Editorial / El Semanario de Guadalajara. 11 de septiembre.- Ya comenzaron a leer, sin duda. Los atrajo este título en un periódico católico, y más en la Sección Editorial. ‘Vende’ mucho un encabezado así.
Es casi irresistible dirigirse a él. Hablar de los homosexuales, de la aprobación que algunos Legisladores han hecho para que a sus uniones se les llame matrimonio, y que, incluso, puedan adoptar menores, genera una intencional y encendida discusión pública, provocada, para que, a los que no estamos a favor de estas determinaciones, se nos llame intolerantes, retrógradas, medievales, oscurantistas, homofóbicos (¿con esto es suficiente?)
El punto es redituable. Deja mucho en las arcas editoriales. Ojalá que el tema siga en el candelero, dicen algunos, por la conveniencia económica que genera, y para que alcen la voz ‘los que se oponen’; para que asomen la cabeza con su postura, y poder lanzarse en su contra, con toda la fuerza mediática que puede establecer la alianza de grandes consorcios de Medios de Comunicación; para que se sienta su influencia, que sí condiciona, y manipulen a las masas. Están ahí, aprovechan el micrófono, la cámara o la pluma, para lanzarse, para denigrar, para promover una confusión premeditada.
En realidad, no les interesan los homosexuales como personas, sino en la medida en que son motivo de provecho para otros fines, con otros intereses. Para que digan que defienden a las minorías, que defienden sus derechos. Son posturas políticas, más que reales. Respetables, sí, pero que no descubren, que más bien se encubren bajo la apariencia de una defensa de los derechos humanos. Para algunos, si los homosexuales no fueran capital político, botín explotable, ni siquiera hablarían de ellos. ¿Por qué se dejan llevar de una ciudad a otra para participar en una protesta y manifestarse en las calles?
Ésta es la verdadera cosificación de las personas. Utilizar a los homosexuales para buscar un posicionamiento en la Sociedad, eso sí es denigrante. Y es denigrante, también, que ellos -los que lo aceptan- se dejan manejar; que no alcancen a descubrir que algunos políticos sólo quieren usufructuar su preferencia. ¿De verdad quieren ‘casarse’, conociéndose ellos, de que, según las estadísticas, son relaciones altamente inestables, salvo excepciones que confirman la regla? Los abogados estarán agradecidos de estas determinaciones, con tanto divorcio.
¿Y de verdad quieren adoptar menores? Salvo que el infante sea un hijo biológico de alguno de ellos (como se da el caso), las estadísticas también señalan que los compromisos, salvo excepciones, no es lo que más los caracteriza, y un niño, si se quiere educar realmente, es un verdadero y permanente compromiso.
Así que no nos engañen diciéndonos que lo que buscan es defender los derechos de esas minorías. No buscan el respeto para las personas que se sienten atraídas por el mismo sexo, sino, más bien, además de ambicionar un capital político, quieren crear y defender un ambiente homosexual porque caben más personas en un ambiente de esta naturaleza (aunque sean heterosexuales) que los individuos que realmente lo son. El objetivo mayor es agrandar el espectro homosexual; es decir, ‘formar’ individuos, los más que sean, que aprueben y alaben este estilo de vida, más que incrementar el número de personas con esta tendencia, aunque si se consiguen las dos cosas, dicen, es mejor.
El respeto para las personas que tienen preferencia por el mismo sexo no se manifiesta de esta forma, poniéndolas como ‘carne de cañón’ para que la opinión pública apoye, no a ellas, sino a los políticos/banderas que se aprovechan de ellas.
El respeto debido debe ser una conquista a su persona; respeto que está sujeto a factores culturales y a complejos psicológicos difíciles de entender, pero que no deben debilitarse para su manipulación, y que, al contrario, debemos profundizar.
Sábado, 2 de junio
Francisco Baena Calvo
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