
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 15 de noviembre.- Ni insensibles ni pasivos.
Todavía, en nuestros días, se vienen dando una serie de vituperios, agravios e insultos contra la Iglesia Católica, sus ministros y miembros activos. Así, mientras la Iglesia persiste en resguardar los derechos inalienables de todos los seres humanos, instituciones y grupos humanos expulsan y rechazan sus principios, con ello dejan sentir la trivialización de lo sagrado.
La Iglesia sigue sufriendo la persecución porque se le ve como “sospechosa”, baste recordar como hoy el Crucifijo es visto con recelo. Las calumnias personales también han estado a la orden del día en esta ola de nuevas formas de persecución religiosa, con lo que garantías individuales como la libertad religiosa y de pensamiento están bajo coacción. En este sentido, la persecución no sólo ha venido de grupos sociales, también de miembros de otras religiones.
Su Santidad Pío X en la Encíclica sobre las doctrinas modernistas afirma: “Es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el Reino de Jesucristo.”
Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras. Las rectificaciones se hacen en pocas ocasiones y frecuentemente de manera solapada. Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos ido acostumbrando a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor. No nos damos cuenta que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados.
Como cristianos tenemos que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad una sociedad más justa y libre donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano está la clave para que así sea, no podemos sólo presenciar los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan. Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea.
Ante una realidad, que nadie discute, de agresiones permanentes a la Iglesia, a sus dogmas, a sus instituciones y a sus ministros, los católicos no podemos ni debemos permanecer insensibles o pasivos. Debemos reaccionar buscando los canales adecuados para hacemos escuchar, defendiéndonos de estos ataques y difundiendo los valores del Evangelio en todos los ámbitos donde transcurre la vida del hombre.
Ante las agresiones se necesita un conocimiento a fondo de la situación denunciada, reacción valerosa y oportuna ante ellas, búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CARITAS.
Viernes, 17 de febrero
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