
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 27 de diciembre.- La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos proponen una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades.
Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.
La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma. El hombre, imagen de Dios, ha sido creado “varón y hembra” (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.
El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne” (Gn 2, 24). La unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de Sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32). No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia; además las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural.
Los actos homosexuales cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza y evitar hacia ellos todo signo de discriminación injusta, lo cual no implica ni admite el ejercicio indiscriminado de la sexualidad. Por eso, la Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales.
El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento equivocado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad.
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Mire Pablo: A ver si leemos mejor. En el artículo se habla de los gays, no de los candidatos al ministerio pastoral.
Oye Juambi, no se les pone ninguna carga.
El que entra a un seminario sabe donde entra, y tiene unos añitos para pensárselo, así que de carga nada, monada.
Aún con todo, el que no puede con ello y es coherente se sale.
¡Por supuesto!Y que vivan en celibato, aunque no les haya sido otorgado tal carisma. Y que controlen estoicamente sus pulsiones sexuales, aunque queden "tarados" en el empeño, pues, total, lo que importa es la enseñanza tradicional de las iglesias y que el magisterio sea el auténtico intérprete de la ley "natural". Y que los acoja la comunidad para acompañarlos y así puedan "mendigar" el cariño que la "ley" les prohíbe. Y que la complementariedad afectiva y sexual la deseen sólo en el "sueño" y la realicen en algún "limbo". ¿Les ponemos como modelo al casto de S. José?¡Qué cargas ponéis sobre sus espaldas!¿Y qué queda de aquello de "mi yugo es suave y mi carga ligera"?
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