Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

“Si me quiere chingar, yo me lo chingo al doble”

12.01.17 | 19:51. Archivado en Análisis y Opinión

Guillermo Gazanini Espinoza / 12 de enero.

Si tu hermano te comete una falta, anda y repréndelo a solas. Si te hace caso, ya te ganaste a tu hermano. Si no, acompáñate de uno o dos más para que todo lo que se diga, conste por boca de dos a tres testigos. Si ni a ellos hace caso, denúncialo ante la comunidad. Y si ni a la comunidad obedece, míralo como un pecador o publicano. (Mt 18, 15-17)

El actual estado de cosas en México debido a la inestabilidad social provocada por el gasolinazo, comienza a tener efectos colaterales indeseados que permean como salitre en las paredes, poco a poco, dañando la estructura sin que nadie haga nada, creyendo que es absolutamente normal esa anormalidad. Y esto que contaré es producto de eso, de lo que pensamos es parte de nuestra idiosincrasia como mexicanos, pero antes quisiera detenerme en lo que el Papa Francisco dijo el miércoles 11 de enero.

Francisco acostumbra a las audiencias a la espontaneidad y diálogo franco suscitando explosiones de alegría y estruendosos aplausos aprobando sus palabras, en ocasiones, cargadas de denuncia. Durante la acostumbrada audiencia de los miércoles en el aula Paulo VI, habló de los ídolos del mundo que ofrecen falsas esperanzas y vacío, dinero, alianza con los potentes, mundanidad, falsas ideologías.

La nota no la dio el discurso formal. Al final, Francisco advirtió de los vivales que venden los boletos de ingreso a las audiencias: “Este billete es totalmente gratuito’. No se debe pagar. Es una visita al Papa y es gratuita. Si alguien os pide dinero os está estafando… una visita al Papa en la casa de todos y no se paga. ¡Esas personas son delincuentes! ¡Eso no se hace! ¿Entendido?”

Leer la amonestación del Papa hace inevitable ponerla en nuestra realidad ahora muy maltrecha donde surgen cosas que impelen a la reflexión. Y esto lo comparto a raíz de tres hechos personales esta semana en la Ciudad de México. Quienes me conocen, saben que por motivos de trabajo debo moverme en transporte público, regularmente metro o taxi. Después de unos días de ausencia de la capital del país, usé en tres ocasiones el servicio de taxi libre a las altas horas de la noche o bien por seguridad ante la escasa vigilancia y peligro en algunas avenidas del norte de la Ciudad.

El gasolinazo es motivo perfecto para la anarquía tolerada sin sanciones y culpables cuando todos somos culpables. Aún no hay autorización oficial de alzas, pero la situación lo justifica. Por lo menos para tres taxistas. El primero, “A lo que paga joven, le aumenta 10 pesos por favor. Ya ve, la gasolina”. Un viaje ordinario a las 12 de la noche que me costaba 25 pesos, ahora subió a 35. El segundo, servicio después de las 10 de la noche, un banderazo con tarifa de día por 13 pesos. Cuando el costo era de 25 pesos por ese corto tramo, ahora pagué alrededor de 45 pesos. Y dejo al final el más anecdótico, el que me hizo recordar las palabras de Papa y a preguntarme ¿Por qué somos así?

A las 7 de la noche, la avenida Centenario cercana a La Villa de Guadalupe no es precisamente un lugar para pasear tranquilamente. Subir al transporte colectivo es una ruleta rusa y preciosa mina de delincuentes para despojar, con lujo de violencia, de las pocas pertenencias a los pasajeros. Esperé un taxi para una ruta corta, a la Basílica de Guadalupe. Unos minutos y al fin el auto que me llevaría. Un hombre joven al volante y el taxímetro en función. Banderazo inicial 20 pesos. Inmediatamente el chafirete arrancó y cortésmente le indiqué mi destino. No me contestó, no había tomado cuenta de que estaba en conversación por teléfono móvil con alguien que siempre apeló como “el Lic.” Un gesto de su parte, una mirada por el retrovisor y el ademán con la mano, “Ya escuché, espéreme tantito”, fueron las palabras sin palabras.

El recorrido salpicado del diálogo de cómo le iban a hacer por tales o cuales viajes. “Sí mi lic, así sí… que sea una vuelta buena, no sale de otra manera”. Un silencio y el joven espeta: “No manche mi lic, el fin de semana fui por un magistrado, pedísimo, me pidió que lo llevara lejos que a un teibol. Nombre! Que me pongo abusado y comencé a grabar. Si me quiere chingar, yo me lo chingo al doble. Ya lo dejé donde me dijo, me fue bien, me dio 500 pesos”.

