
Las Posadas normalmente terminaban con el rompimiento de las piñatas. Estas quisieron mostrar desde el siglo XVI la teología que los franciscanos mostraron en forma muy didáctica al estilo de Asís.
Pbro. José Ignacio González Molina / Semanario Koinonía. Arquidiócesis de Puebla. 20 de diciembre.- Son las nueve celebraciones previas al día de la Navidad. La primera es el 16 y la última el 24 de diciembre. Conmemoran el viaje de la Virgen María y San José a Belén y la búsqueda de un lugar o posada donde pasar la noche. El número 9 significa los nueve meses del embarazo de María. Estas celebraciones parecen tener su origen más remoto en San Agustín de Acolman, cuando los monjes agustinos, aprovechando las fiestas que hacían los aztecas con motivo del nacimiento de Huitzilopochtli, organizaron una representación cada día de los nueve anteriores a la Navidad, con personajes vestidos de tal manera que recordaban la época romana del nacimiento de Jesucristo.
Por otra parte, fray Diego de Soria, prior de los agustinos, obtuvo del Papa Sixto V (agosto de 1586) una bula para celebrar en Nueva España unas misas de “aguinaldo” (regalo o canto propios de Navidad), que debían tener lugar del 16 al 24 de diciembre, permitiendo a la liturgia el acompañamiento de sones y bailes populares. Fray Juan de Grijalva expone en su Crónica que la devoción por ellas fue tan grande que en pocos años todas las iglesias de españoles y de indios se cantaban dichas misas, y que hasta los monasterios de monjas se presentaba mucha alegría por este motivo. Parece que las monjas concepcionistas fueron las que más difundieron esta costumbre, desde finales del siglo XVI, enviando a sus conventos visitas solemnes con las imágenes de los Santos Peregrinos, costumbre que después se generalizó por toda la Nueva España entre los particulares al festejar esto en sus casas.
Gregorio M. de Guijo, en 1650, escribió en su Diario una de las más remotas alusiones a la “Devoción particular en la Noche Buena”, a saber: “Dicho día, todos los vecinos de la ciudad pusieron en las ventanas de sus casas un bulto de Nuestra Señora y otras pinturas de su Majestad en lienzos, de particular devoción, y adornaron de muchas luces, conque siendo la noche muy oscura estaban las calles muy claras, y fue de mucha devoción; y se juntaron mulatos, negros, mestizos e indios en los cruces de de esta ciudad, y a voces rezaban el rosario de Nuestra Señora, de rodillas, y por las calles iban haciendo lo mismo los muchachos en cuadrilla, mucha cantidad de ellos, y personas de todas edades y hubo cuadrillas por las calles gobernadas de algunos sacerdotes que las seguían”.
En el siglo XIX, Guillermo Prieto nos dejó más referencias en sus Memorias y Charlas: “las mil diversiones con pretextos de compadrazgos, posadas, rifas de santos no son para pormenorizarlas, porque llenarían tomos enteros… Nos representa la memoria (de la Noche Buena) a los cargadores agobiados bajo sendos canastos de verdura, colación y de pescado... Nos revive aquella amplia cocina con sus hornillas encendidas, sembrada de metates con afanosas molenderas; aquellas cazuelas en secciones para los romeritos, los pescados y para esas ensaladas alegres, enciclopédicas, casi artísticas, que no se ven ni saborean más que en esta noche; aquellos grupos de chicos que parten piñones y pelan cacahuates...”
Las Posadas, en la provincia mexicana, se adornan con matices y costumbres particulares. Por ejemplo, en tierras veracruzanas se acompañan con “La Rama”; cuando las puertas de una casa se abren generosamente para acogerla con bocadillos, al despedirla se cantan los versos siguientes: “Ya se va la Rama /muy agradecida / porque en esta casa / fue bien recibida”; pero cuando no es así, y abunda la pichicatería, entonces se alejan cantando: “Ya se va la Rama con patas de alambre / porque en esta casa / están muertos de hambre”...
Las Posadas normalmente terminaban con el rompimiento de las piñatas. Estas quisieron mostrar desde el siglo XVI la teología que los franciscanos mostraron en forma muy didáctica al estilo de Asís: en el centro de la olla de terracota (barro cocido) se colocaba la colación (“gracias divinas del Niño Dios”) que se lograba alcanzar solamente derribando o rompiendo los siete picos de la piñata (“los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza”), y portando o blandiendo el garrote con los ojos vendados (alusión a la fe ciega en Dios Nuestro Señor)…
¡Alabado sea Jesucristo, quien nos invita a seguir rompiendo los picos de las “piñatas” personales y sociales para alcanzar los dones auténticos de la Navidad!
Sábado, 2 de junio
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