
Pbro. Guillermo Hernández / Semanario Koinonía. Arquidiócesis de Puebla, 21 de marzo.- Para algunos el pasado es y ha sido el lugar mejor; para otros, el presente lo es todo, lo único seguro con lo que se cuenta; y para otros más el futuro es el que merece toda la atención, la tierra prometida.
¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.
En realidad, la sucesión de los tiempos y su justa apreciación dependen en gran medida del criterio que se adopte.
Si vemos el asunto desde el punto de vista estrictamente salvífico, es decir, desde el punto de vista de Dios, el rompimiento con el pasado es una exigencia fundamental. Nadie puede salvarse si antes, como dice el profeta Isaías, no olvida el pasado y deja de pensar en lo antiguo. Lo antiguo y lo pasado es, en el hombre, el pecado y las miserias de la vida que deben quedar a la espalda. Sin embargo, no por eso se impone la instalación en el presente porque, como dice también la Escritura, el presente es vano y pasajero.
Por eso, el Apóstol completa la visión cristiana y salvífica del tiempo y dice que, si bien hay que olvidarse de lo que ha quedado atrás, también hay que proyectarse hacia adelante.
Dejar el pecado, en definitiva, significa, según san Pablo, un inicio de búsqueda y un esfuerzo por conquistar la meta y el “trofeo” de Dios.
“Eso sí, olvido lo que he dejado atrás y me lanzó hacia adelante”.
Domingo, 19 de febrero
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