
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla. 8 de noviembre.- En la vida de los presbíteros hay una circunstancia que llama fuertemente la atención: la soledad. Ésta es uno de los aspectos de la vocación sacerdotal que puede tener dos polos de expresión, uno positivo y el otro negativo.
La soledad sacerdotal positiva puede ser vivida como reencuentro consigo mismo, como cultivo de la vida interior, apertura al mundo externo en la profundización y fundamentación de la misión encomendada al sacerdote. Esta soledad tiende a ser sana, gratificante, fecunda, pone al sacerdote de frente a sí mismo y lo abre a la vida como un momento necesario para la toma de conciencia de sí y del otro, como momento para el descubrimiento o profundización de la verdad. Es una soledad que le permite al sacerdote apartarse para orar, para reflexionar, para estudiar, para contemplar, para descansar, para internalizar e integrar sus valores, ideales y estilo de vida. Puede ser una soledad constructiva en la que el sacerdote entra en contacto consigo mismo y esto lo impulsa y le da fuerza para entrar en contacto profundo y cualificado con los demás, como fruto de la integración de su “yo” consistente, de su identidad clara y definida que le permite entrar en contacto con su realidad personal más profunda y entrar en contacto maduro y constructivo con los demás.
Sábado, 2 de junio
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