Sursum Corda El blog de Guillermo Gazanini

Todo tiene un final

17.11.09 | 00:36. Archivado en Iglesia católica en México
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Mons. Rogelio Cabrera López / CEM. 17 de noviembre.- Aceptación de nuestro final

Así también cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca y que ya está a la puerta” (Mc 13, 29)

Todo tiene un final. Las cosas pasan. La historia avanza. Nuestran vidas tienen el mismo destino. Recordar que el final se acerca es muy sano para vivir. Aceptar que todo se acaba nos plantea muchas preguntas. Muchos se angustian y otros inconcientemente quieren acelerar el término como impulsados por una fatalidad. Hay quienes aprecian su vida mientras todo está bien, otros luchan incansablemente por sobrevivir.

Ante el fin hay una actitud, que se convierte en virtud: el discernimiento. El saber discernir nos permite actuar movidos por la conciencia y la reflexión. Es la facultad de escoger, de distinguir, de valorar o evaluar. Es inherente a la mente humana, primero como algo latente y, después, a medida que ella progresa y se desarrolla, como una cualidad cada vez más aguda, completa y profunda.

Antes de tomar decisiones se debe discernir, pero para ello es necesario tener claridad del sentido de la vida, estar anímicamente estable y querer pensar. Ordinariamente se nos abren un abanico de posibilidades para escoger y se nos presentan como opciones buenas y correctas; pero es necesario tener esta facultad fortalecida con la prudencia porque de cada decisión tomada vienen consecuencias lamentables o favorables. Lamentos extemporáneos no traen soluciones.

Reconocemos que la falta de discernimiento nos lleva a un desequilibrio personal y por ende influye también en el medio social donde vivimos. Pues una persona que no sabe tomar decisiones cae pronto en la mediocridad, por falta de carácter y de voluntad; se mueve temerosamente y crea inseguridad. El actuar pragmáticamente y con cálculo no garantiza la buena reflexión.

Existen dos aspectos importantes en el discernimiento: el aspecto mental y el aspecto espiritual. Hay dispociones de la mente que nos permiten ver las cosas con profundidad y nos sacan favorablemente de la superficialidad, pero es importante remarcar el impacto que tiene en todo, la vida espirtual. Quien vive con fe y confianza en Dios se preguntará por la voluntad del Señor: ¿Qué quiere Dios y que espera de mí? Los proyectos de la vida fortalecen cuando las realidades espirituales conforman nuestra vida.

En gran medida el discernimiento tiene un planteamiento vocacional que nos obliga a responder algunas preguntas: ¿Qué quiero hacer? pero sobre todo ¿Quién quiero ser? Sin embargo es necesario aclarar que el tema vocacional no se restrige a los sacerdotes o religiosas sino a toda persona. Tener vocación es saber qué quiere Dios de mí, a dónde quiero ir y cómo determinar conscientemente mi opción de vida.

La vocación tiene tres niveles que se suponen uno a los otros. La primera opción consiste en aceptar o no que Dios esté presente en mi vida, la segunda admitir o no un modo concreto de vivir mi religiosidad, perteneciendo a una iglesia y dejándome conducir por el evangelio y la tercera nos obliga a escoger un estilo de vida para compartir con otros, ya sea en el matrimonio o en la vida sacerdotal o religiosa.

Sin embargo, hay también elementos que debilitan nuestro discernimiento, tales como: el excesivo y desordenado apego tanto a las cosas materiales como a la influencia de las personas; esta situación nubla un buen juicio. Los sentimientos, emociones y la falta de estabilidad de ánimo hacen voluble la opción. Y en el plano de la fe, también añadimos las ofuscaciones del mal y las conductas claramente mal intencionadas que pueden perturbar y marcar nuestro interior.

Un buen discernimiento exige de la persona claridad en la conciencia; una recta intención y mucha serenidad. Con esto ya nos damos cuenta lo difícil que puede ser adquirir esta virtud en la vida; pues hay tantas cosas que desalientan y debilitan la voluntad. El ser humano siempre desea elegir un bien, pero éste puede ser aparente o también engañoso. De ahí que se necesita agudeza de inteligencia y armonía del corazón para ver, analizar y elegir.

El poder escoger, saber distinguir y seleccionar es una gran riqueza personal que nos ayuda a mantenernos en pie a pesar de los infortunios y dolores. Una buena decisión nos prepara para un posible fracaso, porque nos dará fuerza para volver a empezar. Dice el Apóstol Pablo: “Por todos lados nos aprietan, pero no nos aplastan; andamos con preocupaciones, pero no desesperados…derribados pero no aniquilados…” (2 Cor 4, 8-9).
Esperar el final con esperanza es fruto del encuentro con nosotros mismos y garantía de trascendencia.

+ Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla Gutiérrez


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