años de edad, fue agredida en el salón de clases con objetos y golpes contundentes en cuello y cabeza. El 23 de ese mes era despedida por su familia sepultándola en el cementerio del municipio de San Mateo Atenco, Estado de México, a causa de las lesiones recibidas en el cráneo que dañaron irreversiblemente su cerebro; en marzo de 2013, Jonatán Ávalos, de siete años de edad, sufría constantes agresiones de los estudiantes en una primaria de Lagos de Moreno, Jalisco. El tormento se consumó cuando fue torturado por ahogamiento en un excusado de baño causándole una severa infección pulmonar por haber tragado el agua poniendo fin a su existencia; el 6 de mayo de 2014, Ricardo Alvarado Ordoñez, de trece años de edad, perdió la vida cuando, después de las amenazas de otro estudiante, fue baleado en la cabeza en el salón de clases de la secundaria 574 del Estado de México perdiendo la vida después de horas de agonía; el dos de mayo de 2015, Antonio de Jesús, alumno de la secundaria 2 del Estado de Puebla, recibió golpes gravísimos propinados por sus compañeros poniéndolo en estado de coma y aunque libró esa condición, las secuelas de daño cerebral acabaron con su vida un año después; en abril de 2016, Miguel Ángel Tamatz, de once años, fue víctima de una severa golpiza cometida por un grupo de niños y niñas en una primaria del Estado de Michoacán. Le patearon en el abdomen y brincaron sobre la caja torácica reventándole órganos internos para morir a causa de broncoaspiración de líquido biliar.

Los casos enunciados son punta de iceberg del tremendo problema que enfrentamos. Es previsible que, después del niño ahogado, las autoridades refuercen programas bautizados eufemísticamente como mochila segura e impedir objetos y cosas impropios de niños y jóvenes. En los casos anteriores, los tres niveles de gobierno querían soluciones y buscaron responsables sin resolver lo esencial.

La escuela no es búnker tapiado y resguardado por garitas de seguridad. Los niños no merecen un trato de sospechosos basculeando mochilas como objetos de agresión. Dinero irá y se tirará si no se hace énfasis en que el problema se genera desde el interior de los hogares donde muchas familias viven verdaderos estados de sitio por agresiones, maltratos, degradaciones y abandono.

La escuela es el lugar de la solidaridad, el aprecio y el valor del otro por lo que es y no por quien debería ser según la cultura del descarte. El desprecio de lo que consideramos como obsoleto y retrogrado, los valores del respeto y la dignidad, ahora pasan factura ante la oscuridad en la que parece sumergirse nuestra niñez y juventud. Es inútil decir “antes de que sea demasiado tarde” cuando nuestra ausencia como adultos deja un boquete profundísimo en la vida de nuestros niños. Quisiera pensar que la tragedia de Monterrey es el último caso antes de rectificar el rumbo y hacer las cosas nuevas y distintas, pero no es así. Estamos muy lastimados, hemos ensalzado la cultura de la violencia como normal, a otros alcanza menos a quienes la ven como nota roja y estamos muy equivocados.

Nuestra niñez y juventud son usadas como cimientos del edificio corrupto y violento levantado con trabes de egoísmo, relativismo y desprecio confinando nuestra civilización a ser hostil, agresiva; lo del Colegio Americano del Noreste afirma que hemos llegado al momento temido de nuestra historia social donde la violencia es experiencia visual, fetiche casual y ordinario, forma de dominación enquistada en las familias, en los hogares donde creemos que hay paz y seguridad.

En 1886, el italiano Edmondo de Amicis (1846-1908) publicó “Corazón. Diario de un niño”. En ese clásico infantil escribió: “Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate por no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón”. Porque nos hace falta la educación de sublimes valores que enaltecen al espíritu y la cultura del respeto para no hacer nuestros corazones de piedra. Y citando de nuevo a Edmondo de Amicis, “la educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde en la calle notes falta de educación, la encontrarás también bajo techo”. Y ese techo es el de nuestra casa común, México, que está colapsando para aplastarnos a todos.

Desde aquí nuestra solidaridad a las familias agredidas esa mañana fatídica en Monterrey. Que el dueño de la Vida dé a los deudos el consuelo por la pérdida de un ser amado y pronta recuperación a los lesionados. Y ese mismo Dios, fuente de toda paz, juzgue con infinita misericordia al joven agresor que se quitó la vida. Quizá nunca sabremos los motivos que le orillaron a empuñar una pistola contra los demás, pero sí podemos dilucidar porqué hizo el infierno en la escuela.


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