Mons. Rogelio Cabrera López / CEM. 1 de febrero.- “Todos los que estaban en la Sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron [a Jesús] de la ciudad y lo llevaron hasta la barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí” (Lc 4, 21-30)
La liturgia de este IV domingo ordinario, es continuación de la lectura que escuchamos el domingo pasado. Recordemos, cómo todos alababan y daban su aprobación a Jesús. Pero cuando les ha dicho que no hará prodigios y le has hecho notar su incredulidad; se llenan de ira y lo rechazan.
En nuestra actualidad, no estamos lejos, lamentablemente, de actuar así. Nos gusta que nos alaben y nos favorezcan en todo, peor si alguien, nos hace notar alguna cosa que hemos hecho mal, aun en tono de corrección fraterna, inmediatamente nos justificamos, buscamos otros culpables o simplemente no le hacemos caso, hasta nos enojamos.
Jesús es rechazado como profeta por sus mismos paisanos porque esperaban ser favorecidos de modo especial. Mucha gente vive resentida con Dios porque no les ha cumplido lo que pedían: salud de un familiar o personal, que no muriera aquel ser querido, que se encuentre un trabajo digno, etc., son peticiones valederas. Sin embargo, cuando Dios no ha respondido como esperamos nosotros, nos llenamos de coraje que preferimos sacar a Dios de la vida, sentimos que nos ha desilusionado.
Dios está presente, ejerciendo su profetismo en la Iglesia, que es su sacramento. Pero el mundo se ha cerrado, no quiere oírle, prefiere expulsarlo de todas partes: de las universidades, de los parlamentos, de los tribunales, de las oficinas, de los planes de estudio, de muchas familias, del ambientes de diversión, hasta de las canchas de futbol; lamentablemente hasta del corazón se le ha expulsado, Jesús no tiene cabida.
Jesús es rechazado como profeta de su pueblo: “Nadie es profeta en su tierra”. En efecto, la misión del profeta es anunciar. Mientras Jesús anunciaba, todos lo alababan y le daban su aprobación. Pero también es denunciar, y en este caso el pueblo lo quería hasta despeñar. En un ambiente de familia, de comunidad, de escuela o de trabajo, qué difícil será anunciar a Cristo, porque en ocasiones implicará denunciar lo que no se está haciendo bien.
Vale la pena, para nosotros hoy, que nos cuidemos de no caer en los falsos respetos humanos o en favorecer a aquellos que nos solapan. Aquel maestro que no exige y no deja tareas y falta mucho, pensar que es el mejor, o al Jefe que por darme mayores bonos, aun haciendo injusticia, es el mejor. Aquel que siempre paga la cuenta en las cantinas, es el mejor amigo, etc.
El Señor, quiere obrar grande cosas en nosotros, basta que dejemos que entre a nuestra vida, que no encuentre un rechazo.
+ Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla
Sábado, 18 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Salvador García Bardón
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Movimiento Rural Cristiano
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
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