El Lic. Todavía extendió la conversación. Y el joven chofer habló de “Los Panteras” –asociación de taxistas sin concesión ligado al PRD y al Frente Popular Francisco Villa- y otras maneras para hacer dinero por los servicios solicitados. Mientras escuchaba, veía el implacable avance del taxímetro sin candado, 20 pesos, 25, 30…. Una mirada al cartón de identificación del taxista con una foto oscura: Crystian Boogar Pliego Valdés, taxi con placas A-73369.

El tráfico fue benévolo y en menos de quince minutos llegué a la Basílica. Antes del gasolinazo, el viaje no salía más allá de los 28 pesos. Crystian extendió la mano para cobrar 49 pesos.

-¿Cuándo autorizaron el aumento?”

-Pues ya mi hermano, desde el viernes. Y espérate que en febrero viene otro incremento. Ahorita es a trece pesos. (Crystian me recogió con un banderazo inicial de 20 pesos)

Yo todavía quise verme comprensivo hacia el “hermano” Crystian.

-Hay que sacar de donde sea, verdad?

-Sí, este Lic con quien hablaba tienen buenas chambas, dejan bien. Ya ves con esto de la gasolina.

Crystian me devolvió el cambio. Pagué con un billete de 50 pesos.

-Sale mi hermano. A ver cómo nos va. Dios te bendiga, me dijo él.

Bajé del taxi y en Calzada de los Misterios, el A-73369 desapareció para alcanzar al próximo cliente.

En otras épocas, cuando era un niño, un presidente subió al cargo del servicio público con el lema “La solución somos todos”. Alguien después modificó esa máxima para decir: “La corrupción somos todos”. Treinta años después, otro presidente de la misma extracción partidista dijo que la corrupción es cuestión de cultura.

Crystian y los otros taxistas son víctimas colaterales de un mal endémico que se niega a morir. Persiste y pervive con más y más virulencia. Y esto del gasolinazo plantea hasta dónde alcanza el daño por la escasa visión y la carencia de sensibilidad. Dicen que las crisis son oportunidad para salir adelante y ver formas creativas de transformación del mundo. Por lo menos, la creatividad de estos taxistas integra una especie de cadena alimenticia de la corrupción donde los consumidores y usuarios formamos el último eslabón.

Sin embargo, imaginen ustedes cuántos Crystian hay ahora en la Ciudad repitiendo lo mismo escudados en el gasolinazo. Y sumen ahora de abajo hacia arriba cuando dádivas, mordidas, sobornos, robo-hormiga, coperachas, contratos, licitaciones, nepotismo y favores mueven esa economía paralela sin vigilancia y control. En serio, ¿la corrupción somos todos?

Vuelvo a lo que dijo el Papa Francisco en la audiencia del miércoles. “¡Eso no se hace!” En otro texto, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, decía que la corrupción engendra corruptos insensibles construyendo “autoestima en actitudes tramposas”. Y agregaría, cínicas cuando condenamos al presidente de la República al más hondo de los infiernos por ser corrupto y, en lo personal, como decía el cardenal Bergoglio justificamos nuestra propia corrupción “con la cara de yo no fui, “cara de estampita” como decía mi abuela. Merecería un doctorado honoris causa en cosmetología social. Y lo peor es que termina creyéndoselo”.

Aun así hay oportunidad para realizar la denuncia profética y obrar de forma congruente. Quiero pensar que, los que son como Crystian, son los menos. No se vale bendecir con la palabra y maldecir con el daño que hace la corrupción. Bergoglio afirmó que ésta “no es un acto sino un estado, estado personal y social, en el que uno se acostumbra a vivir” y el gasolinazo abre una herida que no aparece en los medios, un daño de cada día y cada momento donde todos somos víctimas y lo peor sería acostumbrarnos al dolor y a la pus que mana con el “ya ni modo… arriba y adelante” decía otro expresidente de infausta memoria.

Pero “el Señor no se cansa de llamar: “No temas…”. ¿No temas a qué? No temas a la esperanza… porque la esperanza no defrauda”, escribió el cardenal Jorge Mario Bergoglio, ahora Papa Francisco.

Y citando al clásico, aquí les pregunto: ¿Qué hubieran hecho ustedes?”


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