Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Una luz en la obscuridad del mundo

28.11.09 | 17:45. Archivado en Cristianismo
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Adviento, preparación para la llegada del Señor. Pbro. Rafael Hernández Sosa / Semanario Koinonía. Arquidiócesis de Puebla. 29 de noviembre.-

El Adviento es una aurora
Algo que debe caracterizar la vida del cristiano es su esperanza gozosa en el triunfo de Cristo sobre el mal y sobre el pecado. En verdad, son muchos los motivos de sufrimiento y de “noche” para los hombres. Los dolores morales profundos, las enfermedades, las desgracias personales, el “tedio de la vida”, las grandes catástrofes que se abaten sobre pueblos enteros. Parece que todo nos invita a perder el ánimo. Sin embargo, Cristo sale al paso de nuestra vida y nos hace presente que la noche ha sido vencida y que debemos vivir como hijos de la luz. Cristo nos invita a ser “centinelas de la mañana”, centinelas de la esperanza, pregoneros de la buena nueva de la salvación.

En este sentido habría que alimentar la capacidad de maravilla ante todo el mundo creado. El Papa Juan Pablo II nos invitaba de este modo: “Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas y nos introduce en los espacios del misterio.

La cultura tecnológica y la excesiva inmersión en las realidades materiales nos impiden con frecuencia percibir el rostro escondido de las cosas. En realidad, para quien sabe leer con profundidad, cada cosa, cada acontecimiento trae un mensaje que, en último análisis, lleva a Dios. Los signos que revelan la presencia de Dios son, por tanto, múltiples. Pero para que no se nos escapen tenemos que ser puros y sencillos como los niños (cf. Mateo 18, 3-4), capaces de admirar, sorprendernos, maravillarnos, encantarnos con los gestos divinos de amor y de cercanía para con nosotros. En cierto sentido, se puede aplicar al tejido de la vida cotidiana lo que el Concilio Vaticano II afirma sobre la realización del gran designio de Dios a través de la revelación de su Palabra: ‘Dios invisible, en su gran amor, habla a los hombres como a sus amigos y los invita y admite en la comunión con él’ ” (Dei Verbum, n. 2). (Juan Pablo II, Audiencia general del 26 de julio del 2000) ¡Admirable enseñanza capaz de dar luz e iluminar nuestros caminos!

El Adviento es un desierto

La vida es movimiento, acción, ir y venir, hacer, proyectar, progresar, cambiar. La vida, desde la mañana a la noche, está llena de trabajos y tareas, de citas y reuniones, de contactos y relaciones, de ruido, smog, tensión nerviosa. Se puede llegar a pensar que más que vivir se es “vivido” por el dinamismo de cada día. ¿Cómo vivir? ¿Cómo ser uno mismo en plenitud? ¿Cómo infundir espíritu a lo cotidiano? Existe la necesidad de “desierto”. Y cada uno debe y puede construírselo con paciencia, voluntad y la ayuda de la gracia de Dios. Dentro del “desierto” será fácil prepararse bien para la llegada del Señor, para la Navidad, para las sorpresas de Dios.

El Verbo de Dios que se hizo hombre y nació de María la Virgen en Belén de Judá, viene a vivir con nosotros, a incidir en nuestro mundo exterior como en el mundo interior (pensamientos, decisiones, ideales, proyectos) y a enseñarnos el mejor camino para la relación con lo divino; en Él está la única respuesta que se da con los comportamientos diarios según su estilo, aquella en la que Cristo modela la propia actividad y el conjunto de las experiencias vitales. El adviento es tiempo favorable para dar una respuesta completa y trascendental.

El Adviento es una misión

No se puede separar el nombre de cristiano de la misión. Por definición, cristiano es el discípulo de Cristo que participa de la misma misión de Jesucristo. Si alguna vez hubo cristianos pasivos, esa época ciertamente no puede ser la nuestra. Cada cristiano ha de ser consciente de que tiene una misión que realizar en la Iglesia: santificar su vida y colaborar en la santificación de la de los demás. Los primeros destinatarios de la misión somos nosotros mismos, porque sólo cuando nosotros somos evangelizados podemos ayudar en la evangelización de otros. ¿Cómo ser misioneros de nosotros mismos? El Espíritu Santo, que nos habla al corazón mediante la Biblia y a través de las enseñanzas de la Iglesia, nos irá mostrando a cada uno las formas personales y concretas de conseguirlo.

Pero somos también misioneros de nuestros hermanos, cualesquiera que sean, hagan lo que hagan, independientemente de las circunstancias existenciales en que se hallen. Somos misioneros, es decir, enviados por el mismo Cristo a anunciar en la escuela, en la casa, en la oficina, en la calle, etc., que Jesucristo es el Salvador de todos, que Él es la Luz del mundo que ilumina todas las oscuridades de la conciencia individual y de la existencia social, que Jesucristo Salvador crea un hombre nuevo y un estilo de vida nuevo, dignos de vivirse.

El misionero cumple su misión sobre todo cuando es testigo, es decir, cuando encarna en su vida de todos los días lo que va predicando de palabra en los diversos lugares y circunstancias diarias. La participación cotidiana en la Eucaristía consolida la vocación de testigo. En efecto, se da testimonio ante todo de que la Eucaristía es el centro de convergencia y punto de referencia de la fe y de la santidad. Además, participando del misterio de la redención y alimentándose con el cuerpo y la sangre de Cristo, se recibe una fuerza espiritual inimaginable para ser testigo de Cristo Salvador, luz del mundo y rey de los corazones de los hombres. Con la Eucaristía damos testimonio de pregustar ya al Señor que viene, en la Navidad mediante la actualización litúrgica del misterio, al fin de los tiempos mediante la virtud de la esperanza de poseer plena e íntegramente lo que ahora sólo sacramentalmente pregustamos.

En medio de la vida nos podemos sentir abatidos, atribulados por la presencia del mal, del pecado, de la muerte, de las penas de la vida. Es preciso, por ello, fortalecer la esperanza y tener presente que, en Cristo, tenemos al Emmanuel, Dios con nosotros. El Verbo de Dios encarnado ha dado su vida por nosotros en la cruz y, resucitado, permanece para siempre con nosotros en la Eucaristía. En el tabernáculo el hombre encuentra el lugar del descanso al final de la jornada. En la Eucaristía se alimentan las virtudes, se corrigen las costumbres, el alma se llena de gracia para seguir el camino de la vida. Es el misterio de Dios presente que nos escucha y nos acompaña por los senderos de la vida. La Eucaristía es la fuente del amor misericordioso que vence sobre el misterio de la iniquidad. Que nadie se sienta solo. Que nadie desespere de su salvación, ni la de su prójimo. Que todos acudan al templo de Dios en el que se nos ofrece el pan de la vida.

Permitamos que en este Adviento Dios dirija y gobierne nuestros pasos. Colaboremos activamente en su plan de salvación. Cada uno de nosotros, como persona humana y como cristiano, debe ser el lugar de la manifestación de Dios entre los hombres. Construyamos, pues, en nosotros mediante la vida de gracia, mediante la vida de caridad delicada con nuestros hermanos y mediante la verdadera humildad, un lugar donde Dios pueda habitar.

Preparemos un lugar para Dios en el corazón de los demás por el apostolado. Sintamos la viva responsabilidad de participar en la historia de la salvación como enviados, como apóstoles, hombres del mensaje, embajadores de Cristo, en el Adviento nuestra misión es ser luz de las naciones y sal de la tierra.


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