
Editorial. El Semanario / Arquidiócesis de Guadalajara. 23 de abril.- Los abusos de menores por parte de algunos sacerdotes es una realidad innegable y desastrosa por cualquier lado que se le vea. Se trata de una verdad, y ante esta verdad, no cabe la menor duda del crimen aberrante que significa. Esto no puede esconderse ni negarse en los casos en que se hayan dado, aunque sean pocos. Sin embargo, ha sido el mejor pretexto para afectar la figura del Sucesor de Pedro.
Los argumentos que se esgrimen para atacarlo se mueven entre la realidad y el mito. Hay quien pone el origen de esta guerra en musulmanes y/o en judíos. En el primer caso, se recuerda el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona (Alemania), que suscitó reacciones muy violentas. Una de las Agencias que más lo ha atacado es Associated Press (AP), propiedad de musulmanes, que siguen sin entender las palabras del Papa, al hacer una cita referente al Islam que les molestó o, por lo menos, también es un buen pretexto para cuestionarlo.
Pocos entendieron la riesgosa estrategia del Pontífice. Cuando pudieron reunirse con él todos (así, todos; antes, nadie había logrado conjuntarlos) los representantes diplomáticos de los países del Islam en El Vaticano, o más en concreto en Castelgandolfo, entendieron el significado de sus palabras y comprendieron que el enemigo no es la diferencia entre musulmán y católico, sino que el enemigo común es el relativismo que se ha apropiado de la Humanidad y que endiosa cualquier opinión particular como si fuera absoluta. Por eso, el historiador francés Alain Besançon ha dicho que “Benedicto XVI se ha batido incansablemente por la claridad y la precisión. Nada le parece más peligroso que el relativismo que se pone de acuerdo con la sociedad democrática moderna: cualquier grupo organizado puede legitimar una opinión sólo porque es su opinión, sin necesidad de sostenerla con la razón”, escribe.
Especialmente, los que se afianzan en líneas radicales, no han perdonado ‘el atrevimiento’ del Papa.
Otros señalan que algunos judíos no han visto con buenos ojos que Joseph Ratzinger, alemán de nacimiento, continúe con la Causa de Beatificación del Papa Pío XII. Todavía hay quien piensa que este Pontífice no ayudó lo suficiente a los hijos de Abraham perseguidos en la Segunda Guerra Mundial, e incluso, señalan, no se enfrentó como tenía que ser, a Hitler, y hasta favoreció -lo acusan- de hacerle el juego al dictador tedesco. Pero este asunto, también, es pretexto más que realidad.
Hay quienes, además, se han valido de la rehabilitación del Obispo lefebvriano, Richard Williamsom, quien negó la existencia del Holocausto, para dañar la presencia de Benedicto XVI como cabeza de la Iglesia Católica. Otros piensan, también, que el acercamiento con los anglicanos de parroquia ha provocado mucho disgusto entre algunos integrantes de la jerarquía anglicana, y les parece mal que algún día puedan convivir los fieles de ambas instituciones.
Por otra parte, la defensa del modelo familiar que aparece en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia no es conveniente para muchos; molesta, por supuesto, a quienes quieren destruir el concepto tradicional de familia. Aunado a esto, prolifera el favorecimiento del libertinaje sexual, que el Papa ha atacado vehementemente, por esconder conveniencias altamente financieras (promoción de venta de condones, medicamentos estimulantes, etc.), que arrojan fuertes ganancias, con el consabido empobrecimiento de los incautos. En el fondo, la verdad no es la libertad de la persona ni la salud lo que motiva campañas de información sexual, sino el lucro de algunas farmacéuticas y gobiernos. El Papa ha hablado con claridad en contra de esto, que no cae nada bien.
Benedicto XVI no sólo reconoce las fallas que se cometen al interior de la Iglesia, sino que está buscando reparación y corrección, por lo cual sus decisiones van orientadas a reformar toda la vida de la comunidad cristiana. Esto ‘ofende’ a algunos. No dudamos que el Santo Padre nos sorprenderá positivamente con los siguientes pasos que dará, en su lucha contra la “autodemolición de la Sociedad, de la Naturaleza y la Razón”, como escribe el mismo Besançon.
Sábado, 2 de junio
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