Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Sexo y género

07.05.11 | 00:15. Archivado en Iglesia católica en México
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Sobre la relación entre sexo y género / Mons. Miguel Romano Gómez. El semanario de Guadalajara. 5 de Mayo.- Antes de exponer los tres modelos o tres posibles teorías de relación entre sexo y género, es preciso establecer previamente la definición de los conceptos de sexo y género.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española divide los sexos en dos: varón y mujer o macho y hembra. El término “género” se refiere a la Lingüística y se aprecian tres géneros: masculino, femenino y neutro. Sin embargo, este término ha surgido en el ámbito de la Sociología y la Antropología Cultural con una perspectiva diferente a la de la Lingüística.

El término “género”, proveniente del campo de la Literatura, se aplicó a partir de los años sesenta a la Psicología y a la Antropología. También los historiadores han contribuido a este análisis. Mientras el primero es biológico, el segundo es una construcción cultural correspondiente a los roles o estereotipos que en cada Sociedad se asignan a los sexos. Se ha mostrado una palabra muy adecuada para discernir entre los aspectos biológicos; es decir, “lo dado”, y los factores culturales; es decir, “lo construido”.

El sexo, la identidad sexual, está determinada biológicamente de forma muy clara, de manera que podríamos decir que constituye “lo dado”, lo no elegible.

¿Sexo elegido?

Sin embargo, la orientación sexual y la conducta sexual, aun cuando tienen una base biológica, son configuradas por otros factores como la educación, los estereotipos, los factores culturales y el propio comportamiento elegido, puesto que hay un margen muy amplio de libertad en el modo en que cada sujeto conduce su sexualidad, pero, evidentemente, no todas las elecciones son adecuadas para la persona.

La mejor construcción de la identidad es la que se realiza en armonía con el propio sexo biológico.

Desde el punto de vista de la antropología de la sexualidad, el debate se debe centrar en cuáles son las relaciones entre el sexo biológico y la construcción de la identidad de cada persona, que incluye los roles sociales que asuman.

La clave está no tanto en el término “género”, sino en cómo se expliquen las relaciones entre el sexo y el rol social masculino y femenino en relación con la propia identidad sexuada de cada individuo, que es sólo masculino o femenino. Los estados intersexuales o hermafroditismos no son biológicamente un tercer sexo, ya que todas las personas son cromosómicamente masculinas o femeninas, incluso en los estados intersexuales.

Sobre esa base antropológica se apoyan también las concepciones sobre la igualdad y diferencia entre los sexos masculino y femenino, y las cuestiones de igualdad y diferencia entre hombres y mujeres.

Estos dos temas no pueden desvincularse. Aunque la Biología es una ciencia empírica y el Derecho una ciencia social, hay una clara relación en los modelos antropológicos sustentados por estas ciencias.

Primer modelo

Describimos, a continuación, las tres posibles posturas de fundamentación antropológica sobre la relación del sexo (masculino o femenino) y del rol cultural asignado al mismo (género masculino y género femenino).

El primer modelo, que consideramos ya como falso y superado, es el que afirma que a cada sexo le correspondían, por necesidades biológicas, unas funciones sociales invariables a lo largo de la historia. A esto se añadía la justificación biológica y cultural de la subordinación de la mujer al hombre.

Resumiendo, con otras palabras: primero, la Biología determinaba los roles sociales; y segundo, a cada sexo le correspondería un rol determinado, e intransferible al sexo contrario. Se parte de una determinación biológica, masculina o femenina, que lleva aparejada una determinación en el rol social.

Bajo esta perspectiva, se justifica una identidad entre el sexo (femenino y masculino) y los puestos que hombres y mujeres ocupan en la Sociedad. En este modelo se resalta, asimismo, la diferencia entre mujeres y hombres, pero sin igualdad. Esa diferencia acaba entendiéndose como inferioridad y subordinación de la mujer en relación con el varón, y con una dependencia en todos los órdenes: Sexual, afectivo, jurídico, económico, político, etcétera.

Como consecuencia de su erróneo planteamiento, este primer modelo consideraba que la mujer dependía del hombre. Este esquema estuvo presente en algunos aspectos de la legislación española, como es bien sabido, hasta que la igualdad jurídica entre el varón y la mujer se alcanzó de modo pleno en la Constitución Española de 1978.

Así se exageraba, si cabe expresarlo de tal manera, la diferencia entre los dos sexos, para a continuación entender ésta como inferioridad de la mujer con respecto al hombre. Las diferencias sexuales determinaban, en este caso, los papeles culturales, hasta el punto de que se consideraba que las funciones que ambos desarrollaban en la Sociedad no eran intercambiables, sino que estaban irremediablemente unidas a la Genética y a la Biología.

Tal planteamiento, no sostenible científicamente, se agrava por el hecho de que las funciones diferenciadas atribuidas a uno y otro sexos no recibían la misma valoración social. Al varón se le asignaban las funciones que determinaban el curso de la Sociedad, y era así el que ostentaba el poder en el ámbito público. Al hombre le correspondía, dentro de lo público, la Política, la Economía, la producción, el trabajo remunerado; a la mujer, que se desenvolvía en el ámbito privado, se le asignaban las tareas relacionadas con la reproducción, crianza y educación de los hijos y la economía doméstica, infravaloradas socialmente.

Segundo modelo

El segundo modelo nace como crítica a ese primer modelo injusto. Mas, como ocurre con frecuencia en las denuncias de situaciones discriminatorias, la balanza puede desequilibrarse en la dirección contraria, creando una nueva injusticia.

