
Comisión Editorial para el Bicentenario / El Semanario de Guadalajara. 15 de octubre.-Justamente hace cien años hizo crisis la decisión que los asesores económicos del Presidente de la República, General Porfirio Díaz Mori, habían adoptado años atrás, cuando prefirieron abrirse plenamente a las propuestas del capitalismo liberal, un sistema que, desde luego, conocían a medias, como de por sí ocurría en buena parte del mundo occidental. Por lo mismo, tampoco advertían las consecuencias que podría traer sobre los países y sus comunidades.
En esencia, el capitalismo era liberal porque propugnaba la libertad absoluta que debía tener la empresa a la hora de lanzarse a producir riqueza, y esta libertad suponía un cierto automatismo según el cual el capitalismo, una vez echado a andar, se enfermaba y se curaba por sí mismo, en tanto seguía empujando el progreso de las naciones.
Dicho sistema exigía la libertad de empresa, así como la libertad de la propia empresa para establecer las leyes del mercado, el precio de las materias primas, de los productos y, sobre todo, el precio otorgado al trabajo según la ley de la oferta y la demanda; es decir, abunda la mano de obra, baja el salario; escasea, sube. Al Gobierno solamente le correspondía mantener el orden para que la empresa pudiera seguir avanzando por las anchas avenidas del desarrollo industrial.
La libertad del sistema exigía, adicionalmente, la independencia del patrón con respecto a la suerte de sus trabajadores: Si se enferma el trabajador, deja de ganar; si se alivia, se le puede regresar su empleo si hay vacantes. Esto es, la empresa no tenía ningún tipo de obligación para con sus operarios, fuera de pagarles el salario por el cual se habían arreglado.
Tan injusto sistema ya había sido denunciado en Europa por diversos pensadores y economistas sociales desde mediados del Siglo XIX, produciéndose movimientos populares en contra de tales excesos, atribuidos a abusos patronales. En México, dado que el sistema había llegado tarde, sus consecuencias comenzaron a advertirse a fines del Siglo XIX y, más acentuadamene, en la primera década del Siglo XX. Cien años después, el mismo sistema capitalista, bajo el calificativo de neoliberalismo, ha vuelto a imponerse en el mundo occidental, produciendo nuevas reacciones, como la de los globalifóbicos y el fortalecimiento renovado de la izquierda, pues las mismas consecuencias que el capitalismo producía hace diez décadas, está de nuevo generándolas, desconociendo un siglo de conquistas sociales en favor de obreros y campesinos, reduciendo y limitando sus prestaciones, y ampliando el campo de la población empobrecida.
En nuestro país se dice que existen cincuenta millones de pobres, de los cuales casi treinta viven en condiciones de miseria, generando un problema social de amplios alcances que pareciera nadie advierte, tal y como ocurría hace cien años.
Ignacio Sánchez Orozco, apóstol seglar
Nada o muy poco sabríamos de Ignacio S. Orozco o don Nacho, como indistintamente era conocido o firmaba, de no ser por la deuda de afecto que pagó con él su amigo y mancuerna en las lides del catolicismo social, Jesús Flores y López, quien escribió su biografía, no obstante que en su tiempo alcanzó, en la medida de sus fuerzas y posibilidades, la cumbre en el campo del catolicismo social, siendo recipiendario, en 1925, de la máxima presea a la que podía aspirar un fiel laico de esos tiempos: la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice, que le concediera el Papa Pío XI, al lado, nada menos, que de los hoy Beatos Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza, así como de Maximiano Reyes.
Este representante ejemplar del fiel laico que incursiona en la liza pública al calor del impulso democrático maderista, proviene de muy humilde cuna. De raíces alteñas -de Zapotlanejo-, don Nacho nació en Guadalajara en 1888. Durante la primera parte de su vida sorteó la miseria, apenas tuvo edad para ello, ocupándose de cuanto oficio humilde pudo, adoptando el de carrocero poco antes de que este oficio fuera desplazado por los automotores.
Su vida dio un vuelco de 180 grados a partir de su ingreso a la Escuela Nocturna para Obreros, del Santuario de Guadalupe, a cuya Asociación Mutualista pertenecía. Se hizo, por decirlo así, adicto a las sesiones del Seguro de Enfermedad y de la Caja de Ahorros; de la Misa especial para obreros y hasta de la Unión Latinoamericana, asociación algo estrambótica. Con todo, distaba de ser un gazmoño, y en los años venideros a 1911, pudo acreditarse como un ciudadano coherente y comprometido con una causa, al margen del ascenso cobrado en los años que vinieren, por el militarismo ‘revolucionario’.
Nutrido, hemos dicho, por una de las vertientes pacifistas suscitadas por el principio democrático que impulsara el maderismo, don Nacho se afilió al Partido Católico Nacional, donde no desdeñó hacerse cargo de quehaceres tan sencillos como recibir y distribuir el Periódico La Nación, órgano oficial de ese instituto político.
Sin embargo, a la vuelta de pocos meses, sus empeños, compromiso y audacia, le convirtieron en un tribuno lúcido y competente, por lo que pudo, al lado de González Flores, participar en el Partido Demócrata (1918), adherido al Partido Nacional Republicano, como Candidato a Diputado Local.
En 1919, siendo Secretario del Teatro Moral Obrero, del Centro de Obreros Católicos, participó, en el mes de abril, en la organización del Primer Congreso Regional Obrero-Católico, que le nombró Diputado del grupo que gobernaría esa asociación, lo cual le llevó a dedicarse de tiempo completo a formar filiales de acción social en las Parroquias foráneas y a fortalecerlas donde ya las había.
Emigró a la Ciudad de México en 1925, como parte del equipo de la Confederación Nacional Católica del Trabajo (CNCT), que lo tuvo como alma, año en el que, dijimos, recibió la condecoración pontificia.
Hasta el final de su vida hizo cuanto pudo por ejercer el apostolado social. La guerra cristera y la creación de la Acción Católica, en 1930, marcaron nuevas y en parte distintas directrices a este apostolado, al que don Nacho nunca renunció. Murió en la Ciudad de México el 11 de noviembre de 1955, y con él, podría decirse, la CNCT.
Sábado, 2 de junio
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