
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla.- 29 de noviembre.- El día de la ordenación sacerdotal cada presbítero promete a su Obispo reverencia y obediencia. Más que un vínculo jurídico, este compromiso es un signo de comunión jerárquica querida por Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, en la relación del presbítero con el propio Obispo. De este modo, el hombre participa con mayor profundidad del sacerdocio y del ministerio de Cristo; del Obispo recibe la potestad sacramental y la autorización jerárquica para tal ministerio.
La Exhortación Apostólica Post-sinodal Pastores Dabo Vobis afirma que “En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio Episcopal, particularmente con el propio Obispo, hacia los cuales debe observarse obediencia y respeto” (no. 28). Es por esta unión en la comunión sacramental que el presbítero es colaborador, ayuda e instrumento del orden episcopal pues en su ministerio prolonga la acción del Obispo, del cual hace presente su figura de Padre y Pastor. Si estas consideraciones se asientan profundamente en la voluntad del sacerdote, le será más fácil vivir este compromiso asumido en plena libertad. Dicha comunión, deseada por Jesús entre cuantos participan del Sacramento del Orden, se debe manifestar en modo del todo particular en las relaciones de los Presbíteros con los Obispos.
El Concilio Vaticano II, a propósito de esto, sugiere una sabia vía: “las relaciones entre los Obispos y los Sacerdotes deben fundarse principalmente en los vínculos de la caridad sobrenatural” (ChD 28), caridad que mira a evidenciar una relación que supera la relación funcional radicándose en la realidad de la familia presbiteral de la que el Obispo es el Padre y el Pastor. Es esta caridad sobrenatural la que favorece y consolida la colaboración con el Obispo, haciendo más fructuosa la común acción pastoral al servicio de las almas.
Hoy, más que nunca, en el ejercicio del ministerio, se percibe la urgencia de la íntima y constante cooperación con el Obispo. Así lo evidenciaron los Padres conciliares: “Así, pues, ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia” (PO 7), esta relación familiar se convierte en condición del sacerdocio. Será el cotidiano ejercicio del ministerio sacerdotal la ocasión para renovar, en la caridad y en la obediencia, la unión profunda con el Obispo en el único presbiterio, en la comunión afectiva y efectiva de la solicitud eclesial, en la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios, en las concretas condiciones del momento presente. Para la realización de este objetivo el sacerdote cuenta con la participación al único sacerdocio de Cristo; la raíz y la fuente vital que deriva de la imposición de las manos y del Sacramento que ha recibido del Obispo como sucesor de los Apóstoles; la unidad en la misma misión pastoral; la Eucaristía signo y fuente de caridad.
Será mucho más fácil aceptar y cumplir fielmente todo aquello que confíe el Obispo, Padre y Pastor, si en todo se ve la única intensión de edificar el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Sábado, 2 de junio
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