Esto es lo que ha ocurrido en las teorías que han criticado la antigua desigualdad entre las mujeres y los hombres, adoptando nuevos modelos basados en antropologías sesgadas, provenientes del liberalismo del Siglo XVIII y del marxismo del Siglo XIX. Como contraste con el modelo primero, algunos autores establecen un nuevo modelo, en el que se afirma que lo cultural no tiene absolutamente ninguna base biológica. Así, desvinculan totalmente el género del sexo, de manera que acaba diciéndose que la masculinidad y la feminidad constituyen dos conceptos independientes que apenas si se correlacionan con el sexo biológico.

No puede perderse de vista que las teorías que defienden esta posición lo hacen como una defensa contra la discriminación de las mujeres, contra situaciones que realmente persisten, y que son muy injustas.
En estas teorías hay una reivindicación justa de la igualdad entre mujeres y hombres, sólo que sus soluciones tampoco aciertan porque no están basadas en una Antropología que respete la igualdad y la diferencia, aunque no hay que olvidar que el machismo tampoco es un modelo antropológico igualitario.

Mientras que la teoría sexista (machista) olvida los espacios privado y público como espacios sexualmente separados (el privado para las mujeres, el público para los hombres), en esta crítica al machismo se reivindica algo justo y cierto; a saber: el hecho de que la mujer también tiene su lugar, junto con el varón, en el espacio público. Lo que ocurre es que, como contrapartida, se denigran los aspectos reproductivos de la sexualidad. Se juzga erróneamente que la desigualdad entre hombres y mujeres está causada por su condición sexuada masculina o femenina, de manera que se intenta prescindir de esa realidad y construir el mundo social y público, y el laboral, como mundos asexuados, en los que sea indiferente ser hombre o mujer.

Ante la evidencia de que la persona arrastra su condición masculina o femenina -para ellos fuente de desigualdad -, intentan eliminar, como sea, ese lastre, esa huella, esas diferencias.

Todo esto se encuentra unido a muchos factores, y a una larga historia de la antropología de la sexualidad que comienza ya en el Siglo XVI, y que no puede reducirse a clichés en este breve Artículo, pero sí cabe señalar que muchas de estas posturas provienen de un pensamiento antropológico realizado por varones, y no sólo del feminismo radical.

Lo que quiere remarcarse es que para comprender esta postura que pretende deconstruir la sexualidad desde antropologías posmodernas, hay que entender y aceptar, en la medida que sean adecuadas, algunas de su críticas porque denuncian una situación previa realmente injusta.

Recapitulando, diremos que no puede construirse una teoría adecuada de las relaciones entre sexo masculino y femenino, y género masculino y género femenino, persona masculina y persona femenina, desde el segundo modelo que deconstruye el biológico; pero tampoco desde el modelo machista que subordina la mujer al hombre.

Tercer modelo

Debe de construirse intelectualmente una teoría y una Antropología adecuadas, que hagan honor a la realidad de las cosas, y para ello se expone a continuación un tercer modelo, que resulta más verdadero y, en definitiva, más justo. Nos referimos al modelo que plantea una Antropología basada en la igualdad y en la diferencia entre mujeres y hombres, y establece un modo concreto de entender la relación entre Biología y Cultura, entre sexo masculino y femenino, y el género masculino y femenino.

En realidad, este modelo de la corresponsabilidad entre mujeres y hombres resuelve a nivel teórico las injusticias presentes en los dos paradigmas anteriormente expuestos.

En este tercer modelo, el de la corresponsabilidad (de la igualdad en la diferencia), se considera que la perspectiva de género es adecuada para describir los aspectos culturales que rodean a la construcción de las funciones del hombre y de la mujer en el contexto social. Si los sexos son necesariamente varón y mujer, las funciones atribuidas culturalmente a cada sexo pueden ser, en algunos aspectos, intercambiables. El género, en alguna de sus dimensiones, se fundamenta en el sexo biológico; pero otras muchas de las funciones o del reparto de las tareas consideradas, en una época u otra, propias de lo femenino o de lo masculino, son algo absolutamente aleatorio y no tienen ninguna base biológica. Dependen, en este caso, de los estereotipos formados por el grupo social, por las costumbres o por la educación.

Este tercer modelo repugna, asimismo, la interdependencia entre los distintos sexos; una igualdad en la diferencia. Reivindica que los dos sexos deben estar simultáneamente presentes en el mundo de lo privado y de lo público. A la vez que reclama más presencia de la mujer en la vida pública, considera igualmente necesaria una mayor presencia del varón en los asuntos domésticos y en el mundo de la educación de los hijos. También el varón tiene derecho a asumir unas tareas antes reservadas a las mujeres.

Esta revolución social necesita un respaldo jurídico porque implica una revolución copernicana en las estructuras sociales. El principio de igualdad, desde esta perspectiva, requiere analizar en conjunto la relación entre los sexos. Es más, añade una nota muy positiva porque se dirige a que exista una interrelación de tareas en los dos ámbitos: Paternidad-maternidad de la mano, en el ámbito privado, y cooperación creativa hombre-mujer, en el mercado laboral.

En esta mutua cooperación hay que distinguir en ambos ámbitos funciones intercambiables; es decir, que pueden ser realizadas indistintamente por personas de uno o de otro sexo, y que dependen sólo del aprendizaje, frente a otras funciones o roles que están conectados con una diferenciación biológica y que no son transferibles al otro sexo.


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