Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

En la vida del sacerdote es necesaria la humildad

21.03.10 | 06:41. Archivado en Iglesia católica en México
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Sé humilde pastor de mis ovejas

Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 21 de marzo.- Cuando el sacerdote cae en la cuenta de su pequeñez ante la inmensidad del misterio divino, no se trata de no turbarse: María se turbó, Jesús se angustió en Getsemaní. Sino de aprender a vivir con Jesús y a su estilo. En sus manos el sacerdote está seguro y en paz. Jesús le dice: “Ánimo, soy yo. No tengas miedo”.

Las virtudes teologales son gracia en la vida del presbítero, a través de ellas él ve como Jesús ve, siente como su Maestro siente. Si se deja vencer por la desconfianza, se rompe y se hunde. Si tiene confianza sólo humana, no se rompe, pero tampoco crece. Si tiene confianza sobrenatural, se supera. Es difícil seguir la vocación sacerdotal, para caminar en ella es necesario fiarse de Dios.

Hay algunas cosas que pasan en el camino, hay cosas muy desconcertantes, pero la Providencia siempre está ahí. Dios se comporta con el que elige como un Padre, bueno y comprensivo, lo lleva en sus brazos y lo sostiene. Dios lo conoce mejor que nadie, le tiene paciencia y compasión. Él comprende, el sabe. Dios es fiel. Dios le ama y cree en él. Su amor es gratuito así como sus talentos. Toca al elegido cuidarlos y hacerlos crecer, no son para enterrarlos bajo tierra.

En la vida del sacerdote es necesaria la humildad que crea el espacio para el misterio y pone en claro que hay cosas que no se entienden ni se podrán entender. Humildad para ver lo bueno y para reparar lo malo. Reparar es parte importante en la vida del sacerdote.

Cuando el sacerdote ve pecados debe ser un estímulo para amar más y entregarse a Dios con más generosidad. Humildad para reconocer el dolor tan grande que surge cuando los miembros de la Iglesia no corresponden a la vocación de ser hijos de Dios. Humildad para ver desde la fe, ver con amor. Una de las cosas que más ayudan para ver la verdad en el amor, es la oración.

El sacerdote que pasa muchas horas arrodillado frente a Cristo Eucaristía, reclina la cabeza sobre Él, en completo abandono, adquiere un corazón de carne para amar como Él ama. Entonces se llena del amor de Dios, con sencillez, con pasión, con coherencia. Pero lo primero y más importante es el punto de partida: conocer el amor de Dios, conocerlo por experiencia personal, hacer la experiencia del amor de Dios.

Humildad para buscar tener un mayor sentido de servicio en todo lo que haga. Humildad para que todas las personas, sin distinciones de ninguna clase, encuentren en él la atención personal que merecen. Humildad para ser sacerdote cercano, que escucha, buen amigo, bondadoso, asequible, como Cristo Buen Pastor. Humildad para amar sin buscar nada a cambio.

El amor no puede ser nunca una estrategia, de lo contrario las personas cercanas y no tan cercanas al sacerdote se sentirán usadas o no debidamente valoradas por él. Humildad para reconocer que en ocasiones da pasos más largos de su capacidad, con el deseo de hacer mucho por Dios y por la sociedad. Humildad para realizar muchas obras e iniciativas, pero también para medir sus fuerzas y recortar donde haga falta.


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